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11.2.24

Elizabeth Bishop. Zarapito

El bramido a su lado lo da por supuesto
y también que el mundo está obligado a menudo a estremecerse.
Corre, corre hacia el sur, quisquilloso, torpe,
en un estado de pánico controlado, un estudioso de Blake.
   
La playa borbotea como mantequilla. A su izquierda, una lámina
de agua interrumpida va y viene,
esmaltando sus oscuros y frágiles pies.
Corre, corre directo, mirándose los dedos.
   
-Mirando, más bien, los espacios de arena entre ellos,
donde (no hay detalle sin importancia) el Atlántico se escurre
con rapidez hacia atrás y hacia abajo. Mientras corre,
contempla atento los granos que arrastra la corriente.
   
El mundo es una niebla. Y después el mundo
es ínfimo y vasto y claro. La marea
está alta o está baja. Él no sabría decir la diferencia.
Su pico está concentrado; está absorto
   
buscando, algo, algo, algo.
Pobre pájaro, es un obseso!
Los miles de granos son negros, blancos, bronceados y grises
mezclados con granos de cuarzo, rosa y amatista.


En "Antología de las poetas estadounidenses"

6.10.19

Elizabeth Bishop. Sextina

La lluvia de septiembre cae sobre la casa.
Bajo la escasa luz, la anciana abuela
se sienta en la cocina con la niña
junto a la Estufa Pequeña Maravilla,
leyendo el almanaque con sus chistes,
riendo y hablando para ocultar las lágrimas.

Piensa que sus equinocciales lágrimas
y la lluvia golpeando en el tejado de la casa,
ambas estaban ya predichas en el almanaque,
aunque esto lo sabe solamente una abuela.
La tetera de acero canta sobre la estufa.
Corta un poco de pan y le dice a la niña:

Es la hora del té. Pero la niña
vigila las pequeñas, duras lágrimas de la tetera
que, alocadas, danzan sobre la caliente y negra estufa,
como debe de danzar la lluvia sobre la casa.
Poniéndose a ordenar, la anciana abuela
cuelga el ingenioso almanaque

de su cuerda. El almanaque, parecido a un pájaro,
queda en el aire, abriéndose, sobre la niña,
en el aire sobre la anciana abuela
y su taza de té llena de oscuras, pardas lágrimas.
Ella se estremece y dice que piensa que la casa
siente frío, y echa más leña en la estufa.

Fue para ser, dice la Estufa Maravilla.
Yo sé aquello que sé, dice el almanaque.
La niña con los lápices de colores dibuja una casa rígida
y un tortuoso sendero. Después, la niña
pone un hombre de botones como lágrimas
y lo muestra a la abuela con orgullo.

Pero secretamente, mientras la abuela
está ocupada en los fogones,
de entre las páginas del almanaque
las pequeñas lunas caen, igual que lágrimas,
al florido parterre que la niña
ha dispuesto con cuidado delante de la casa.

Tiempo de plantar lágrimas, explica el almanaque.
La abuela canta a la maravillosa estufa
y la niña dibuja otra inescrutable casa.




De "Cuestiones de viaje"

22.6.19

Elizabeth Bishop. Invitación a Miss Marianne Moore

Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,
   por favor, venga volando.
En una nube de apasionados, pálidos productos químicos,
   por favor, venga volando.
Por el rápido repicar de miles de pequeños tambores azules
descendiendo del cielo aborregado
sobre la brillante tribuna del agua del puerto,
   por favor, venga volando.
   
Las sirenas, los estandartes y el humo ondean y suenan.
Los barcos están haciendo cordiales señales con multitud de banderas
subiendo y bajando como pájaros sobre el puerto.
Entre usted: dos ríos sostienen con elegancia
incontables, pequeñas translúcidas jaleas
en un centro de mesa de cristal tallado con cadenas de plata colgando.
El vuelo es seguro; el tiempo está a punto.
Las olas corren en versos esta amable mañana.
   Por favor, venga volando.
   
Venga con la punta de cada zapato negro
llevando un relevante zafiro,
con una negra capa de alas de mariposa e ingeniosas palabras.
Con los ángeles, el cielo sabe cuántos, todos cabalgando
en la ancha ala negra de su sombrero,
   por favor, venga volando.
   
Sosteniendo un inaudible ábaco musical,
un delicado ceño fruncido que censura, y con cintas azules,
   por favor, venga volando. 
Techos y rascacielos centellean en la marea: Manhattan
está todo él lavado por la moral esta agradable mañana,
   por favor, por favor, venga volando.
   
