17.3.26

Margaret Atwood. Poemas últimos

Estos son los poemas últimos.
La mayoría de los poemas llegan tarde,
desde luego: demasiado tarde,
como la carta enviada por un marinero
que se recibe cuando ya se ha ahogado.
  
Demasiado tarde para ser útiles, esas cartas,
y los poemas últimos se parecen.
Llegan como por el agua.
  
De lo que tratasen ya ha pasado:
la batalla, el día soleado, lo iluminado por la luna
cayendo en la lujuria, el beso de despedida. El poema
lame la orilla como los restos de un naufragio.
   
O tarde, como tarde a la cena:
todas las palabras ya frías o comidas.
Truhán, en apuros, y vencido,
o demorarse, esperar, un rato,
abandonado, afligido, desconsolado.
Incluso el amor y la alegría: canciones ya roídas. 
Hechizos oxidados. Estribillos de espinas.
   
Es tarde, es muy tarde;
demasiado tarde para bailar.
Aun así, canta lo que puedas.
Enciende la luz: sigue cantando,
canta: Sigue.


De "Sinceramente"
    

16.3.26

Laurence Joseph. Nuestros silencios. Por qué callamos

Qué papel desempeña el silencio en nuestra vida? Para algunos es un tesoro, un sueño; para otros un infierno. Descrito como propiedad acústica, como acto deliberado o forzado, el silencio parece escaparse a una definición sencilla. Si tratas de acotarlo, enseguida te das de bruces con sus paradojas. Puede ser tanto el silencio del aislamiento voluntario como el silencio culpable del secreto.


Principio de "Nuestros silencios. Por qué callamos"
    

15.3.26

Irena Šťastná. 65+

Pegadas a sus grandes bolsas - a todo lo que han comprado - mujeres tímidas - con problemas de ansiedad - porque tiene que haber suficiente de todo - para todos los de alrededor.
   
Vivir como en una foto en blanco y negro - creer que dios mejorará - dejarse agarrar - entre el pulgar y el índice: langosta silenciada por la muerte - llevadas bajo el microscopio - cada mañana - cada tarde - toda la noche.


En "De sombra y terciopelo. Diecisiete poetas checas (1963-1988)"
    

14.3.26

Raquel Gavilán Párraga. Cómo arder sin consumirse

Tus manos en la tierra,
raíces de mi cuerpo,
cavan hondos senderos
donde el deseo se hunde
tan lejos, tan profundo,
que ni el sol ni el frío tocan.
  
En mí floreces,
bajo el peso de tu sombra
como un viento que ara la piel
y deja surcos ardientes
donde el sudor es semilla
y mi aliento, el agua que brota.
   
No hay palabra para ese fuego,
solo la lengua salvaje de las aves,
que canta en mi pecho cuando llegas,
que grita entre los ríos 
donde el miedo y la alegría
se abrazan con garras dulces.
  
Te devoro 
como la tierra a la lluvia,
como la raíz a la luz que no ve.
Y en el barro de tu piel,
despierto a mi profunda furia,
a este deseo que florece
como una flor venenosa
en la he hendidura del jardín. 
   
Escuchas cómo el mundo tiembla
cuando mis manos te alcanzan?
Es el rugir de los antiguos,
el susurro de lo que fuimos
antes de que el amor tuviera nombre,
antes de que el deseo supiera
cómo arder sin consumirse.


De "Volcán y cristales"
    

13.3.26

Mary Oliver. Mañana en Blackwater

Ya casi amanece
y los habituales medio milagros empiezan
dentro de mi propio cuerpo personal mientras la luz
entra por las puertas de oriente y trepa
hasta los campos del cielo, y las aves alzan
sus muy insignificantes cabezas de las ramas
y empiezan a cantar; y también los insectos,
y las hojas crujientes, e incluso
lo más común de las cosas terrenales, la yerba,
no puede dejar que empiece -otra mañana- sin
hacer algún comentario alegre, respirando suaves
con la miel de sus verdes cuerpos; y las blancas 
flores de la azalea pantano, planeando justo donde
el camino y el estanque casi se tocan,
desprenden de los pliegues de sus cuerpos
tal felicidad que llena el aire como una fragancia,
la primera afirmación elegante y pálida del día.
Y a los viejos dioses les gustaba tanto, según dicen,
el dulce olor de la plegaria. 


