Didion y Babitz es un libro sobre dos mujeres: Joan Didion y Eve Babitz. De identidades distintas e independientes, pero, al mismo tiempo, intercambiables y superpuestas.
Una de las cosas que estoy empezando a pensar es que la gente seria sencillamente no cree que el cotilleo, la spécialité de ma maison, sea algo serio. Siempre se ha considerado como algún truco de mujer retorcida, una vergonzosa manera trivial e inmadura de captar sin estar presente lo que sucede en las reuniones importantes de los hombres serios. El cotilleo siempre se ha conmsiderado con un chasquido de lengua. Pero las personas como yo -mujeres, nos llaman-, cómo se supone que vamos a comprender nada si no podemos entrar en la sala VIP? Y, en cualquier caso, no soporto las reuniones. Prefiero averiguar las cosas mediante el cotilleo.
Tras un violento chaparrón, el cielo se despeja rápidamente. El sol golpea con fuerza en los tejados. Es sábado. Esta tarde hará un calor sofocante y húmedo.
August lo recuerda bien: como a todos los niños que llegaban sin padres a la estación de Mecklemburgo al final de la guerra, le preguntaron cuándo y dónde había perdido a su madre, pero no lo sabía. También le preguntaron si el tren de refugiados lo habían bombardeado antes o después de cruzar el gran río al que llamaban Óder, pero eso tampoco lo sabía. Estaba durmiendo. Cuando estalló el terrible estruendo y la gente empezó a gritar, una mujer desconocida, que no era su madre, lo agarró por el brazo y lo sacó del tren. Cayó al suelo, detrás de un terraplén nevado, y no se levantó hasta que el ruido cesó y el maquinista gritó que todos los que quedaran vivos debían volver a subir a bordo de inmediato. August nunca volvió a ver a su madre ni a la mujer desconocida. Sí, mucha gente quedó tendida en el suelo y no subió al tren, que pronto reemprendió la marcha.
Acaban de poner el pastel en el centro de la mesa. Qué feo es, piensa Rea esbozando una sonrisa extraña. Dentro de poco cortarán la luz. Su amiga Nita le suplica con la mirada y Rea la complace diciéndole que la tarta es preciosa. La tercera del grupo, Besa, se seca las manos en el delantal y clava una vela en el tablero con una sonrisa que parece una amenaza.
-Venga, Rea! -dice-. Pide un deseo y acabemos de una vez.
Es miércoles, 24 de marzo de 1999. Ella es Rea Kelmendi y hoy es su día. Podría ser el cumpleaños perfecto, ese que no olvidas ni aunque pasen cien años. Es un cumpleaños muy literario; romántico no, pero literario sí.