Subiendo por el cielo con natural heroísmo,
por encima de los accidentes, por encima de odiosas películas,
las cabinas de los taxis y las injusticias por todas partes,
mientras los cláxones están resonando en sus bellas orejas
que simultáneamente escuchan
una suave música sin inventar, apropiada para el ciervo almizclero,
   por favor, venga volando.
   
Para la que los sombríos museos tendrán un buen trato,
como el cortés pardillo macho,
para aquella a la que esperarán los agradables leones echados
en las aceras de la Biblioteca Pública, 
impaciente por subir y continuar a través de las puertas
hacia arriba, a las salas de lectura,
   por favor, venga volando. 
Podemos sentarnos y llorar; podemos ir de compras,
o jugar todo el rato al juego de ser malas
con la serie, que no tiene precio, de los vocabularios, 
o podemos valientemente lamentarnos, pero, por favor,
   por favor, venga volando.
   
Con dinastías de negativas construcciones
oscureciéndose y agonizando en torno suyo,
con gramáticas que con frecuencia vuelven y brillan
como volantes bandadas de andarríos, 
   por favor, venga volando.
   
Venga como una luz en el blanco cielo aborregado, 
venga como un corneta diurno
con un largo y nunca confuso tren de palabras.
Desde Brooklyn, sobre el Puente de Brooklyn, en esta agradable mañana,
   por favor, venga volando. 
   
   
En "El arte de perder"
   

2.5.19

Elizabeth Bishop. Aire nocturno

Como de entre la oscura manga de un mago
   los cantantes de radio 
reparten sus canciones de amor
sobre céspedes cubiertos de rocío.
   Y como las de las adivinas,
sus penetrantes predicciones valen lo que a uno se le antoje.
Pero en la antena del astillero de la Marina,
   en noches de verano,
descubro mejores testigos del amor.
Cinco distantes luces rojas
   tienen allí sus nidos; aves fénix 
ardiendo en silencio, donde el rocío no puede alcanzarles.

De "Norte & Sur"
en una antología poética
     

6.10.18

Elizabeth Bishop. El caballero de Shalott

Cuál de los ojos es el suyo?
Qué miembro está
del lado del espejo?
Ninguno de los dos
es más claro, ni hay diferencia
entre el color de uno y otro,
ni ninguno se siente más extraño
en este orden de cosas
-pierna con pierna,
y brazo, y así el resto.
Para su mente, esto es la señal
de un reflejo del espejo
en algún punto de la línea
de esto que llamamos el espinazo.

Con modestia sintió
que la mitad de su persona era
la imagen del espejo,
pues, por qué debería
estar duplicado?
El cristal debe prolongar
su mitad hacia abajo,
o mejor dicho, por debajo del borde.
Pero duda con respecto a qué lado
está dentro o fuera del espejo.
Hay poco margen de error,
pero tampoco hay prueba alguna.
Y si media cabeza es un reflejo,
el pensamiento -piensa- podría estar afectado.

Pero se resigna
a un diseño económico como este.
Si el espejo resbala
él está en un aprieto:
sólo una pierna, etc.
Pero en tanto el espejo permanece
puede caminar y correr
y batir sus palmas
la una con la otra.
Dice que la incertidumbre le resulta estimulante.
Ama esa sensación de constante reajuste.
Quiere ser valorado como se dice de un obsequio:
"con la mitad es suficiente".




De "Norte & Sur"
    

13.9.18

Elizabeth Bishop. Cirque d`Hiver

Por el suelo aletea el juguete mecánico,
propio de un rey de hace varios siglos.
caballito de circo con real pelambre blanca.
Los ojos son de vidrio negro.
Lleva una danzarina en las ancas.

Ella se está sobre las puntas de los pies y gira, gira.
Lleva cosido un ramo de artificiales rosas
que le cruza la falda y el brillante corpiño.
Sobre la cabeza se posa
otro ramo de rosas artificiales.

Melena y cola vienen directamente de Chirico.
Su alma es formalista y melancólica.
Percibe el tembloteo de los rosados pies de ella en sus ancas
a lo largo de la pequeña pértiga
que a ella le traspasa cuerpo y alma

y atraviesa los suyos, y reaparece
por bajo la barriga, como un gran abrelatas.
Aventura tres pasos, luego hace una reverencia,
vuelve a trotar, dobla una pata,
trota, luego retiñe y se para, y se me queda mirando.

La danzarina, en tanto, me ha vuelto la espalda.
Él es como mucho el más inteligente.
Mirándonos el uno al otro con aire enfurecido
-su ojos parece una estrella-
nos observamos diciéndonos: "Bien, hasta aquí hemos llegado".

