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26.7.20

Ana María Matute. Cuando un deseo se cumple...

"Creo que va a suceder algo que deseo sin saberlo." Aún no me había dicho a mí misma que a menudo cuando un deseo se cumple, todo un mundo muere.


De "Demonios familiares"
    

29.12.19

Ana María Matute. Demonios familiares

Algunas noches el Coronel oía llorar a un niño en la oscuridad. Al principio se preguntaba quién sería, puesto que hacía muchos años que en la casa no vivía ningún niño. Solo quedaba, en la mesilla de noche de Madre, una fotografía sepia, una sonrisa transparente y errática -quién sabía ya si de Madre o del niño-, flotando en la noche, como una luciérnaga alada. Ahora sus recuerdos, incluso los tenebrosos fantasmas de la campaña de África, se parecían cada día más a desperdicios, lo que queda, migas de pan en el mantel, de un antiguo festín. Pero su memoria recuperaba una y otra vez la imagen de Fermín, su hermano mayor. Encerrado en su marco de terciopelo malva, vestido de marinero, apoyado en un aro de madera, y siempre niño.


Principio de "Demonios familiares"
    

25.6.19

Ana María Matute. Siento un deseo de palabras...

(Siento un deseo de palabras, las palabras que siempre me parecieron insuficientes. Puedes hablarme todo lo que quieras. Lo que no desees, no lo oiré. Pero, dime algo, eso puede hacernos mucho bien.)


De "Los soldados lloran de noche"
    

10.11.17

Ana María Matute. Fiesta al noroeste

El látigo de Dingo hablaba seco, como un relámpago negro. Estaba lloviendo desde el amanecer, y eran ya cerca de las seis de la tarde, tres días antes del Miércoles de Ceniza. El agua empapaba las crines del viejo caballo y el carro del titiritero rumoreaba sus once mil ruidos quemados: sonrisas de caretas y pelucas, bostezos de perros sabios y largos, muy largos lamentos sin voz.


Principio de "Fiesta al noroeste"
     

26.7.15

Ana María Matute. El día y la noche...

"El día y la noche, el día y la noche siempre. ¿No habrá nunca nada más?" Acaso me volvía el mismo confuso deseo de que alguna vez, al despertarme, no hallara solamente el día y la noche, sino algo nuevo, deslumbrante y doloroso. Algo como un agujero por donde escapar de la vida.


De "Primera memoria"

5.9.14

Ana María Matute. Los soldados lloran de noche

Todas las cosas que le conmovieron caían, como lluvia de arena, dejándole seco, intacto. Se sentía granítico, pesando vanamente sobre la tierra. Al otro lado de la ventana acechaba el otoño, y el verano yacía, incoloro, húmedo. Algún fuego invisible prendía las paredes de las casas, lejos de allí.
 
Principio de "Los soldados lloran de noche"

28.6.14

Ana María Matute. Y me callé y me vino de golpe todo...

(Y me callé y me vino de golpe todo, los bosques y el río, y un nudo en la garganta. Y Andersen, y Alicia en el espejo, y Gulliver... y un capitán de quince años, y aquellos ríos enanos, trazados con un palo en el barro. los ríos que yo creaba para los gnomos, en la tierra mojada de la acequia. Y aquellas flores amarillas, con forma de sol, que ponía en las cerraduras de las puertas, y los gritos de los cuervos, que repetía el eco, en las cuevas; y la voz de Mauricia: "soy un cuervecito, muy pequeñito sin pan ni sal..." "Matia, ha llegado un paquete de papá".)

De "Primera memoria"

4.11.13

Ana María Matute. Otoño

Tal vez es el otoño la época mejor del año. El primer frío, sea en la cuidad o en el campo, parece traer un color, un aire distinto a todas las cosas, el tono del otoño es de un rojo caoba, como el de algunos vinos. Y también dorado, o verde bronco. El viento del otoño, sus días a veces transparentes como una copa, o mojados, raramente limpios bajo el gris del cielo, traen una rara paz al tiempo que una acreditada actividad. Los mejores proyectos, los mejores deseos, creo yo que nacen en esta época del año.
Uno de los encantos del primer frío es el de la taza de café. Si todo el año es bueno, en esta época es mejor.


Del artículo "Otoño"

19.9.13

Ana María Matute. Luciérnagas

A los dieciséis años salió de Saint-Paul, creyéndose el centro del mundo. Pero el mundo resultó distinto a todo lo que ella aprendió a temer o amar. Ojeando su cuaderno escolar, podía evocar nueve años largos casi inútiles de internado. El cuaderno tenía tapas rojas, y en la primera página había escrito, con letra grande y picuda:
Nombre: Soledad Roda Oliver.
Principio de "Luciérnagas"

26.7.13

Ana María Matute. Un vaso verde...

(Aquí estoy ahora, delante de este vaso tan verde, y el corazón pesándome. ¿Será verdad que la vida arranca de escenas como aquella? Será verdad que de niños vivimos la vida entera, de un sorbo, para repetirnos después estúpidamente, ciegamente, sin sentido alguno?)

De "Primera memoria"

23.2.12

Ana María Matute. Primera memoria

   "Mi abuela tenía el pelo blanco, en una ola encrespada sobre la frente, que le daba cierto aire colérico. Llevaba casi siempre un bastoncillo de bambú con puño de oro, que no le hacía ninguna falta, porque era firme como un caballo. Repasando antiguas fotografías creo descubrir en aquella cara espesa, maciza y blanca, en aquellos ojos grises bordeados por un círculo ahumado, un resplandor de Borja y aún de mí. Supongo que Borja heredó su gallardía, su falta absoluta de piedad. Yo, tal vez, esta gran tristeza."


