Luego, una noche de abril,
las tribus se despiertan trinando.
Bajas hasta la orilla.
Tu proximidad las calma,
pero poco a poco el silencio sube
hasta que la canción está en todas partes
y tu alma se levanta de tus huesos
y avanza a zancadas sobre el agua.
Es una locura hacerlo;
pues nadie puede vivir así,
flotando por ahí en la oscuridad
sobre el agua cristalina.
Abandonados en la orilla tus huesos
siguen gritando regresa!
pero tu alma no escucha;
a lo lejos se está desplegando
como un par de alas, chisporroteando
como un puente de cables. Así que,
como una buena amiga,
decides seguir.
Te adentras en la orilla
y te hincas de rodillas,
te vences hacia tus muslos
y te hundes hasta los pómulos,
y ahora te ves atrapada
por las frías cadenas del agua,
te estás desvaneciendo mientras alrededor
las ranas siguen cantando, elevando
su música hacia tu propia garganta,
sin tan siquiera darse cuenta
de que tú eres otra cosa.
Y ahí es cuando ocurre;
tú lo ves todo
a través de sus ojos,
su júbilo, su necesidad;
llevas sus dedos, palmeados,
tu garganta se hincha.
Y entonces es cuando sabes
que vivirás te guste o no,
de un modo u otro,
porque todo es todo lo demás,
un largo músculo.
No es más misterioso que eso.
Así que te relajas, no lo combates más,
la oscuridad descendiendo
llamada agua,
llamada primavera,
llamada la verde hoja, llamada
un cuerpo de mujer
cuando se vuelve fango y hojas,
cuando late en su jaula de agua,
cuando gira como un solitario huso
a la luz de la luna, cuando dice
sí.
De "Doce lunas"
En "Devociones"