[North and South, 1946]


En una selección de poemas
en el libro "Poesía norteamericana 1900-1950"
   

6.10.17

Elizabeth Bishop. Soneto

Suspendida -la brújula
en el espiritual nivel-
una criatura dividida:
y la aguja del compás
tambaleándose y ondulando,
indecisa.
Liberada -el mercurio
del termómetro roto
huyendo;
y el pájaro arco iris
desde el estrecho sesgo
del vacío espejo,
volando a todas partes
se siente así, alegre!




De "Nuevos poemas"
    

8.2.16

Elizabeth Bishop. Chemin de Fer

Sola, por la vía,
el corazón golpeándome, paseaba.
Las traviesas estaban demasiado juntas
o quizás demasiado separadas.

Un escenario empobrecido:
bosque bajo, robles.
Más allá del enmarañado follaje verde-gris,
vi el pequeño estanque,

como una vieja lágrima
donde el sucio ermitaño vive
aferrándose con lucidez,
año tras año, a sus heridas.

El ermitaño disparó su escopeta,
y tembló el árbol junto a su cabaña.
Un rizo se extendió por el estanque.
La gallina se fue haciendo chuk, chuk.

"El amor debería ponerse en marcha!"
gritó el viejo ermitaño.
A través del estanque,
un eco intentaba, intentaba confirmarlo.




De "Norte & Sur"

18.11.15

Elizabeth Bishop. El mapa

La tierra reposa en el agua; su color es verde sombrío.
Sombras, acaso agua no profunda, en la orilla
dejan ver extensas huellas de algas en el arrecife
donde el sargazo se extiende del verde al claro azul.
O acaso se inclina la tierra para calar al mar desde el fondo,
atrayéndolo, sereno, hacia sí?
Por el fino, arenoso, dorado borde
arrastra la tierra al mar desde el fondo?

Lisa y tranquila se esparce la sombra de Terranova.
Amarilla la de Labrador donde el esquimal soñador
la aceitó. Podemos navegar estas hermosas bahías,
bajo un cristal como si de pronto parecieran florecer
o como si fueran pulcras celdas para peces invisibles.
Los nombres de los puertos se precipitan hacia el mar,
los nombres de las ciudades cruzan los montes vecinos
-aquí el impresor advierte una sensación similar
a la exaltación que excede su causa.
Estas penínsulas palpan el agua entre el pulgar y el índice
como las mujeres al sentir la suavidad de los paños.

Más suave que la tierra es el agua de los mapas
cuando entrega a la tierra la conformación de sus olas:
la liebre de Noruega corre agitada hacia el sur,
los litorales escudriñan el mar, donde descansa la tierra.
Se le asigna o elige cada país su color?
Lo que mejor convenga al carácter o a sus aguas nativas.
En topografía no existen preferencias; lo mismo es Norte que Oeste.
Más sutiles son los colores de los cartógrafos que los historiadores.




En la antología "La escuela de Wallace Stevens"

20.7.15

Elizabeth Bishop. El amor yace durmiendo

La mañana, muy temprano, cambiando todas las vías
que, de cenicienta estrella a estrella, atraviesan el cielo
enganchando los finales de las calles
a trenes de luz,

nos dibuja dentro de la luz del día en nuestras camas,
y libera lo que comprime nuestro cerebro:
apaga las formas de neón
que flotan y se hinchan, y deslumbran

por la avenida gris entre los ojos
en rosa y amarillos, letras y signos espasmódicos.
Lunas de la resaca que menguan, menguan!
Desde la ventana veo

una inmensa ciudad cuidadosamente revelada
hecha hábilmente con delicadeza,
detalle a detalle,
cornisa tras fachada,

hasta alcanzar así, lánguidamente, arriba y hacia adentro,
un débil, blanco cielo que está, diríase, oscilando.
(Donde ha crecido lentamente
en cielos de jarras de cristal,

desde fundidas cuentas de acero y de cristales de cobre,
el químico, pequeño "jardín" dentro de un frasco
que tiembla y vuelve a estar ahí otra vez,
pálido azul, verde azul y ladrillo).

Apresuradamente, los gorriones empiezan su canto.
Después, en el Oeste, "Bum!" y una nube de humo.
"Bum!" y la estallante bola
de la floración florece de nuevo.

(Y todos los empleados que trabajan en plantas
donde hay un sonido que dice "Peligro", o que una vez dijo "Muerte",
se dan la vuelta en sueños y sienten
los cortos pelos erizándose

en la nuca). Se van las nubes de humo.
De un alambre de tender se recoge una camisa.
Por la calle de abajo
viene el carro del agua

lanzando su siseante abanico de nieve a través
de peladuras y periódicos. El agua se seca,
seca luz, húmeda oscuridad, el modelo
de la fresca sandía.