 Principio de "Primera memoria"
  
 

26.9.11

Ana María Matute. A veces...

   "A veces basta la cadencia de una voz, el súbito remolino del polvo de un sendero, para recordarnos algo. algo grande o pequeño -da lo mismo: grande para nosotros, pequeño para los demás-, pero que supone un jirón de nuestra vida

Fragmento de "El chico de al lado"
uno de los cuentos incluidos en "La puerta de la luna"

11.7.11

Ana María Matute. Zazu

"Nunca se preocupó nadie de mi corazón. Mi corazón y yo crecimos extrañamente, dentro de un mundo frío y distante. Yo he ido buscando siempre algo, y no sé que he buscado. Alguna cosa me grita mi corazón, a veces, y no sé qué es".

Fragmento de "Pequeño teatro"

7.7.11

Ana María Matute. Ilé no sabía...

     "Ilé no sabía de un modo concreto qué eran tesoros. Pero mezclaba siempre en sus pensamientos fragmentos de las historias de Anderea.. Ilé Eroriak volvió a abrir los ojos, y ya no vio, durante horas y horas, nada más que sus sueños. Con la mirada perdida en el horizonte, sentado sobre las rocas, imaginaba lo que él haría un día venturoso y radiante, un día que esperaba, y, no obstante, sabía que no iba a llegar jamás."

Fragmento de "Pequeño teatro"
  

27.5.11

Ana María Matute. El verdadero final de la Bella Durmiente

     "Todo el mundo sabe que, cuando el Príncipe Azul despertó a la Bella Durmiente, tras un sueño de cien años, se casó con ella en la capilla del castillo y, llevando consigo a la mayor parte de sus sirvientes, la condujo, montada a la grupa de su caballo, hacia su reino. Pero, ignoro por qué razón, casi nadie sabe lo que sucedió después. Pues bien, éste es el verdadero final de aquella historia."

Principio de "El verdadero final de la Bella Durmiente"

3.4.11

Ana María Matute. Paraiso inhabitado

     "Algo que quizá había soñado, o vivido en un tiempo anterior, regresó: nos habíamo conocido antes -o quizá nos ibamos a conocer en un tiempo que aún no había llegado."

Fragmento del "Paraiso Inhabitado"


29.3.11

Ana María Matute. La otra nostalgia

     "Supongo que la nostalgia es algo común a todos los seres. La nostalgia del tiempo pasado, e incluso la nostalgia de la hora recién concluida. Pero ahora no pienso en esa clase de nostalgia, agradable en medio de su inevitable, sutil tristeza. Alguien dijo: "Todo el mundo está triste". Y creo que la tristeza es necesaria a los hombres, incluso a los niños."

Fragmento de "Otra nostalgia",
artículo incluido en "La puerta de la luna"

24.2.11

Ana María Matute. De ninguna parte


     "La lectura en privado había sido para tesa algo bueno, reconfortante, una especie de islita donde refugiarse y olvidar los cotidianos y cada vez mas frecuentes sinsabores. El lugar soñado de las niñas cobardicas, que nada sabían de matemáticas ni de verbos irregulares y sólo conseguían soñar, huir y esconderse. Especialmente de noche, en la cama, debajo de la sábana iluminada por una linterna diminuta que reseguía línea a línea las palabras, con un sentido y un calor muy distintos a las historias y las palabras de la gente mayor (...) Un día, sin saber cómo, Tesa comprendió que podía amarse, como se amaba en las páginas de la Bella Durmiente, y también odiarse, como en las de Pulgarcito. (...) Y Tesa revivió una vez más la lectura solitaria, única, las cubiertas rojas de los libros con letras de oro, las ilustraciones de Arthur Rackham; y sobre todo aquella otra historia, la mejor, la que ella desprendía de lo leído y después, y durante, y luego, aparecía entre las páginas pasadas deprisa, en abanico. Una historia que quizá no estaba escrita allí, pero "estaba ahí"."

Fragmento de "De ninguna parte"
Uno de los cuentos que contiene "La puerta de la luna"

23.2.11

Ana María Matute. Las palabras de un cuento

     "Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento.
(...) El cuento es astuto, se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe, en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en las calumnias, en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aún las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante. El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo, a veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo."

Fragmento de "El cuento vagabundo"
Introducción de "La puerta de la luna"


7.6.10

Ana María Matute. Paraíso inhabitado

     "Para estar un ratito conmigo misma, sin más, busqué en uno de mis bolsillos, y topé con un terrón de azucar. Lo saqué y lo partí en dos. Y de pronto, en la palma de mi mano y a oscuras, se produjo un milagro. Claramente, en un chispazo, aquel trozo de azúcar se convirtió en una levísima, extraordinaria, llamita azul. Me vino a la memoria la vez que Isabel me llamó a la despensa para enseñarme, en su penumbra, unas rodajas de merluza rodeadas de resplandor azul. "pa que veas qué bonita y fresca es", decía, sin que yo alcanzase a comprender totalmente lo fastuoso del asunto. Pero ahora no había ni merluza ni Isabel ni despensa. Ahora solo estaba yo, con mi joya azul en la palma de la mano.
Algo me sacudió entonces. Y digo sacudió porque eso es lo que sentí: como si alguien me zarandeara, como había visto a tata María e Isabel sacudir alfombras en el terrado.
Porque algo acababa de descubrir, algo que intuía y no conocía su nombre. En mi ayuda acudieon los cuentos de Andersen, de Grimm, de Perrault... y quizá de otros, secretamente elaborados por mí en las tardes de Saint Maur, cuando Madame Colette nos leía las historias de La leyenda dorada. Y me dije: "Yo soy maga".

Cita de "Paraiso inhabitado"