8.4.26

Abigail Thomas. Tiempo

Hace el tiempo que más me gusta: llueve y el viento silba entre los edificios. No tengo la impresión de que debería estar en otro sitio. Y no me siento culpable por quedarme donde más me gusta. Me hace feliz estar en mi casa, cubriendo el pollo de agua fría justo con el apio y las zanahorias y preparando mis empanadillas. Debería sacar los cuencos y las cucharas y poner la mesa. Hace tiempo de crema de verduras.
Y tú no estarás aquí para nada de esto. La vida de tu hija. La peli japonesa nueva en el Film Forum. Todas las fiestas de cumpleaños de abril. Los nietos haciéndose mayores. La lluvia de esta noche. Mañana por la mañana. Una taza de té. 


De "Lo que cabe en un instante"
    

7.4.26

Esperanza Ortega. Escribir un poema te llena de dicha...

Escribir un poema te llena de dicha.
Como una mendiga que entierra su tesoro,
sonríes en silencio,
el mundo te acompaña un trecho del camino;
sientes su vecindad,
ya no estás, ya no eres frágil, ya no te duelen las rodillas,
podrías encaramarte a un árbol y retar desde allí a tus poetas
a que suban contigo
a otear un paisaje 
que existe solo gracias a tus versos.
  
Pero escribir un poema no es tarea fácil,
podrían transcurrir días y meses 
y años sin que tú escribas un poema.
Pasa el amor y se aproxima el miedo,
nacen los nietos
y mueren los amigos.
Y cuando las palabras 
se deslizan por fin entre tus dedos
también puedes mancharte con el óxido 
de sus bordes roídos.
Puede que sí o puede que no.
Puede ser que te asalte por la espalda
la vieja que te mira de reojo
mientras tú permaneces con la pluma en el aire.
Pero tampoco es del todo imposible
que en forma de ancianita inofensiva,
con su guadaña oculta entre las faldas,
la descubras un día arrastrándose 
hacia ti con sigilo,
sin saber que eres tú quien la observa,
encaramada en tu verso feliz.
  
Si, tú misma,
tan ágil y poderosa como ella,
sabiendo que por fin has escrito
un poema a su altura.


De "Los versos de mi amiga"
   

6.4.26

Ingeborg Bachmann. Se acabó el juego

Mi querido hermano, cuándo nos construiremos una balsa
y bajaremos navegando por el cielo?
Mi querido hermano, pronto pesará demasiado la carga
y nos hundiremos.
  
Mi querido hermano, dibujamos sobre el papel
muchos países y vías.
Ten cuidado ante las líneas negras aquí
volarás por los aires con las minas.
  
Mi querido hermano, entonces quiero estar atada
al poste y gritar.
Pero tú ya saldrás cabalgando del valle de la muerte
y los dos huiremos juntos.
  
Despiertos en el campamento gitano y en la tienda del desierto
la arena nos cae del pelo;
ni tu edad ni la mía ni la edad del mundo
se mide con los años.
  
No te dejes engañar ni por cuervos astutos
ni por la pegajosa mano de araña y la pluma en el arbusto,
tampoco bebas ni comas en el país de Jauja,
es pura apariencia la espuma en ollas y jarros.
  
Sólo quien en el puente de oro aún sabe la palabra
para el hada del carbunco habrá ganado.
Debo decirte que se deshizo y desapareció
con la última nieve en el jardín.
  
De muchas, muchas piedras están nuestros pies lastimados.
Uno se cura. Con él queremos saltar
hasta que el rey niño, con la llave de su reino en la boca
nos venga a buscar y cantaremos:
   
Es una época feliz cuando brota el hueso del dátil!
Todo el que cae tiene alas.
La dedalera roja borda la mortaja de los pobres
y tu carta de corazones baja sobre mi sello.
  
Tenemos que ir a dormir, amado, se acabó el juego.
De puntillas. Se hinchan los camisones blancos.
Padre y madre dirán que andan duendes en casa
cuando intercambiemos nuestros alientos.


De "Invocación a la Osa Mayor"
   

5.4.26

Marie Iljašenko. Aerodinámica

Me encanta enero el trópico de la pirueta 
el cero absoluto
Una urraca deja en la nieve del muro
huellas de aviones
De nuevo regreso a la época de los toboganes 
y las enfermedades infantiles
Como un zagal enamorado acariciando la foto de su bienamada
yo abrazo mi almohadón 
Enséñame a ser humilde
y con ello no me refiero a nada bíblico 
enséñame a ver
huellas de aviones donde otros ven sólo tierra
Dame un domingo
en medio de un día de la interminable semana
y un amor tal
que no afecte mi concentración 


En "De sombra y terciopelo. Diecisiete poetas checas (1963-1988)"
    

4.4.26

Mariana Enriquez. La hermana menor. Un retrato de Silvina Ocampo

Silvina se trepa al cedro del parque por la tarde, cuando la familia duerme. Es verano y todas las ventanas de la casa están cerradas, para que no entre el calor. Si los mayores supieran que está ahí, sentada sobre una rama, comiendo terrones de azúcar con limón, la harían bajar y la castigarían. O quizás dejarían pasar la travesura: Silvina es la menor de seis hermanas, sus padres están cansados de criar hijas. Años más tarde, ella dirá que se sentía como "el etcétera de la familia". Ser el etcétera tiene sus ventajas. Su familia es de las más ricas y aristocráticas de la Argentina, y su padre, Manuel Ocampo, es un hombre riguroso y conservador. Pero los controles son más relajados con ella. Que, además, sabe esconderse. Silvina es secreta.


Principio de "La hermana menor.
Un retrato de Silvina Ocampo"
     

3.4.26

Liz Greene y Juliet Sharman-Burke. Sabiduría mítica

El mito constituye el origen de la psicología. Durante siglos, los seres humanos han utilizado los mitos, los cuentos de hadas y la sabiduría popular para explicar los misterios de la vida y hacerlos soportables. Esto incluye desde la causa del cambio de las estaciones, pasando por los asuntos que involucran relaciones complejas, hasta el enigma de la muerte. 


Principio de "Sabiduría mítica. Una guía para la vida basada en los grandes mitos universales"

2.4.26

Torborg Nedreaas. Andrei

Él sonrió ante mi sorpresa; no, no sabía nada de los últimos tiempos. Y luego lo soltó, como si fuera una evidencia que yo debía asumir: que llevaba muerto muchos años. Y supe que decía la verdad. Mi primera reacción fue de profunda tristeza, de angustia por el instante en el que volvería a alejarse de mí, porque yo lo amaba y no me sentía sola a su lado. En ese caso, tendremos que volver a separarnos, dije. Pero él, con una sonrisa apacible, me explicó que no importaba, porque nos amábamos, y no es la muerte lo que separa a las personas. Y que, cuando lo necesitara de nuevo, lo evocase con toda mi alma, porque el amor es más fuerte que la muerte.


De "Andrei"
En "Detrás del armario, el hacha"
   

1.4.26

Carmen Megías Vicente. 5. La loca que tengo escondida

Perder hasta el encogimiento
hasta difuminarme con el peso de unas ojeras enormes
acusando una presión sobre la cabeza
que conduce por los paños del aturdimiento.
  
Perder hasta cambiar
de color
de sabor
de maneras
buscando a la loca que tengo escondida
para que nadie la vea.
  
Extender los brazos 
observar su onda expansiva 
y remover un vaso de agua con mejunjes
para llevar la pérdida,
la impotencia 
de no saber devolverme en la dosis exacta
entregarme al hilo infructuoso de la soledad.
  
Caer en la trampa.
Pisar las ramas que la cubrían y
caer
caer
caer
como Alicia
a otro mundo donde vuelvo a reencontrarme 
con la que corre de un lado a otro
y sin saber la hora
piensa que llega tarde a todas partes.


De "Bestiary"
    

31.3.26

Marguerite Yourcenar. Peregrina y extranjera

Mediodía: la hora del crimen en Micenas. 
-Apolo! Oh, Apolo, mi asesino!
Quién está aullando de esa manera? Casandra. Ha caído Troya, arden hogueras en las cumbres de la Argólida y los poetas se encargarán de que esos fuegos duren cerca de treinta siglos. En las pendientes de Micenas florecen amapolas rojas, están como engalanadas por orden de Clitemnestra. Pero su color no es el del crimen: sólo el del verano. En lo alto de la Acrópolis, la cuadriga se detiene chirriando ante la puerta de las Leonas; la puerta se abre con otro chirrido. Agamenón, víctima designada, toro que se cree dios, pone el pie sobre alfombras de púrpura, demasiado fastuosas como sabe la misma reina, demasiado sagradas para un hombre, que atraen la envidia divina y justifican por anticipado el desastre. Arriba, en el cuarto de baño de palacio, los amantes adúlteros afilan sus cuchillos como posaderos decididos a sangrar al extranjero, porque después de diez años de guerra, de gloria y de ausencia, Agamenón ya no es más que un extranjero para el corazón de Clitemnestra.


Principio de "Grecia y Sicilia"
El primer ensayo de "Peregrina y extranjera"
    

30.3.26

Sandra Petrignani cita a Marguerite Yourcenar...

Salgo de la piscina, me meto en la ducha, me seco un poco, pero no me tumbo al sol. Me quedo a la sombra porque tengo ganas de seguir leyendo un libro, que ha vuelto a caer en mis manos por casualidad después de mucho tiempo, Peregrina y extranjera de Marguerite Yourcenar. Lo leí por primera vez hace veinticinco años, cuando preparaba un viaje a Estados Unidos, a la isla de Mount Desert, en Maine, para visitar la casa museo de la escritora nacida en Bruselas y cuya vida transcurrió en Francia y en América. He dicho «por casualidad» y haría falta preguntarse qué es la casualidad en este caso. Por qué tuve que abrir Peregrina y extranjera precisamente hoy, una especie de diario lleno de sabiduría? Y leer enseguida gracias a las antiguas marcas que había hecho -una doblez, un subrayado a lápiz, un apunte en el margen- el pasaje que transcribo:
Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que este o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión hacia ellos, mucho por compasión hacia nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y pobremente.


De "Autobiografía de mis perros"