Así era el mundo: no había lugar en él para quien quisiera llorar. Los que quisieran comer o beber encontrarían, no lejos de allí, un lugar en el que comer y beber. Los que desearan bailar encontrarían, ella lo sabía, un lugar no muy lejano donde bailar. Los que quisieran comprarse un sombrero nuevo encontrarían, por lo menos mañana por la mañana cuando abrieran las tiendas, un lugar donde comprarlo. Pero en todo Copenhague no había un solo sitio en el que un ser humano pudiese llorar. Este hecho -cuando se percató de él- significaba la muerte para ella. Porque si no podía llorar, se moriría.
De "La temporada en Copenhague"
uno de los "Últimos cuentos"
En "Cuentos reunidos"