Comenzaré diciendo que los objetos pueden ser involuntariamente bellos. Consideremos la simplicidad de tres o cuatro rodamientos de bolas, la economía de un compás. Brillante, verdad? Así pensábamos. Confiábamos en la arquitectura y el diseño más allá de su base comercial. Escenarios, muebles, tipografía, todo venía con un imperativo moral. La máquina era importante, por supuesto. A las cuatro de la mañana las ideas llevaban fácilmente, casi de la nada, del modo en que una tetera o una sartén salen de la alacena. En el espacio vacío entre el día siguiente y la noche anterior, ves la belleza de una hélice, por ejemplo, y piensas, sí, quiero que ese metal plateado signifique algo más que simplemente volar.
De "Una muñeca para tirar"