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28.1.17

Colette. Hay que envejecer

Hay que envejecer. No llores, no juntes unos dedos suplicantes, no te rebeles: hay que envejecer. Repítete estas palabras, no como gritos de desesperación, sino como recordatorio de una partida necesaria.


De "Ensueño de Año Nuevo"
En "Los zarcillos de la vid"
    

1.1.17

Colette. Ensueño de Año Nuevo

Un año más... Para qué contarlos? Este primero de año parisiense no me recuerda nada de los días de Año Nuevo de mi juventud. Quién podría devolverme la pueril solemnidad de los días de Año Nuevo de antaño? Mientras yo cambiaba, cambió para mí la forma de los años. El año ya no es un sendero serpenteante, esa cinta desenrollada que de enero ascendía a la primavera, subía, subía al verano para florecer en llanura serena, en prado ardiente recortado de sombras azules, salpicado de deslumbrantes geranios, luego descendía a un otoño oloroso, brumoso que exhala aroma a marjal, o fruta madura y caza, luego se internaba en un invierno seco, sonoro, espejeante de lagunas heladas, de nieve rosada bajo el sol... Después la cinta ondulada se precipitaba, vertiginosa, hasta romperse en seco, frente a una fecha maravillosa, aislada, suspendida entre los dos años como flor de escarcha: el día de Año Nuevo.


De "Ensueño de Año Nuevo"

En "Los zarcillos de la vid"

6.7.16

Colette. Completamente sola, despierta en la noche...


Completamente sola, despierta en la noche, miro ahora ascender ante mí el astro voluptuoso y taciturno... Para salvarme de volver a caer en el sueño feliz, en la primavera mentirosa en que florece la vid corva, escucha el sonido de mi voz... A veces grito febrilmente lo que se tiene por costumbre callar, lo que se susurra muy bajo, luego mi voz languidece hasta el murmullo porque no me atrevo a proseguir...
Quisiera decir, decir, decir todo lo que sé, todo lo que pienso, todo lo que adivino, todo lo que me encanta y me hiere y me asombra, pero hay siempre, hacia el alba de esa noche sonora, una mano sensata y fresca que se posa en mi boca... Y mi grito, que se exaltaba, vuelve a descender a la verborrea moderada, a la volubilidad del niño que habla en voz alta para aquietarse y aturdirse...
Ya no conozco los sueños felices, pero ya no temo a los zarcillos de la vid...


De "Los zarcillos de la vid"