De "Iris Spuria"
En "Devociones"
    

12.3.26

Heather Christle. El libro de las lágrimas

Este libro empezó hace cinco años, cuando me planteé qué aspecto tendría un mapa de todos los lugares donde había llorado; fue una idea que trasladé a mis conversaciones con amigos sin saber cuántos años y páginas crecerían a su alrededor, sin saber cuánto cambiaría mi visión sobre las lágrimas.


Principio de "El libro de las lágrimas"
   

11.3.26

Lea Ypi. Indignidad. Una vida recreada

-Estoy buscando el archivo del servicio secreto -le digo mientras me acerco al primer taxi aparcado en Comuna de París, una de las bulliciosas calles de Tirana que conectan el centro de la ciudad con su circunvalación. Dudo en llamarla mi calle, aunque he tenido en ella mi dirección en Albania durante más de veinte años. Recién llegados a la capital en los noventa, la pregunta "Tú no eres de por aquí, no?" ya surgía con irritante regularidad cada vez que entablaba una de esas conversaciones con desconocidos que de entrada parecen inofensivas, pero enseguida se vuelven incómodas.


Principio de "Indignidad. Una vida recreada"
    

10.3.26

Olga Orozco. Rehenes de otro mundo

A Vincent van Gogh
A Antonin Artaud
A Jacobo Fijman


Era un pacto firmado con la sangre de cada pesadilla,
una simulación de durmientes que roen el peligro en un hueso de insomnio.
Prohibido ir más allá.
Sólo el santo tenía la consigna para el túnel y el vuelo.
Los otros mordaza, las vendas y el castigo.
Entonces había que acatar a los guardianes desde el fondo del foso.
Había que aceptar las plantaciones que se pierden de visa al borde de los pies.
Había que palpar a ciegas las murallas que separan al huésped y al perseguidor.
Era la ley del juego en el salón cerrado:
las apuestas a medias hasta perder la llave
y unas puertas que se abren cuando ruedan los últimos dados de la muerte.
Y ellos se adelantaron de un salto hasta el final,
con sus altas coronas.
Quemaron los telones,
arrancaron de cuajo los árboles del bosque,
rompieron hasta el fondo las membranas para poder pasar.
Fue una chispa sagrada en el infierno,
la ráfaga de un cielo sepultado en la arena,
la cabeza de un dios que cae dando tumbos entre un rayo y el trueno.
Y después no hubo más.
Nada más que las llamas, el polvo y el estruendo,
iguales para siempre, cada vez.
Pero esa misma mano mordida por la trampa rozó la eternidad,
esa misma pupila trizada por la luz fue un fragmento del sol,
esas sílabas rotas en la boca fueron por un instante la palabra.
Ellos eran rehenes de otro mundo, como el carro de Elías.
Pero estaban aquí,
cayendo,

desasidos.


De "Mutaciones de la realidad"
En "Poesía completa"


9.3.26

Olga Stehlíková. Corzos

Hoy por fin
me ha venido a la mente ese cuadro
que he intentado recordar tozuda e infructuosamente 
durante varios días.
   
Es así exactamente:
Unos corzos están inmóviles en la niebla como extraños troncos.
Unos corzos están quietos en una zanja como exóticos troncos.
Unos corzos se hunden en la niebla inmóviles como troncos.
Unos corzos están inertes en una zanja como troncos.
Unos corzos están en la niebla como troncos.
Unos corzos sobresalen de una zanja como troncos.
   
Unos corzos sobresalen...
Unos corzos sobresalen de la niebla quietos como troncos.
  
Ésa era la imagen.


En "De sombra y terciopelo. Diecisiete poetas checas (1963-1988)"
    

8.3.26

Gisèle Pelicot. No recuerdo el día exacto...

No recuerdo el día exacto que oí los primeros aplausos al entrar en el juzgado. Sentí a la gente a mi alrededor, sobre todo mujeres, formando una guardia de honor que yo no había imaginado ni solicitado. Sentí su calidez, su emoción, su fragilidad entralazándose con la mía.


De "Un himno a la vida"