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13.8.24

Mary Oliver. Aquellos días

Cuando pienso en ella pienso en los largos días de verano
  que pasaba tumbada al sol, en cómo le gustaba el sol, en cómo 
    extendíamos la manta, y llegaban amigas, y
   
los perros jugaban, y luego yo me impacientaba y
  me levantaba y me iba al bosque
    y a los campos, y la tarde
   
se templaba paulatinamente y yo por fin regresaba,
  a través de sombras alargadas, y entraba en la casa,
    donde estaba ella,
   
mi gloriosa bienvenida, bronceada y hambrienta y deseos de contar
  los cándidos chismes del día y en cómo yo
    la escuchaba sin prisas mientras colocaba
   
por toda la sala flores en jarras con agua-
  margaritas, linarias, y siemprevivas-
    hasta que, como nuestras vidas, vibraban y titilaban 
      por todas partes.


De "Nuestro mundo"
    

18.4.24

Mary Oliver. Paseo de regreso a casa desde Oak-Head

Algo tiene
  el cielo preñado de nieve
    en invierno
      a última hora de la tarde
   
que alboroza el corazón 
  y transmite la adorable insignificancia 
    del tiempo. 
      Cada vez que llego a casa -cada vez-
   
alguien allí me ama.
  Hasta entonces 
    me detengo en la acostumbrada y negra paz
      como un pino cualquiera,
   
o vago despacio
  como el viento aún pausado,
    esperando,
      cual si fuese un regalo,
   
que empiece la nieve,
  hasta que llega,
    desenfadada primero,
      luego irreprimible. 
   
Dondequiera que viva-
  en la música, en las palabras,
    en los fuegos del corazón,
      hábito con idéntica intensidad
   
este lugar sin nombre, indivisible,
  este mundo
    que ahora se desmorona,
      que es blanco y salvaje,
   
que es más leal que todos los gestos de lealtad,
  que las oraciones más profundas.
    No sufras, tarde o temprano estaré en casa.
      Con las mejillas arreboladas por el viento enardecido,
   
me detendré en la puerta
  a dar zapatazos con las botas y palmearme las manos,
    los hombros
      cuajados de estrellas.


De "Nuestro mundo"
    

12.2.24

Mary Oliver. Nuestro mundo

Da igual que conozcas a alguien desde hace más de cuarenta años, da igual que hayas trabajado y vivido con esa persona; no lo sabes todo. Yo no lo sé todo, sé apenas un puñado de cosas que me dispongo a contar. M. tenía voluntad y chispa y seguramente demasiada empatía con los demás; era rápida de palabra y no soportaba la necedad. Cuando la conocías, su amabilidad era incondicional, si bien no deja de ser cierto lo que dijo nuestro amigo el obispo Tom Shaw en su funeral: hacía falta valor para llegar a conocerla. La confianza no era lo que se dice su fuerte, pero sí la lealtad.


Principio de "Nuestro mundo"