[...] Reanudando nuestra expedición, llegamos a un paraje en el que las montañas por entre las cuales discurríamos se abrían y configuraban un valle dilatado, completamente alisado y sumamente placentero. Al fondo de la vaguada se erguía el monte santo de Dios, el Sinaí. El lugar donde los montes de apartaban se halla contiguo al enclave en que se encuentran las «Tumbas de la Concupiscencia». Cuando se llega a este punto, es costumbre, según nos previnieron los venerables guías que nos acompañaban, que quienes lo alcanzan, y divisan desde allí por vez primera el monte santo de Dios, se recojan en oración. Eso es lo que nosotros hicimos. Habría desde ese lugar hasta el monte de Dios unas cuatro millas, pues ya dije que se trata de un valle espacioso.
Principio de el "Viaje de Egeria"