Oigo los diurnos manantiales de la mañana que golpean
desde muros de piedra y zaguanes y camas de hierro,
diseminadas o agrupadas cascadas,
alarmas para lo esperado.

Dudosos cupidos de todas las personas vistiéndose,
y que preparan durante todo el día la comida del anochecer:
cenarás bien,
en su corazón, en el suyo, y el suyo,

así que envíalos cariñosamente a tus encargos,
rastreando por las calles sus peculiares amores.
Azótales con rosas solamente,
sé ligero como el helio,

la mañana viene siempre para aquel o aquellos
cuya cabeza ha caído sobre el borde de la cama
cuya cara se ha vuelto
de manera que la imagen

de la ciudad disminuye en sus ojos,
invertida y distorsionada.
No. Quiero decir distorsionada y revelada,
si consigue verla del todo.




De "Norte & Sur"

6.3.15

Elizabeth Bishop. Cuatro poemas. I. Conversación

El tumulto en el corazón
continúa haciendo preguntas.
Y entonces se detiene e intenta responderlas,
todas en el mismo tono de voz.
Nadie podría explicar la diferencia.

Nada inocentes, estas conversaciones comienzan
y después comprometen los sentidos,
sólo a medias.
Y después no hay elección,
y después no tiene sentido.

Hasta que un nombre
y todas sus connotaciones son lo mismo.




De "Una fría primavera"

6.10.13

Elizabeth Bishop. Porfía

Días que no pueden o no quieren
acercarte a mí,
Distancia que pretende parecer
todo menos terca
porfían y porfían y porfían conmigo
incesantemente
sin lograr demostrar que te quiero
o te deseo menos.

Distancia: Recuerdas toda aquella tierra
bajo el avión:
aquella costa
de playas apagadas y rebosantes de arena,
extendiéndose borrosas
hasta donde mis razones no alcanzan?

Días: Y piensa
en todos aquellos instrumentos amontonados,
cada cual para su uso,
anulando mutuamente su experiencia;
en cómo se parecían
a un horrible calendario
"Saludos de Nunca & Siempre, Inc."

El sonido intimidante
de estas voces
que tenemos que encontrar cada cual por separado
puede y debe ser vencido:
Días y distancia derrotados
e idos
ambos, definitivamente, del apacible campo de batalla.
      
   

4.8.13

Elizabeth Bishop. París, 7 A.M.

Voy a cada uno de los relojes del departamento:
desde sus ignorantes esferas, algunas manecillas señalan
histriónicamente en una dirección y otras hacia otras.
El tiempo es una Estrella; las horas se diferencian tanto
que los días son travesías alrededor de los suburbios,
círculos que rodean las estrellas, círculos superpuestos.
Esta breve escala semi-tonal de los climas de invierno
es un ala extendida de una paloma.
El invierno vive bajo el ala de una paloma, un ala muerta de plumas mojadas.

Mira hacia el patio. Todas las casas
están construidas de ese modo, con ánforas decorativas
sobre los techos mansarda donde las palomas
se pasean. Es como una introspección,
ese mirar hacia adentro o retrospección,
una estrella en un rectángulo, un recuerdo:
este cuadrado vacío bien pudo haber estado allí.
-Los castillos de nieve de la infancia, construidos en inviernos más deslumbrantes,
pudieron llegar a ser de este tamaño y haber sido casas;
los impotentes castillos de nieve, de cuatro o cinco plantas,
resistiendo el embate de la primavera, como los de arena el de las olas,
sus paredes, su forma, no podían disolverse y morir,
sólo imbricarse formando una poderosa cadena, convertidos en piedra
y ahora apagados y amarillentos como las piedras.

Donde están las municiones, las balas de cañón amontonadas,
con sus corazones de hielo como estrellas astilladas?
Este cielo no es ningún mensajero-guerrero-paloma
esquivando interminables círculos que se cruzan.

Está muerto, o es un cielo del cual ha caído uno muerto.
Las ánforas han atrapado sus cenizas o sus plumas.
Cuándo se disolvió la estrella, o fue capturada
por la sucesión de cuadrados y cuadrados, de círculos y círculos?
Podrán decirlo los relojes; estará allá abajo
a punto de caer sobre la nieve?

25.5.13

Elizabeth Bishop. Insomnio

La luna en el espejo del tocador
contempla (tal vez orgullosa
de sí misma, pero jamás se sonrie)
millones de millas
en la distancia y más allá del sueño,
o quizá duerma de día.

Si el Universo la abandonara,
ella lo mandaría al infierno
y encontraría una extensión de agua,
o un espejo, donde morar.
Envuelve pues tus cuitas con una telaraña
y tiralas en el pozo

a ese mundo invertido
donde la izquierda es siempre la derecha,
donde las sombras son en realidad el cuerpo,
donde nos quedamos despiertos toda la noche,
donde el cielo es tan llano como el mar
es ahora profundo, y donde tú me amas.


De "Una primavera fría"

12.3.13

Elizabeth Bishop. Un arte

El arte de perder no es difícil de aprender;
tantas cosas parecen querer extraviarse
que perderlas no acarrea ningún desastre.

Pierde algo todos los días. Acepta la confusión
de perder llaves de puertas, un rato malgastado.
El arte de perder no es difícil de aprender.

Practica entonces perdiendo más y más rápido:
lugares y nombres, y adonde quiera que tenías pensado
viajar. Nada de eso acarreará un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y fíjate!, la última
o la penúltima de mis tres casas del alma se ha esfumado.
El arte de perder no es difícil de aprender.

Perdí dos encantadoras ciudades. Y aún más vastos,
algunos domicilios, dos ríos, un continente.
Los echo de menos, pero no fue ningún desastre.

Aún al perderte (la voz burlona, un gesto
que adoro) no debí mentir. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil de aprender
aunque pueda parecerse (Escríbelo!) a un desastre.


De "Geografía III"

6.10.12

Elizabeth Bishop. La mala hierba


Soñé que, muerta y meditando,
yacia sobre una tumba, o cama,
(al menos, una especie de fría y tupida enramada).
En el frio corazón, su pensamiento final
se quedó helado, se hizo inmenso y claro,
tan rígido y ocioso como yo estaba allí;
y permanecimos juntos inmutables
durante un año, un minuto, una hora.
De repente hubo un movimiento,
tan sobrecogedor ahí para cada sentido
como una explosión. Después decayó en
insistente, cauteloso deslizamiento
en la región del corazón,
y me avivo de un sueño desesperado.
Levante la cabeza. Una mala hierba fina y joven
se había abierto paso a través del corazón y
agitaba su verde cabeza sobre el pecho.
(Todo ello ocurría en la oscuridad).
Creció una pulgada como una brizna de hierba;
después, una hoja brotó de un costado
como una bandera retorcida y temblorosa, y más tarde
dos hojas se movieron como banderines.
El tallo se endureció. Las nerviosas raíces
se extendieron a cada lado; la graciosa
cabeza cambió de posición misteriosamente,
ya que no había ni sol ni luna
que llamaran su joven atención.
El enraizado corazón empezó a cambiar
(no a latir) y entonces se partió
y de ahí surgió un chorro de agua.
Dos ríos se precipitaron de los lados,
uno a la derecha, el otro a la izquierda,
dos fuertes torrentes, medio claros
(las costillas los convirtieron en dos cascadas)
que con decisión, lisos como cristal,
desaparecieron por los finos y negros granos de tierra.
La tierra casi fue arrastrada;
luchaba con sus hojas,
y las levantaba ribeteadas de pesadas gotas.
Me cayeron unas pocas en la cara
y en los ojos, así que podía ver
(o, en ese negro lunar, pensé que veía)
que cada gota contenía una luz,
una pequeña escena iluminada;
el torrente que la hierba había desviado estaba hecho
de imágenes aceradas.
(Como si el río tuviera que llevar todas
las escenas que una vez hubo reflejado
encerradas en sus aguas, y no flotando
sobre superficies momentáneas.)
La hierba se irguió en el corazón cortado.
"Qué estás haciendo ahí?" pregunté.
Levantó la cabeza toda empapada
(con mis propios pensamientos?)
y entonces respondió: "Crezco", dijo,
"sólo para dividir tu corazón otra vez".
  
De "Norte & Sur"
   

18.7.12

Elizabeth Bishop. Casabianca


El amor es el muchacho que se quedó sobre la cubierta
  que ardia
tratando de recitar: "El muchacho se quedó
sobre la cubierta que ardia". El amor es el hijo
que tartamudeaba la elocución
mientras el pobre barco se hundía en llamas.

El amor es el muchacho obstinado, el barco,
incluso los marineros que nadaban, que
deseaban una tarima de escuela, también,
o una excusa para quedarse
en cubierta. Y el amor es el muchacho que ardía.


De "Norte & Sur"
  

12.5.07

Elizabeth Bishop

Elizabeth Bishop (Worcester, Massachusetts, 8 de febrero de 1911 - Boston, 6 de octubre de 1979) fue una poeta estadounidense.



Obras citadas en este blog: