Escribir un poema te llena de dicha.
Como una mendiga que entierra su tesoro,
sonríes en silencio,
el mundo te acompaña un trecho del camino;
sientes su vecindad,
ya no estás, ya no eres frágil, ya no te duelen las rodillas,
podrías encaramarte a un árbol y retar desde allí a tus poetas
a que suban contigo
a otear un paisaje
que existe solo gracias a tus versos.
Pero escribir un poema no es tarea fácil,
podrían transcurrir días y meses
y años sin que tú escribas un poema.
Pasa el amor y se aproxima el miedo,
nacen los nietos
y mueren los amigos.
Y cuando las palabras
se deslizan por fin entre tus dedos
también puedes mancharte con el óxido
de sus bordes roídos.
Puede que sí o puede que no.
Puede ser que te asalte por la espalda
la vieja que te mira de reojo
mientras tú permaneces con la pluma en el aire.
Pero tampoco es del todo imposible
que en forma de ancianita inofensiva,
con su guadaña oculta entre las faldas,
la descubras un día arrastrándose
hacia ti con sigilo,
sin saber que eres tú quien la observa,
encaramada en tu verso feliz.
Si, tú misma,
tan ágil y poderosa como ella,
sabiendo que por fin has escrito
un poema a su altura.
De "Los versos de mi amiga"