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1.9.22

Tess Gallagher. Despertar

Tres noches yaciste en casa.
Tres noches con escalofríos en el cuerpo.
Quería demostrar lo muy atrás
que me había quedado? En la espesa oscuridad del cuarto,
me metí en la cama, a tu lado; la cama
en la que nos habíamos dormido, casados
y sin casar.

Te rodeaba un halo de frío,
como si los mensajes del cuerpo se oyesen mejor
con la muerte. Mi propio calor adquiría la blancura plateada
de una voz entera arrojada a la nieve, para oírse:
para oír la nitidez de su reclamo. Permanecimos muertos,
un poco, el uno junto al otro, serenos 
y a flote, en el vasto y extraño manto
del mundo abandonado.



De "El puente que cruza la luna"

21.7.22

Tess Gallagher. El puente que cruza la luna

Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
por que lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran 
la unión de la que estaba segura.



De "El puente que cruza la luna"

21.7.21

Tess Gallagher. Sí

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

Quieres que esté de duelo?
Quieres que guarde luto?

O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo.       Estoy de duelo.




De "El puente que cruza la luna"
    

11.7.21

Tess Gallagher cita un poema de Izumi Shikibu


Anhelando amor
escucho la campana del monje.
Nunca te olvidaré,
ni siquiera durante un intervalo
tan breve como el que hay entre las campanadas.

Izumi Shikibu



En "El puente que cruza la luna"
      

21.7.18

Tess Gallagher. Fría y creciente

Paseamos despreocupadamente por las tiendas del muelle,
a la espera de cruzar con
el ferry; aún no sabemos 
que te estás muriendo. Pero sostengo aquel chal, largo y negro,
y admiro cómo se enlaza al cuello, cuánto me favorece, frío
como el canto de un pájaro en la nieve, parcial
y del que nos desvanecemos. No tenías miedo y
te ofreciste a comprármelo. Y no nos dimos
cuenta de demasiado al pagar,
ni cuando me pusieron en las
manos aquella sencilla guadaña de tela.

Recuerdo haberlo sacado hace poco
del cajón, y su crujiente negrura, y el
quebrarse de sus extremos a la luz diurna, igual que la muerte
nos quiebra a nosotros, o grita contra sí
hasta que un hormigueo embosca a la habitación, y lo único que podemos hacer
es negarnos a seguir ese arrebato de irretorno.

Pero ya no me quedan fuerzas para eso, como dice la luna creciente
de su pleno perfil pétreo. Esta noche la luna es rubia.
Su luz oblicua se inclina para burlar
a la oscuridad. Por eso está él ahí: para entregarme
el chal blanco, bordado junto a algún extinto hogar.
Cuando me lo extiende por los hombros,
me agacho suavemente
y me dispongo a dormir otra vez en la tierra.



De "El puente que cruza la luna"
     

21.9.17

Tess Gallagher. El bosque que intentaba ella decir

Esta noche me compadezco de todos:
de quienes inspiran piedad y de quienes
son besados.

   Marina Tsvietáieva

Las alas angélicas de los abetos
no sirven para volar. Son los brazos fragantes
de un espíritu majestuoso que ostenta la forma
de un momento no vivido, cuando el mundo,
en todo su infortunio y esplendor, desapareció.
Visitar lo más recóndito del bosque a donde
no llega el sol, supone decirle al corazón,
que es siempre un escombro: "Ama como si
te fueran a corresponder", y, con esa ficción,
obligar al amor a abrirse,
como la red invisible que tiende al pájaro con su vuelo
entre las ramas. Aquí la ternura
ha exprimido a la luz, hasta volverla infusión.
Por qué es el amor tan vengativo y ausente,
sólo porque un beso de diamante
haya caído de su boca, como marchita
intención, contra mi garganta?
Acaso no quería que pensaran en él aparte
del amor? Ángel, esas alas
no sirven para volar: son un desafío
al tráfico endemoniado
de la llanura sin alma. Esto
es el bosque o, al menos, una
breve espesura, siempre arrodillada. Nos adornan
y nos adoran aquí, porque lucimos la herida
de un amor imposible.
Ángel, no me mires como si me hubieran
expulsado y fuese patético. Esto es el Edén
y los dioses están en otra parte. Ángel,
también nosotros seremos expulsados. Caeremos
y seremos esa otra naturaleza.




De "El puente que cruza la luna"
     

21.7.17

Tess Gallagher. Ébano

Necesito el latir de estas olas oscuras en mi sueño.
De qué otro modo recuperar el acre
aliento del clavel, que se renovaba en nosotros
noche tras noche? Yacer junto al amado
significaba disfrutar del jardín en todas las estaciones.
Ahora lo veo. Delicadamente, y sin
que el falso lustre del dolor atraiga
la memoria hasta la fragancia pura.
En el flujo y reflujo de las piedras debajo de la casa,
un espíritu amante tamiza y baña sus pesos,
y las que fueron lágrimas en alguna leyenda oriental
son vigorosamente borradas por la erosión. Y tú,
que fuiste una piedra tan sólo, me enseñaste a ser piedra.
Lo que supone burlarse de la contención en su rica periferia.
Lo gris, lo verde en mi negrura.



