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19.8.26

Edna St Vincent Millay. Soneto II

El tiempo no supone consuelo; me mentisteis
todos al decirme que el tiempo aliviaría el dolor!
Le echo de menos bajo el llanto de la lluvia;
le deseo cuando empieza a retirarse la marea;
todos los viejos neveros se fundieron en los montes
y las hojas del año pasado son humo en los caminos;
pero el amargo amor del año pasado ha de seguir
apilado en mi corazón y persistir mis razones de antaño.
Existen cientos de lugares a los que no me atrevo 
a ir: así de rebosantes están de su recuerdo.
Y al entrar con alivio en algún lugar tranquilo
donde nunca se posara su pie o brillara su rostro
me digo: «No hay memoria de él en este sitio!».
Y entonces me quedo atribulada al recordarle.


De "Un palacio en la arena"
    

19.8.24

Edna St. Vincent Millay. La infancia es el reino donde no muere nadie

La infancia no va de la cuna a cierta edad, y a cierta edad
el niño crece y olvida las cosas de niños.
La infancia es el reino donde no muere nadie.
   
Nadie que importe, claro. Los parientes lejanos, por supuesto,
mueren, a quienes uno no vio nunca, o apenas una hora, 
y le dieron un caramelo en una bolsita de rayas rosadas y verdes, o una navaja,
y se marcharon, y no puede decirse siquiera que hayan vivido.
   
Y mueren los gatos. Se tumban en el suelo y sacuden la cola,
y su áspero pelaje se convulsiona de pronto 
con pulgas hasta entonces inadvertidas;
brillantes y pardos, los gatos saben todo lo que hace falta saber,
y se apartan del mundo de los vivos.
Coges una caja de zapatos, pero es muy pequeña: la gata ya no se ovilla.
Así que buscas otra caja más grande, la entierras en el jardín y lloras.
   
Pero no te despiertas al mes siguiente, a los dos meses,
al año de esa muerte, a los dos años, en plena noche
y lloras, con los nudillos en la boca, y dices: Dios mío! Dios mío!
La infancia es el reino donde no muere nadie que importe: las madres y los padres no mueren.
   
Y si alguna vez has dicho: "Por el amor de Dios, es que siempre tienes que estar dando besos?".
O: "Te importaría dejar de hacer ruiditos con el dedal en la ventana? No puedo más!".
Mañana, o pasado mañana, si tus diversiones te entretienen hoy,
tendrás tiempo de sobra para decir: "Perdóname, madre".
   
Crecer es sentarse a la mesa con muertos,
que no escuchan ni hablan;
que no beben té, aunque siempre decían 
que el té era un gran consuelo.
   
Baja a la despensa y coge el último tarro de frambuesas; no los tentarás. 
Halágalos, pregúntales una vez más qué le dijeron
aquella vez al obispo, o al supervisor, o a Mrs. Mason;
no morderán el anzuelo.
Grítales, enrojecido el rostro, levántate,
sácalos a la fuerza de la silla, agárralos por los hombros tiesos y sacúdelos y chilla;
no sé inmutarán, ni siquiera pasarán apuro; volverán a dejarse caer en el asiento.
   
El té se ha enfriado.
Te lo bebes de pie
y sales de casa.


De "El amor no lo es todo"
    

22.11.23

Edna St. Vincent Millay. Un gesto antiguo

Pensé, mientras me secaba los ojos con la tela del delantal:
Penélope también lo hizo.
Y más de una vez: es imposible tejer sin parar todo el día
y deshacer lo tejido por la noche;
se te cansan los brazos y el cuello se te agarrota;
y cuando se acerca el alba, cuando crees que nunca volverá la luz,
y tú marido está ausente, y no sabes dónde, desde hace años,
de repente te echas a llorar;
qué más puedes hacer!
   
Y pensé, mientras me secaba los ojos con la tela del delantal:
es un gesto antiguo, auténtico, arcaico,
de una tradición excelsa, griego, clásico;
Ulises también lo hizo.
Pero solo como un gesto: un gesto que indicaba
al gentío apiñado que la inmensa emoción 
le impedía hablar.
Lo aprendió de Penélope...
Penélope, que lloró de verdad.


De "El amor no lo es todo"
    

1.7.23

Audre Lorde cita a Edna Saint Vincent Millay

Me aprendí de memoria el poema Renacimiento, de ocho páginas, de Edna Saint Vincent Millay. Me lo recitaba a mí misma con frecuencia. Los versos eran tan hermosos que me hacían feliz, pero era la tristeza y el dolor y la sensación de renovación las que me daban esperanza.
Porque el este y el oeste pellizcarán el corazón
que no los puede separar con fuerza
y el cielo caerá poco a poco
sobre aquel cuya alma es plana.

