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14.7.16

Elizabeth Bowen. Hacia el Norte

Hacia fines de abril, un hálito del norte soplaba frío al encuentro de los viajeros que en las plataformas de Milán se disponían a emprender el viaje de regreso. Vagos pensamientos de la patria llenaban el restaurante de la estación, donde unos cuantos ingleses almorzaban, desasosegados, de cara al reloj. El expreso Anglo-Italiano (Chiasso-Lucerna-Basilea y Boulogne) sale a las dos y quince: no es un train de luxe.


Principio de "Hacia el Norte"

30.10.14

Elizabeth Bowen. La casa en París

Una mañana grasienta y gris de febrero, antes incluso de que las contraventanas estuviesen abiertas, iba Henrieta sentada junto a la señorita Fisher en un taxi que salió derrapando de la Gare du Nord. 


Principio de "La casa en París"

21.7.14

Elizabeth Bowen. Nuestras lealtades y nuestros sentimientos...

Nuestras lealtades y nuestros sentimientos -por llamarlos de algún modo- son tan instintivos que uno apenas sabe que existen: solo cuando los traicionamos comprendemos su importancia. Esa traición marca el fin de una vida interior sin la cual lo cotidiano se vuelve amenazador o insignificante. En el fondo del alma naufraga, de pronto, un paisaje misterioso cuyas perspectivas llegan a ser infinitas: es como ser desterrados para siempre de un país y no encontrar en ningún lado rastros de su paisaje.


De "La muerte del corazón"

6.6.14

Elizabeth Bowen. El fragor del día

Aquel domingo, desde las seis de la tarde, había estado tocando una orquesta vienesa. Ya no era tiempo para conciertos al aire libre; las hojas caídas de los árboles revoloteaban sobre el escenario tapizado de hierba: aquí y allá se revolvía alguna, crujiendo como cuando se están secando, y mientras estuvo sonando la música cayeron varias más.


Principio de "El fragor del día"
      

22.2.14

Elizabeth Bowen. Se sentía sola y comprendió...

Se sentía sola y comprendió que no había futuro. Cerró los ojos y se esforzó -como cuando estaba mareada, inmersa en su sufrimiento entre Holyhead y Kingstown- por encerrarse en la nada, en un lugar que no existía, un lugar ideal, tan perfecto y transparente como una burbuja.
  
 
De "El último septiembre"

12.2.14

Elizabeth Bowen. El último septiembre

Hacia las seis el sonido de un motor, procedente primero del vasto paisaje y concentrado luego bajo los árboles de la avenida, convocó en la escalinata a todos los habitantes de la casa en un estado de gran excitación. A la altura de las hayas, resonó una delgada verja de hierro; el coche emergió de una maraña de sombras y se deslizó pendiente abajo hacia la casa. Tras los destellos del parabrisas, el señor y la señora Montmorency -brazos agitándose en el aire y el velo malva de ella revoloteando furiosamente- saludaban con frenesí. Eran visitantes largamente esperados. Todos proferían exclamaciones y gesticulaban: nadie hablaba todavía. Era un momento de felicidad, de perfección.
 
Principio de "El último septiembre"

31.12.13

Elizabeth Bowen. Admitámoslo...

Admitámoslo, nadie está nunca a la altura de lo que esperan los demás. Creamos situaciones invisibles para los otros y después se nos rompe el corazón. No es necesario estar enamorado para ser estúpido... Más bien pienso que somos más estúpidos cuando no estamos enamorados, porque hacemos un drama de cualquier cosa.
   
De "La muerte del corazón"

9.7.13

Elizabeth Bowen. Siete inviernos

Viví las tres primeras semanas de mi vida en junio -el único mes de junio que pasé en Dublín hasta el verano en que cumplí los veintiuno-. Nací en el número 15 de la plaza Herbert, en la habitación, destinada a ser una segunda sala de estar, en que se hallaba el dormitorio de mi madre.

Principio de "Siete inviernos"

17.3.13

Elizabeth Bowen. No bien llegó marzo...

No bien llegó marzo florecieron los azafranes y se tiñeron enseguida de púrpura y amarillo. Muy pronto se corrió la voz: era posible pasear por allí después del té. Es a las cinco de la tarde, más o menos, cuando suena la primera hora de la primavera; el otoño llega muy temprano por la mañana; la primavera llega al final de un día invernal. A punto de caer la noche, el aire se vuelve más ligero y se ve atravesado por una misteriosa luz blanca; el manto de oscuridad queda suspendido, como a la espera de que ocurra algún hecho sin precedentes. Puede que aún no sea la hora del crepúsculo y que los árboles no estén todavía en flor, pero los sentidos quedan atrapados por un presagio, por un presentimiento tan tenue y, sin embargo, tan concreto que hace girar nuestra mente y exalta nuestro corazón.

De "La muerte del corazón"

12.2.13

Elizabeth Bowen. Pero usted escribe libros...

-Pero usted escribe libros. Y pasa el día escribiéndolos, verdad?
-Lo que escribo en ellos nunca ha ocurrido. Podría haber ocurrido, es cierto, pero en verdad no sucedió. Y, aunque lo que se siente en ellos es plausible (y es, en el fondo, mucho más plausible de lo que imagina la gente), también es bastante improbable. Por lo tanto, es un juego al que yo me consagro. Y nunca escribiría acerca de algo que ha sucedido de verdad. Nuestra naturaleza es olvidar, y uno debe cumplirla. La memoria es bastante insoportable, pero, así y todo, desecha bastantes cosas. Nos defraudaría sino fuera, en cierta medida, una farsa: recordamos para hacer de ello lo que queremos. En serio, Portia, debes creerme: si no nos permitiéramos unas pocas mentiras, no sé cómo soportaríamos el pasado. Gracias a Dios, salvo en el instante exacto en el que sucede, no existe eso que se llama un hecho puro, desnudo. Diez minutos más tarde, media hora más tarde, empezamos a reescribir lo sucedido. "Las horas que he pasado contigo, mi amada, son como perlas para mí."
  
De "La muerte del corazón"

16.1.13

Elizabeth Bowen. La muerte del corazón

   El hielo de esa mañana, apenas una frágil costra, se había quebrado y flotaba en pedazos. Los pequeños bloques chocaban o se separaban formando unos canales de agua oscura por los que unos cisnes nadaban con lenta indignación. Las islas se recortaban en el crepúsculo sombrío, boscoso, helado: eran las tres o las cuatro de la tarde. Una especie de hálito de arcilla, procedente de la ciudad se erguía más allá del parque, se condensaba, enturbiando el aire; tras esa atmósfera impura, los árboles alzaban frigidamente sus copas alrededor del lago.
  
Principio de "La muerte del corazón"

12.6.07

Elizabeth Bowen

Elizabeth Bowen (Elizabeth Dorothea Cole Bowen) (Dublín, Irlanda, 7 de junio de 1899 - Hythe Kent, 22 de febrero de 1973) fue una escritora anglo-irlandesa.


Obras citadas en este blog: