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24.2.24

María Rosa de Gálvez. La vanidad de los placeres (fragmento)

Oigo del mundo el eco lisonjero 
sonar gozoso en torno de mi mente,
y la insensata gente
veo correr en vano
sin poder alhagar ningún sentido:
Será, que la fortuna a los mortales
jamás otorgue algún placer cumplido;
o que el fastidio siga a las pasiones,
que no pueden saciar sus corazones?
Genio, que inspiras sin cesar mi canto,
yo me abandono a ti; guía mi acento;
vuela en pos del contento
que el hombre te presenta en su grandeza,
cuando engañado su vivir fatiga,
y sus tesoros por gozar prodiga.
Jamás el espectáculo pomposo
vio del sol al nacer, ni sus oídos 
el canto de las aves melodioso 
gozaron, cuando el orbe se ilumina;
sumido en ocio, de velar cansado,
la noche se avecina
cuando el lecho dejando lentamente, 
torna de los placeres al bullicio 
con que el mundo le encubre el precipicio.
(...)


En "Poéticas. Antología de mujeres del siglo XVIII"
    

20.2.24

Margarita Hickey. I

De bienes destituidas, 
víctimas del pundonor,
censuradas con amor,
y sin él desatendidas;
sin cariño pretendidas, 
por apetito buscadas,
conseguidas, ultrajadas;
sin aplausos la virtud,
sin lauros la juventud,
y en la vejez despreciadas. 


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16.2.24

Clara Jara de Soto. I

Prólogo no llevas? No.
Dedicatoria? Tampoco.
Pues te tendrán hoy en poco.
Eso es lo que quiero yo;
no importará nada, no,
que el vulgo me satirice,
pues cuanto mi pluma dice
es la verdad sin pasión, 
y así no será razón 
que nadie me lo autorice.


En "Poéticas. Antología de mujeres del siglo XVIII"

    

10.2.24

Ana María Espinosa y Tello. A ti que en otro tiempo te dignabas...

A ti que en otro tiempo te dignabas 
proteger mis tareas algún tanto,
inspirando a mi genio el vivo fuego
que sin tu auxilio procurara en vano:
A ti solo, mi Musa bienhechora,
con ansia busco, con ardor te llamo.
Por qué en este momento de mi huyes?
Por qué me dejas cuando más te aguardo?
Mas, ay!, que ya la causa he comprendido, 
de mi sola indolencia ha dimanado,
pues he visto correr tan bellos días 
de tranquilas delicias adornados,
en los cuales los blandos cefirillos 
a porfía sus alas agitando,
a las flores  robaban sus fragancias 
y al esparcirlas los hacían más gratos;
días preciosos para mí perdidos!
pues ni un momento a ti te he dedicado:
Y ahora cuando ya el caduco invierno
sus tardos pasos viene apresurando, 
por mostrarnos su faz envejecida,
y las arrugas de sus yertas manos:
Cuando lo vegetable e insensible 
(que no lo son sin duda en este caso)
se nos presentan tristes y confusos
por la venida del helado anciano:
y árboles y plantas, y aun las fieras,
todos suspiran la cerviz bajando
y a su madre natura ya se quejan
de haber perdido su verdor lozano,
de ti me acuerdo, y con humildes voces
en mi ayuda solícita te clamo:
ven, ven y de un sueño turbulento
explicará mi acento los arcanos.
(...)


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2.2.24

Rafaela Hermida Jurquetes. El milano y las aves

Un milano sangriento, 
a fuerza de buscar el alimento
sin cuidados ni afanes
(que esto toca a los pobres ganapanes),
la sangre codiciaba de tal suerte,
que a todo cuanto veía daba muerte,
ya recorriese diestro el aire vano,
ya se aterrase sobre sierra o llano,
procurando, más bien que alimentarse,
en destruir vivientes recrearse.
-Si nos mataras -al morir decían-
instigado del hambre, ya tendrían 
tus rigores un viso de disculpa;
pero si te complaces en la culpa,
y casi siempre matas 
porque hallas diversión cuando maltratas...
-Es verdad -les decía muy ufano-.
De qué sirve el poder? De qué esta mano?
Morid y complaced mi ardiente furia,
pues no habrá quien os vengue de mi injuria.
De esta suerte asolo montes y valles
hasta que el tiempo resolvió vengarles:
las uñas le quebranta,
y añade al pico curvatura tanta,
que presa hacer no puede,
y al hambre y a la sed el triste cede.
De sus tristes lamentos obligadas
acudieron las aves a bandadas;
y, hallándole postrado, gritan alegres:
      -Tiempo afortunado!
Él, viendo su poder ya destruido,
la humildad afectó del que es vencido,
y con la más sagaz hipocresía 
alimento y socorro las pedía, 
jurando ser su amigo eternamente,
diciéndole:
   -Enemigo,
recibirte nosotras por amigo?
Aquel que persiguió nuestra inocencia 
no debe hallar piedad, sino inclemencia:
vive entre la agonía y desconsuelo,
abominado de la tierra y Cielo;
y para prolongar tan mal estado,
alimento tendrás, pero tasado;
de modo que bastando a mantenerte 
satisfecho jamás llegues a verte.
Así él triste murió; bien empleado.
Quien del mucho poder haya abusado
mejor fin que el milano nunca espere;
que quien a hierro mata, a hierro muere.


En "Poéticas. Antología de mujeres del siglo XVIII"


24.1.24

María Gertrudis Hore. Soneto

Estaba Apolo en el Parnaso un día,
repartiendo guirnaldas diferentes,
y de Heliconia al son de las corrientes
Terpsícore festiva danza guía:
Fenisa, que del Betis ascendía, 
osada llega entre otras concurrentes,
y al ver de todas coronar las frentes,
"dónde está", dice, "la corona mía?".
Febo, al verla de galas adornada,
"Aparta", le responde, "la riqueza 
con mi numen feliz no tiene entrada",
a que ella le replica con presteza:
"Si esto no más en mí te desagrada,
coróname, que admito la pobreza".


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20.1.24

María Joaquina de Viera y Clavijo. Vejamen a las presumidas modistas (fragmento)

Figura de Cupido
toman todas las damas,
desnudas y con flechas 
con vendas y con bandas.
Disparan como ciegas
adonde caigas valgas, 
y herida la modestia 
respira por la llaga.
El pudor y la vergüenza 
echan a las espaldas,
haciendo alarde y gloria 
de no ser recatadas.
Sus vestiduras tienen
la maliciosa traza 
de ostentar que las cubren
tirando a desnudarlas.
Nueva desenvoltura 
la inmodestia prepara,
precipicios y escollos
para la vista flaca.
Los brazos descubiertos
desde el hombre es gala;
y puestos al ambiente 
son estos brazos brasas.
(...)



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13.1.24

Chicaba. Ahí, Jesús, dónde te has ido...

Ahí, Jesús, dónde te has ido
que un instante no puedo,
verme sin tigo;
ahí, Jesús de mi alma,
dónde te has ido, 
que parece no vienes
y te has perdido.
Ahí, Jesús, qué diré yo,
si os vais con otras,
qué haré yo?
Clamaré, lloraré 
hasta ver a Dios,
y si no, y si no,
morir se amor.
Y ya lo digo,
pues estoy tan sola 
que no has venido.
Y si estás con otra,
yo ya lo he visto:
a Marta y María 
las has querido.
Ahí, Jesús, dónde te
hallaré yo,
pues tan tonta me tiene
cuando te tengo;
a Dios, a Dios amor,
a Dios Señor,
a Dios corazón,
no más, no más, no más.



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7.1.24

Ana Verdugo y Castilla. El amor sencillo (fragmento)

Aquí, donde el abrazo de estos ríos
en dulces, de cristal lazos sonoros,
me representan viva y tristemente 
los que un tiempo formaron nuestros brazos,
aquellos que en los tiernos años míos
ni los pudo romper el rayo ardiente
ni el frío que se siente
venir de aquella sierra
cuando oculta la tierra
el amistoso peso de la nieve
que el sol deshace y este campo bebe;
aquí, pues, lloraré el caso postrero
que a aborrecer me mueve
mi vida y cuanto más amé primero.
Más, oh, inconstancia del estado humano!
Oh, ejemplo el más cruel de sus mudanzas!
Que hoy a llanto y suspiros me conmueve
lo que ayer a cantar sus alabanzas;
esta sierra, estos ríos y este llano,
este refrigerante soplo leve,
fueron por tiempo breve
causa en mí de alegría
cuando este bien partía 
con la que ver no me es ya permitido;
más ellos está trocado, o mi sentido;
ni el cielo luz, ni olor tienen las flores,
y quéjanse en el nido
sin armonía ya los ruiseñores.
(...)


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29.12.23

María Josefa de Rivadeneyra. Respire de mi pecho

Respire de mi pecho
en quejidos acordes
equivoca una injuria
que no sé si la cante o si la llore. 
Fatigas de la mente,
literarios sudores,
bastó que fuesen míos
para hacerles sentir mis propios golpes.
Posible que hasta el alma
la envidia me despoje!
Posible que me usurpe
débiles femeniles traducciones!
Villana pasión ciega
que en odio de mi nombre,
como vives de infamias,
compras con un delito tus honores.
En disfraz de remiendos
al público se exponen;
infeliz artificio!,
que grita ser ajeno lo que esconde.
Ese incongruo aparato
de retazos discordes,
el engaño desmiente
y la pasión descubre en su desorden.
No niego que aun manchadas
conmigo sé conformen;
si la borrasca sufro,
qué tengo que extrañar los nubarrones?
Así, desfiguradas,
no han quedado tan pobres
que a su fingido dueño
no le hayan producido resplandores.
En este triunfo he sido
yo la selva o el bosque,
que laureles y palmas
he dado para que otros se coronen. 

Sic vos, non vobis nidificatis, aves.
Así el ave su nido
construye y dispone 
para que otros se alberguen
y en su seno descansen y reposen.

Sic vos, non vobis vellera fertis, oves. 
Así la misma oveja
sus mórbidos vellones 
alienta y vivifica
para que otros se vistan y se adornen. 

Sic vos, non vobis melificatis, apes. 
Así la abeja extrae
dulzura de las flores,
y, a pesar de su industria,
otros gustan la miel que ella recoge.

Sic vos, non vobis fertis aratra, boves.
Así sujeto al yugo
el buey la tierra rompe,
más su fértil arado
es para enriquecer ajenas trojes. 

Ejemplos consolantes 
que informarán al orbe
que en mi fortuna adversa
me alivian más las bestias que los hombres.


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22.12.23

Teresa Guerra. Respuesta de la poetisa

Hacia el desvanecimiento
mi influencia camina,
de las expresiones tuyas
neciamente persuadida. 
Sin conocer que la altura,
que tu atención le fabrica, 
no asiento, en que le asegure,
escollo es en que peligra.
Los no debidos aplausos,
que a mi indignidad dedicas,
insignias son de tu ingenio,
triunfos de tu cortesía.
Logre en su ambición sedienta
mi anhelo tan repetidas
cláusulas tuyas, que sean
lisonja de su codicia.
Muchas edades florezca 
tu ingenio, y sus flores viva,
sin aquella común frágil 
pensión de las maravillas.
En cuyos aumentos logre
mi reverencia osadía
generosidades, en que
tu ingenio se desperdicia.
Lo que tus versos me cuestan
de desveladas fatigas,
ocioso es decirlo, cuando
ellos mismos lo publican.
Mi fatigada ignorancia
tendrá el peligro por dicha
si una instrucción solamente
le merece a su doctrina.
Dónde aprendiste la rara,
artificiosa, exquisita
nunca practicada ciencia
muchas veces peregrina
de convertir (a pesar de
enemistad tan reñida)
en suma discreción tuya
la suma ignorancia mía?
Y en fin, pues docto, o piadoso
de las ignorancias mías, 
borraste el delito: O culpa,
felizmente redimida!


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17.12.23

Sor Ana de San Joaquín. Muda elocuencia de amor

Muda elocuencia de amor
halla el pecho en su fatiga
para que el afecto diga
la expresión de su dolor.
Así facundo el rigor
de mi corazón herido,
toda en ansia me liquido
cuando tu Deidad ausente
solo la digo elocuente
con un continuo gemido.
Imán de mi amor tu cielo
me trae en dulce violencia,
atormentando la ausencia
la actividad de mi anhelo;
afanada en el desvelo, 
pegado al polvo mi rostro,
amante humilde me postro, 
protestando en mis sollozos
que solo en eternos gozos
anhelo ver vuestro rostro.
Oh! Si el invierno erizado
de este rigor pasase,
y la voz dulce escuchase,
la tórtola de su Amado!
Pero si amor, retirado,
aún mi tormento consiente, 
dejad, Señor, que lamente
tanta ausencia, pues lo mismo
será mirar al abismo
que a vuestra tórtola ausente.
Al recordar tu belleza
mi corazón se derrama,
líquida cera, a la llama
de vuestra ardiente fineza;
del quebranto a la grandeza
ni un leve suspiro ahorro,
pues del estadio que corro
de inefable sentimiento,
para aliviar el tormento
solo el gemir es socorro.


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13.12.23

Sor Gregoria Francisca de Santa Teresa. El pajarillo

Celos me da un pajarillo
que remontándose al Cielo
tanto en sí mismo se excede
que deja burlado el viento.
Enamorado del sol,
sus plumas bate ligero,
y escalando el aire bajo
toca la región del fuego.
Oh, quién imitar pudiera,
juguete hermoso del viento,
de tu natural impulso
el acelerado vuelo.
Mi amor ansioso te sigue
con impacientes afectos,
que es dura prisión del alma
la cárcel triste del cuerpo.
Del sol más supremo soy
mariposa, en cuyo incendio
deseo abrasarme cuando
sus luces, amante, bebo.
Avecilla soy en jaula
que al ver del sol los reflejos,
son sus gorjeos endechas,
son sus trinados lamentos.
Envidio tu libertad
y abrasándome tus celos
quisiera ser salamandra
para vivir en tu fuego.
Los rayos del sol divino
hieren en mi amante pecho,
siendo halago en la prisión
lo que en la prisión tormento.
Vuelas feliz, pajarillo,
cuando yo presa me quedo,
y viendo que al Cielo subes
me llevas el alma al Cielo.
Por amante y por cautiva
dos veces, presa, padezco;
oh, quién quebrantar pudiera
de las cadenas el hierro!
Quién de aqueste lazo débil
deshiciera el nudo estrecho
y con más ardiente impulso
te excediera en el empeño!
Ese luminar celeste
es de tu amor el objeto,
que simplemente te eleva
negado el conocimiento.
Mas yo, que conozco y amo
sol de mayor hemisferio,
formo de mis ansias plumas,
y de mis suspiros vuelos.
En lo inmenso de sus luces,
cuanto más miro me anego,
que en golfos de claridad
se absorbe el entendimiento.
Sus lucientes resplandores
me excitan rápido vuelo,
y detiéneme la liga
del vital unido aliento.
Oh, tú, que con blandas plumas
giras el vago elemento!
Sube más alto si puedes
y serás mi mensajero.
Darás de mis tristes penas
un amoroso recuerdo
a la luz inaccesible
del Sol de justicia eterno.
Dile que sus resplandores 
me tienen de amor muriendo,
porque a la luz de mi fe
descubro sus rayos bellos.
Que en ellos me engolfo tanto
cuanto en ellos más me ciego;
que es gloria quedar vencida
del imposible a que anhelo.
Dile que de mí se duela,
que rompa el vital aliento,
que desate las prisiones
de tan dilatado tiempo.
Que el mirarle por resquicios
es del amor más tormento,
pues al herirme sus rayos
más me abraso y más me quemo. 
Que del todo los descubra
corriendo el cándido velo,
para que lo goce el alma
del todo y al descubierto.
Pajarillo, si de amor
has gustado los efectos,
lastímate de mis ansias,
duélete de mis tormentos. 
Mi libertad solícita 
con mi dulce amante dueño,
y de tus alas me presta
plumas que vuelven al centro.
Salga de esta dura cárcel,
de este largo cautiverio,
donde triste gimo y lloro 
mi prolongado destierro.
Donde, advirtiendo tu dicha,
tan infeliz te contemplo,
cuánto es mi amor impaciente
y más divino mi objeto.


En Poéticas. Antología de mujeres del siglo XVIII"