De "El puente que cruza la luna"

14.2.17

Tess Gallagher. San Valentín empapado por la lluvia

Como si un niño, reacio a encerrar 
el figurado corazón en bolsillo o
fiambrera de almuerzo, lo hubiera llevado
a casa, en bandeja, bajo el aguacero. Una migración
apasionada; no importa su forma redundante
ni otras treinta igual de crudas. El trayecto
le hizo bien: sangra el lazo blanco, y regueros
de agua emborronan las palabras del mensaje
acostumbrado. Llegó con una embestida,
seriedad del momento; no quería
ser sólo "suficiente", como en los amores precavidos:
el efecto valorado antes que el obsequio.
De antiguo vuelto escoria viniendo a mí, no
le importa si soy luz de luna. Está llegando
el candor, el cortejo.




De "El puente que cruza la luna"
    

1.11.16

Tess Gallagher. Poema sordo

No leas éste en voz alta. No está hecho
para ser escuchado; ni siquiera en las zonas sónicas
de la mente debería tropezar la palabra "explosión",
y detonar en la habitación silenciosa. Mi amor
necesita palabras ajenas a
la boca y a las cuerdas vocales. Sin vibraciones, por favor.
Necesita concentrar la reciente capacidad inhumana de su alma
en dispersarse por lo más espeso
del bosque. Forma parte del plan que los pájaros
se coman las migas. Está bien. No volverá por
ese camino. Le gusta donde está. Pero, aunque
no le guste, nada puedo saber al respecto. Que
canten los pájaros. Le gustaba escucharlos
a cualquier hora del día. Que este poema alcance
su sordera. Presta atención de otro modo, como
cuando inclino la cabeza y apoyo la frente
en la errónea creencia en el poder del amor
para manifestar, a pesar de la distancia, la alegría que nos hermanaba.
Donde quiera que esté, sabe que sigo teniendo dos pies
y que me he roto uno bailando.
Vendría a mí si pudiera. Es agradable estar seguro
de algo cuando hablamos de los muertos. A veces
me olvido de lo que estoy haciendo, y le llamo. Soy yo! Cómo
pudiste marcharte así? Justo cuando las cosas se estaban
poniendo bien. Le recuerdo, malhumorada, su promesa
de llevarme en un trineo tirado por caballos
con campanillas. Vuelve la vista atrás en su sueño, igual
que miraría un violín a su arco, a punto de convertirse en astillas,
al otro lado de la habitación. No intenta
detener nada. Ni el baile. Ni la sordera
de mis poemas cuando llegan como un saco de piedras
mojadas. Sí, puede volver a la vida el tiempo suficiente
como para que la eternidad lo aprese, hasta que uno de nosotros
pueda velar y escribir el poema sordo,
un poema al que le falte hasta el lenguaje
con el que no está escrito.




De "El puente que cruza la luna"
    

31.8.16

Tess Gallagher cita un poema de Marina Tsvietáieva


Me abraza. Arcoíris por doquier. Qué se parece más a un
arco iris que las lágrimas? Lluvia, una cortina, más densa
que un collar. Ignoro si los terraplenes tienen
fin. Pero he aquí un puente y
-luego?



Marina Tsvietáieva
Poemas escogidos


En "El puente que cruza la luna"

16.6.16

Tess Gallagher. Leyendo la cascada

Aquellas páginas cuyas esquinas
dobladas son ahora pañuelos, atados
a la última luz de cada uno de sus árboles preferidos,
junto a los que se detenía, y que me señalan el camino
con certeza, como si hubiera ordenado a bandadas
de pájaros que hiciesen susurrar a las hojas en lo alto.

Miro a lo alto a menudo, y pienso en
sus nidos tibios y dejo
que un rasgueo de reconocimiento vibre como un koto,
como si su cabeza aún me mirara por encima del hombro,
rodeada por una niebla fría, dispuesta a encontrar la salida
por una escalera de mármol batida
por sus pisadas. Mis cuentas de ámbar se dirigen, flotando, hacia el mar,
en una sencilla vaina de guisante -igual que las que botan los niños-,
como un carguero cuyo destino fuera perderse.

Cuántas veces me mantiene viva media cerilla,
cuando recuerdo su voz atravesar las habitaciones
y acudir yo a su llamada, para escuchar  algunos versos
que él recitaba de forma contradictoria,
como si añadiese una ala de lastre y
descubriera el vuelo.

Tanto del amor se curva ahí,
donde su pluma encerraba entre paréntesis
el pareado, a media página, que mi ajuar,
aún sin estrenar, me atrae poderosamente,
como una frente a la que se invitara demasiado
y se diese a la paradoja.

Me permite vestirme deprisa para el viaje,
como la mejor forma de dejarme lo que se desvanece,
según esté listo o no; él lo está y se desliza
junto a mi cama, en domingo,
hasta que somos como los muertos dando agua
a los muertos, sin reparar en que nuestra tenue sed
es insaciable.




De "El puente que cruza la luna"

19.10.06

Tess Gallagher

Tess Gallagher (Port Angeles, Washington, Estados Unidos, 21 de julio de 1943), es una escritora, poeta y ensayista norteamericana.