15.9.26

Paz López. Pánico y ternura

Entramos a la vida como entra un niño a la escuela: mirando hacia atrás, con los ojos llorosos buscando la mano de quien hace un rato nos había acariciado el pelo, la nariz, las rodillas heridas, los diminutos labios. Si el mundo fuera una piscina, nuestros cuerpos parecerían pesar más que el agua al que fueron arrojados, y tenderían a hundirse. Acaso no somos eso, criaturas lanzadas a las mareas de la vida? Será cierto que cada vez que tomamos la mano de alguien y entrecruzamos firmemente los dedos para agarrarnos a ella se despierta de golpe, sin advertencia, la memoria antigua de aquello que nos aferró por primera vez a la vida? Natalia Ginzburg decía que eso de hundirse les pasa sobre todo a las mujeres, pero ella habla de un pozo oscuro, no de una piscina. «Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote».


Principio de "Pánico y ternura"
   

14.9.26

Elisabeth de Waal. El regreso de los exiliados

A mediados de los años cincuenta, poco antes de la firma del llamado Tratado de Estado austriaco, que desembocó en la retirada de las potencias ocupantes aliadas y restableció la independencia de Austria, en la sección de sucesos locales de los periódicos apareció una noticia breve. Se refería a un accidente mortal ocurrido en la casa de campo de un millonario estadounidense. Una joven de la alta sociedad de aquel país, que se encontraba visitando a sus parientes austriacos, había muerto por heridas de bala al manipular un arma de forma inexperta. El arma de había disparado y había acabado con su vida. Hubo un único testigo presencial del fatídico hecho, el sacerdote jesuita Ignatius Jahoda, que pudo testificar que no hubo nadie más implicado en el episodio y que fue completamente accidental. 


Principio de "El regreso de los exiliados"
   

13.9.26

Delmira Agustini. Amor

Yo lo soñé impetuoso, formidable y ardiente;
hablaba el impreciso lenguaje del torrente;
era un mar desbordado de locura y de fuego,
rondando por la vida como un eterno riego.
  
Luego soñelo triste, como un gran sol poniente
que dobla ante la noche la cabeza de fuego;
después rió, y en su boca tan tierna como un ruego,
sonaba sus cristale el alma de la fuente.
  
Y hoy sueño que es vibrante, y sueve, y riente, y triste,
que todas las tinieblas y todo el iris visita;
que, frágil como un ídolo y eterno como Dios,
  
sobre la vida toda su majestad levanta:
y el beso cae ardiente a perfumar su planta
en una flor de fuego deshojada por dos.


En "Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas"
    

12.9.26

María Lorenzo. Animales

De pie, volando, a rastras, reptando, de día cual
canto de pájaro, de noche boca abajo de un
árbol colgando, desplegando las alas, subiendo
montañas, a cuatro patas, sobre tu hombro o
cargada a tu espalda; dejándome caer para
beber, para cazarte en tu mar de miel.
Ser tu alondra, tu perra, tu koala, tu gaviota, un
canguro bajo tu ombligo, tu cisne, tu cobra
envolvente,
cualquier tipi de reptil desde tus pies;
deslizándome por el cráter de tu nariz como
una raya de cocaína merodeando tu mente,
como heroína en vena paseando
por tu frente;
como un lince ibérico; como presa devorada,
candente, urgente...
Quiero ser tu gata bajo tus alas cuando hay
tormenta, tu hembra siempre en celo, tu abrigo,
tu consuelo.
Quiero ser todo lo nuevo, la membrana de tus
dedos, romper la bolsa amniótica para nacer de 
ti
y ser tú lo primero que vean mis ojos y lo
último
antes de morir.


De "Instintos"
    

11.9.26

Elisabeth Mulder. Exaltación

Como santa Teresa, la divina doctora, 
también siento que muero por no poder morir. 
En mi alma hay una voz que eternamente llora, 
y que es como un lamento desgarrador que implora
piedad para un ser triste cansado de sufrir. 
  
Cansado y vacilante por este derrotero
del mundo, la mirada perdida
en el inmenso azul, muero porque no muero, 
que es la noche muy lóbrega y muy duro el sendero, 
y yo tan solo un náufrago que acobardó la vida. 
  
