Mostrando entradas con la etiqueta *El asesino y otros poemas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta *El asesino y otros poemas. Mostrar todas las entradas

26.1.14

Anne Sexton. Joven

Hace mil puertas
cuando yo era una chiquilla solitaria
en una gran casa con cuatro
garajes y era verano
según creo recordar,
yacía por la noche sobre la hierba,
los tréboles cedían bajo mi peso,
las estrellas sabias fijas por encina de mí,
la ventana de mi madre un embudo
por el que escapaba un calor amarillo,
la ventana de mi padre, a medio cerrar,
un ojo por donde pasaban durmientes,
y las tablas de la casa,
suaves y blancas como la cera
y probablemente un millón de hojas
se mecían sobre sus extraños tallos
mientras los grillos cantaban al unísono
y yo, en mi cuerpo recién estrenado,
que aún no era el de una mujer,
interrogaba a las estrellas
y pensaba que Dios realmente podía ver
el calor y la luz pintada,
codos, rodillas, sueños, buenas noches.

De "Todos mis muertos queridos"

3.1.14

Anne Sexton. Palabras

Ten cuidado con las palabras,
incluso con aquellas milagrosas.
Por las milagrosas lo hacemos lo mejor posible,
a veces pululan como insectos
y nos dejan un aguijón sino un beso.
Pueden ser tan buenas como dedos.
Pueden ser tan seguras como la roca
a que pegas el trasero.
Pero pueden ser al mismo tiempo margaritas y moratones.

Con todo, aún estoy enamorada de las palabras.
Son palomas que caen del techo.
Son seis naranjas sagradas posadas en mi regazo.
Son los árboles, las piernas del verano,
y el sol, su rostro apasionado.

Todavía me fallan a menudo.
Son tantas las cosas que quiero decir,
tantas historias, imágenes, proverbios, etc.
Pero las palabras no son lo bastante buenas,
las erróneas me besan.
A veces vuelo como un ángel
pero con las alas de un troglodita.

Pero trato de tener cuidado
y ser amable con ellas.
Las palabras y los huevos deben manipularse con cuidado.
Una vez rotas hay cosas
que es imposible reparar.

De "El terrible remar hacia Dios"

6.12.13

Anne Sexton. Cuando el hombre penetra en la mujer

Cuando el hombre
penetra en la mujer,
igual que el oleaje rompe contra la costa,
una y otra vez,
y la mujer abre la boca con placer
y sus dientes brillan
igual que el alfabeto,
Logos aparece ordeñando una estrella,
y el hombre
dentro de la mujer
ata un nudo
de modo que nunca
puedan volver a separarse
y la mujer
trepa a una flor
y traga su tallo
y Logos aparece
y desencadena sus ríos.

Este hombre,
esta mujer,
con su doble anhelo
han tratado de atravesar
la cortina de Dios,
y por un instante lo han conseguido
aunque Dios
en su perversidad
desata el nudo.
De "El terrible remar hacia Dios"