Tía querida:
Soy inocente y tan a imagen y semejanza de Dios como cualquiera, como todos, no obstante haber sido grumete, tendero y soldado, más antes -antes- niñita en tu falda. "Hija", "hijita", llamábasme y ni aun hoy, creo, ni aun con mis hombros militares ni con mi bigotillo ni con mis callosas manos armadas de espada llamaríasme de modo otro. Tía, te diría si pudiera, vives aún? Yo así lo creo y creo que me esperas para heredarme lo que es tuyo, lo que fue nuestro, ese convento de San Sebastián el Antiguo que mandó a construir tu abuelo, el padre del padre de mi padre, el marqués don Sebastián Erauso y Pérez Errázuriz de Donostia. Dáselo a otra y, te lo ruego, sigue leyéndome.
Principio de "Las niñas del naranjel"