De "Zami. Una nueva forma de escribir mi nombre"
    

22.2.22

Edna St. Vincent Millay. Apóstrofe al hombre (al constatar que el mundo se prepara para ir de nuevo a la guerra)

Raza detestable, sigue aniquilándote, extínguete.
Procrea más rápido, puebla la tierra, invádela, canta himnos, construye bombarderos;
da mítines, inaugura estatuas, emite acciones, desfila;
convierte otra vez en materia putrefacta que atraiga a las moscas
los cuerpos esperanzados de los jóvenes; exhorta,
reza, pon mala cara, sé sincero, pero mantén el tipo, sal en las fotografías;
consulta, perfecciona las fórmulas, comercializa
bacterias que ataquen el tejido humano,
pon en venta la muerte;
procrea, puebla la tierra, invádela, expándete, aniquílate, extínguete,
Homo llamado sapiens.



De "Vino de estas uvas", 1934
En una "Antología poética"
         

19.10.21

May Sarton cita el final de un poema de Edna St. Vincent Millay

Me acordé del poema de Edna St. Vincent Millay titulado "Niebla en el valle", que acaba con los versos:

Golpeada, demasiado adolorida para el llanto
me quedo en pie recordando las islas y el sonido perdido del mar...
Lo mejor de la vida no dura más que el piar de la arena,
y yo llevo dos años, dos años,
labrando una tierra de montaña!


De "Diario de una soledad"
    

1.7.21

Edna St. Vincent Millay. Soneto XXIX

Apiádate de mí no porque la luz del día
al acabarse el día no surque más el cielo;
apiádate de mí no por las bellezas muertas
en prado y espesura según avanza el año;
apiádate de mí no por la mengua de la luna,
ni porque baje la marea perdiéndose en el mar,
o se acalle temprano el deseo de un hombre
y dejes tú de mirarme con amor en los ojos.
Esto siempre he sabido: que el amor no es más
que la abierta flor que el viento embiste,
que la gran marea que pisa la cambiante costa,
esparciendo naufragios que reunió en la tormenta:
apiádate de mí porque el corazón es lento
en aprender lo que la mente contempla a cada instante.



En "Un palacio en la arena"
       

14.2.21

Edna St. Vincent Millay. XI

No en un cofre de plata lleno de perlas
o de rojos rubís o de zafiros,
cerrado y sin llave como otras doncellas
han dado sus amores, te doy yo el mío.
   
No en un brazalete ni en un anillo
grabado y con el mensaje bien claro:
Semper fidelis, que en un lugar secreto
alberga una gota de descaro.
   
Amor en la palma abierta, solo eso,
sin gemas, sin secretos, sin venganza,
como unas películas en el sombrero
o unas manzanas frescas en la falda,
  
te doy, e igual que un niño exclamo:
"Mira qué tengo! Cógelo todo. Vamos!"
   
   
De "Encuentro fatal", 1931
en una "Antología poética"
    

16.12.20

Edna St. Vincent Millay. Para Elinor Wylie

II
(1928)

Para ti no tengo canto...
   Solo el temblor 
de la voz que quería cantar; el sonido de la fuerte
   voz al quebrarse.
   
Extraña parece en mi mano
   la pluma, y la tuya quebrada.
Hay tinta y lágrimas en la hoja; solo han hablado
   las lágrimas. 


De "Cazador, y tu presa?", 1939
en una "Antología poética"
    

19.10.20

Edna St. Vincent Millay. Luz a medianoche

Corta si quieres, amigo, en dos mitades
cada día con el gris filo del Sueño...
Los años que a mi vida el Tiempo arranque
se los arrancará del otro extremo!


De "Frutos de los abrojos", 1920
En una "Antología poética"
    


30.6.20

Edna St. Vincent Millay. Adulta

¿Para esto recé con todas mis fuerzas
y lloré y juré y pateé la escalera,
para ahora, doméstica como una tetera,
tener que retirarme a las ocho y media?



De "Frutos de los abrojos", 1920
en una "Antología poética"
    

14.3.20

Edna St. Vincent Millay. Sin llegar al bosque

I

Ha llegado ese frío
que tan bien conocen los sabios, e incluso a soportar han aprendido.
Sé que este deleite
acabará pronto enterrado en la nieve.
   
El sol se esconde tras una nube
y deja de verse.
La belleza, antes tan escandalosa,
solo en el recuerdo se oye ahora.
El corazón se dispone
a alimentarse de lo vivido.
   
La noche cae como el rayo.
Hoy ya queda en el pasado.
   
