RECIBO AL BEBÉ CUANDO NACE, LO ALZO Y LO MUESTRO AL MUNDO
Para poder morir, primero hay que nacer.
Ya casi es mediodía cuando por fin se rasga la noche polar y el astro de fuego despunta en el horizonte. Una franja de luz rosada, apenas más ancha que un peine de bolsillo, se cuela entre las cortinas del paritorio y se posa sobre la mujer que sufre acostada en la camilla. La futura madre levanta un brazo y, antes de dejarlo caer, abre la palma de la mano para atrapar la claridad del alba. En la piel estirada del vientre lleva tatuado medio kiwi repleto de semillas, parece cortado con un cuchillo afilado, pero ahora la tinta se ha agrietado y las letras de la inscripción que se lee debajo se han separado: T u y a p a r a s i e m p r e. Cuando el bebé nace, la fruta velluda se encoge.
Me pongo la mascarilla y la bata.
Ha llegado el momento.
La más dura de las experiencias humanas.
Nacer.
La cabeza asoma y, un instante después, sostengo el pequeño cuerpo viscoso impregnado de sangre.
Es un niño.
No sabe quién es ni quién lo ha traído al mundo. Por no saber, no sabe ni qué es el mundo.
Principio de "La verdad sobre la luz"