La Esperanza se ha hundido en un sombrío abismo;
la Caridad se niega a presentarme su luz, 
más la fe vive en mí, en un compañerismo
que ha sostenido firme sobre este cataclismo
de mi Gólgota negro, la insignia de la Cruz.
  
Dulce santa Teresa, la divina doctora, 
como a ti me consume un fuego traicionero
que al alma hecha pavesas y llamas la devora,
y la voz implorante que eternamente llora, 
una vez más exclama: muero porque no muero!


De "Embrujamiento"
   

10.9.26

Yiyun Li. Más allá de las razones

Mamá querida, dijo Nikolai.
Me sorprendió. Solo me llamaba así cuando yo no prestaba atención. Pero ahí estaba, aferrada a mi atención porque ahora era lo único que podía darle.
Nunca te llegué a contar lo mucho que me gustaba que me llamaras así, dije.
Cómo llamabas a la abuela?
Cuando tenía tu edad? Mamita, dije.
Qué cariñosa, dijo él.
Hay que dar con el nombre correcto cuando te resulta difícil encariñarte con una persona, dije. "Encariñarse", pensé, qué palabra más extraña. Encariñarse. En-cariñarse. En-el-cariño. Es posible des-encariñarse?
Qué sorpresa verte aquí, dijo Nikolai.
Uno de los dos lo hizo posible, dije.
Creo que es tu culpa.
Me reí. Tú siempre con las mismas, dije. Entonces le expliqué las libertades que me había tomado para llegar hasta aquí. En primer lugar, había hecho que el tiempo se volviera irrelevante.


Principio de "Más allá de las razones"


9.9.26

Juana Borrero. Los astros

 En la callada noche, cuando la sombra extiende
sobre la tierra muda su velo misterioso,
y arriba, en las alturas del éter anchuroso,
sembrado de luceros el firmamento esplende;
 
   mi alma soñadora que al infinito asciende
escucha sumergida en éxtasis dichoso,
hablar de las estrellas su idioma cadencioso
tan dulce, que tan sólo mi espíritu lo entiende.
 
   A mis oídos llega desvanecida y flébil
el eco de esas voces como el murmullo débil
que una dulzura vaga, indefinible encierra.
 
   De su prisión terrena mi espíritu se evade,
y un inefable goce mi corazón invade
sintiéndose tan lejos de la mezquina tierra.


En "Las modernistas. Seis poetas latinoamericanas"
    

8.9.26

Gloria Steinem. Toda persona que esté viviendo algo...

Eso también me recuerda uno de los principios del activismo: Toda persona que esté viviendo algo es más experta en el tema que cualquier experto.


De "Mi vida en la carretera"
     

7.9.26

Brigitte Giraud. Tener un cuerpo

Se van extendiendo unas placas rojas que queman, que inflaman la piel, que reptan hasta llegarme a las mejillas. Soy un bogavante metido en agua hirviendo que lanza alaridos por dentro, incapaz de mover los miembros. Solo puedo respirar mediante un esfuerzo terrible, busco el aire que vendrá a mitigarme el fuego de la garganta. Oigo la palabra escarlatina. Oigo a mi madre que va y viene, me doy cuenta de que se sienta al borde de la cama y me pone un guante de felpa húmedo en la frente. La fiebre está en fase más alta, a ratos lo veo todo negro. Mi padre comenta cómo progresa la infección y no oculta que está preocupado. Se mueve en contrapicado encima de mi cama y confía ciegamente en la penicilina. 


Principio de "Tener un cuerpo"
   

6.9.26

Andrea Bleda Nieto. Echar de menos y el dolor parecen sinónimos

Me duele el pasado.
He perdido mucho de lo importante,
de eso que te moldea y te da forma.
He perdido muchas de esas piezas esenciales, 
insustituibles, 
imposibles de rellenar, 
de esas que aprendes a vivir con los huecos. 
   
La pérdida. 
El duelo. 
El silencio que hay tras el vacío;
el silencio que se esconde
en el interior de una misma. 
  
Detesto echar de menos;
pero si algo he aprendido de echar de menos, es 
que cuando consigues abrazar
al recuerdo y al olvido, perdonar, 
perdonarte
lo suficiente antes de la entrada de la madrugada, 
puedes concederle alas al dolor, 
y hacerlo más ligero. 


De "Entre flores secas"