Volando desde la colina negra llegan a mi puerta
tres copos de nieve, luego cuatro,
hasta que pierdo la cuenta.


De "Cazador, y tu presa?", 1939
en una "Antología poética"
    

22.2.20

Edna St. Vincent Millay. Segundo higo

Seguras sobre la roca sólida las feas casas se levantan:
ven y contempla mi reluciente palacio construido sobre la arena.




En "Lengua de madera
(antología de poesía breve en inglés)


19.10.18

Edna St. Vincent Millay. Anochecer en la colina

Voy a ver la cosa más alegre
   bajo el sol!
Acariciaré un centenar de flores
   y ninguna cogeré.

Posaré en riscos y nubes
   con calma los ojos,
observaré al viento doblegar la hierba
   y a la hierba levantarse.

Y cuando empiecen las luces
   a brillar abajo en la ciudad,
señalaré cuál ha de ser la mía
   e iniciaré el descenso!




En "Un palacio en la arena"
    

10.5.18

Edna St. Vincent Millay. Tregua de un momento

Entre la Tierra y el Éter una tregua de un momento
alivia la sumisión del espíritu al desánimo:
esquivos conferencia agua, tierra, aire y fuego
con la quinta esencia.

En tanto dura, si no demanda el espíritu,
queda trabada en el declive la rueda del Tiempo;
al Espacio infinito, inmóvil, en su comba lo abarca
la palma de la mano.

Así, entre el día y el atardecer de otoño,
alta en el Oeste, solitaria y con vivo fulgor,
pende Venus, primera luz de barco anclado
en la calma del puerto.

[Huntsman What Quarry?, 1939]


En una selección de poemas
en el libro "Poesía norteamericana 1900-1950"
   

22.2.18

Edna St. Vincent Millay. Soneto XI

Voy a olvidarte de inmediato, amor mío,
así que procura aprovecharlos, tu breve día,
tu breve mes, tu breve medio año,
antes de que te olvide, o me muera, o me vaya.
Y hemos terminado para siempre; a la larga
te olvidaré, como ya dije, pero ahora,
si me ruegas con tu mentira más encantadora,
te brindaré a cambio mi promesa favorita.
De verdad preferiría un amor más duradero,
y que no fuera tan quebradiza una promesa,
pero es así, y la naturaleza se las ha ingeniado
para seguir avanzando sin descanso hasta ahora;
que logremos o no encontrar lo que buscamos
carece de importancia, según la biología.




En "Un palacio en la arena"
    

19.10.17

Edna St. Vincent Millay. Mujer-bruja

No es ella rosa ni pálida,
   y nunca será del todo mía;
sus manos descubrió en un cuento de hadas,
   y su boca con un enamorado.

Tiene más pelo del que necesita;
   ay de mí cuando reluce al sol!
Y su voz es una sarta de abalorios,
   o una escalera que condujera al mar.

Me ama tanto como le es posible
   y sus modos se rinden a los míos;
pero no fue hecha para hombre ninguno
   y nunca será del todo mía.




En "Un palacio en la arena"
    

17.7.17

Edna St. Vincent Millay. Maleza

Si crezco llena de amargura,
como un árbol raquítico y nudoso,
cargando de mi juventud ásperamente
un arrugado fruto que marchita la boca;
si de mis ramas macilentas
hago una Casa Inhóspita,
desde la cual nunca miro
hacia el cielo y el agua,
bajo la cual me escondo
a escuchar como afuera pasa el día;
es que es un viento demasiado fuerte
cuando era joven me dobló la espalda,
es que temo a la lluvia
por si vuelve a magullarme.




En "Un palacio en la arena"
     

28.4.17

Edna St. Vincent Millay. Cisnes salvajes

Miré en mi corazón mientras pasaban los cisnes salvajes.
Y qué es lo que vi que no había visto antes?
Solo una cuestión menos o una más;
nada que se igualara al vuelo de los cisnes salvajes.
Corazón agobiante, siempre viviendo y muriendo,
casa sin aire, te abandono y cierro la puerta.
Cisnes salvajes, sobrevolad la ciudad, sobrevolad
de nuevo la ciudad, las patas extendidas y gritando!



En "Un palacio en la arena"
    

22.2.17

Edna St. Vincent Millay. El peral

En este escuálido, sucio corralillo
     donde los pollos cacarean y corren,
el peral blanco e increíble
     se alza en solitario llenándose de sol.

Atento a los ojos que le miran,
     vanidoso de su nueva santidad,
como la hija del basurero
     en su traje de primera comunión.



En "Lengua de madera
(antología de poesía breve en inglés)"