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27.8.26

Piedad Bonnett. A Isak Dinesen

Tu voz, honda y serena, transparente
como el agua de los ríos primordiales,
brota en la espesa noche y cae al alma
y cae al corazón. 
Tu leve gesto
desde el fondo del libro alza su vuelo,
y es como si un paréntesis se abriera
en la africana tarde silenciosa.
Con los zapatos llenos de agujeros
te veo atravesando la llanura 
o las rosadas calles de Nairobi
alta de luz y frágil como un ciervo. 
Hermosa y digna vas tocando puertas,
dulce reina arruinada y pesarosa.
En la página se oye tu suspiro
y tu infinito amor triza la noche,
llega hasta mí, 
restaña mis heridas.


De "Nadie en casa"
   

12.5.26

Piedad Bonnett. El prestigio de la belleza

La niña de la foto es realmente fea. Debajo de la enorme capota se ve una carita grumosa, de enormes cachetes y diminutos ojos de zarigüeya, vivos y sonrientes. Sobre el labio superior, como un oprobio, la huella mínima, pero inocultable, del dedo torpe del dios que sopló sobre el barro aún fresco para darle vida.
Esa niña soy yo y este relato es, entre otras cosas, el de mis tratos con la belleza.


Principio de "El prestigio de la belleza"
    

17.4.26

Piedad Bonnett. De la tristeza

Es pertinente hablar de la tristeza.
De su forma
de entrar a media tarde con su frufrú de seda
y sus buenos modales.
O de cómo nos hiere con su lluvia de arena
cuando nacemos otra vez al día
y recordamos 
que ahora somos islas a las que nadie llega.
   
(La tristeza,
tan distinta al dolor, que es como un golpe
de espuela sobre un cuerpo
desnudo, despojado).
  
Nos parece que arropa, la tristeza,
pero es porque nos hace niños viejos,
a la vez inocentes y nostálgicos. 
  
Alguien canta a lo lejos, en el mundo de antes.
Y del canto prendida nos llega la tristeza,
blanda, sorda y espesa
como lava
cargada de cadáveres de pájaros.


De "Los hombres de mi vida"
    

25.1.26

Piedad Bonnett. II

Ya no me asombro, ya no me pregunto,
por el detrás
  
la fuerza debe estar en otra parte
  
en renacer de mí cada mañana
en hacerme desierto cuando llueve
  
en cerrarme como una adormidera.


De "Los hombres de mi vida"
    

1.1.26

Piedad Bonnett. Año nuevo

Una ola
   y otra ola
      y otra ola
devorándose.
  
Sobre la playa
ramas, algas,
cadáveres de peces sin color:
  
despojos de la noche.
  
El hoy nace y renace en cada golpe,
se disuelve
   
en espuma y reflejo.
Quizá sean
el viento húmedo o la arena ardiente 
los que te hacen soñar el porvenir.
  
Pero sabemos
que el porvenir no llega
sino en fugaz presente. El agua cubre
por un instante
y estremecidamente el pie desnudo.
Algo te dice que eres ese fulgor sobre las aguas,
el triste ronroneo de ese avión a lo lejos,
ese pájaro viejo que alza vuelo.


De "Explicaciones no pedidas"
En "Poesía reunida"
   

25.9.25

Piedad Bonnett. Ofelia

Hoy ha resucitado entre vejeces,
en una tela que bordó con sus manos.
Y no habría podido dejar un testimonio 
más íntimo
de lo que fue su estancia en este mundo,
que esas puntadas
bordadas con rigor en esa tarde lisa 
que fue la suma toda de sus tardes.
  
(Mientras escribo
oigo cómo crepitan sus pensamientos en una habitación imaginaria,
y cómo sus deseos van al aire,
cómo muda su piel, prisión perpetua,
mientras oye en la radio que los amantes sufren y escriben largas cartas.)
  
A veces 
su boca se tensaba
como si entre los labios sostuviera 
      cientos de pequeñísimas agujas.
   
O se elevaba al cielo, como un rezo,
el murmullo viscoso de su rabia.
   
Qué
sabía Ofelia del amor,
ella, que no fue amada,
   
y que no pudo hundirse en la locura,
ni inventarse canciones a la orilla del agua?
   
Creo que, como Emily Dickinson, sabía 
(aunque no tuvo huerto y en su tierra 
      baldía no crecieron las palabras)
que
todo lo que sabemos del amor
es que el amor es todo lo que existe.


De "Explicaciones no pedidas"
En "Poesía reunida"
   

23.6.25

Piedad Bonnett. Vocación de quietud

Y de repente, esta vocación de quietud,
de mariposa que quiere regresar a la crisálida,
de ser viento apresado entre una caracola.
   
Este deseo loco
de parar,
de envolverse en la neblina,
de ignorar el llamado, la proclama,
de que los días sean
apenas una música,
una conversación en la penumbra,
un nombre que regresa navegando
entre el vaho calinoso de la sopa,
   
un no ser siendo hacia la gran caída.


De "Las herencias"
En "Poesía reunida"
    

5.2.25

Piedad Bonnett. 4

No querría jamás, llegar al centro.
Mi meta, Teseo, es él camino.
Con el hilo he tejido, no un traje,
sino una inmensa red de fantasías. 


De "Lección de anatomía"
en "Poesía reunida"

17.11.24

Piedad Bonnett. 6

Pero yo era el gato con botas el sastrecillo valiente la hija número tres la doncella que duerme yo era la flecha el arco la puerta de cristal el pasadizo la luz que en la penumbra del polvo hacía estrellas
Y del infierno se podía volver con los tres pelos del diablo entre los dedos
   
y las palabras mágicas
y las palabras mágicas
y las palabras mágicas que intento todavía.


De "Tretas del débil"
En "Poesía reunida"
    

6.10.24

Piedad Bonnett. Tu nombre

Cuando el dolor ha triturado ya el último hueso de mi noche
y sólo habla el silencio al corazón insomne que hila y deshila penas y memorias
viene tu nombre hasta mi cuarto a oscuras.
Con un galope seco viene tu nombre abriendo
un camino entre nieblas
instaurando sus voces sus redobles 
sus erres que retumban como un grito de guerra
su bronco acento de campana rota.
Tu nombre es tantas cosas:
el recuerdo de un barco que viene de ultramar y sus tercos marinos
el fuego entre la piedra
gota roja
que va tiñendo la pared del alba.
En él puede escucharse la voz de los que creen
con mística implacable y fe colérica.
Pero es también dulzura tu nombre
muro blanco donde mi mano traza los signos del sosiego
lugar donde recuesto mi cabeza.
   
Entre tu nombre y tú sin embargo un silencio
una grieta nocturna donde anidan los pájaros.


De "Todos los amantes son guerreros"
En "Poesía reunida"
   

20.7.24

Piedad Bonnett. Manual de los espejos

I

Y he aquí que un día llega la abuela de su muerte de siglos
y con su mano pequeñita,
temblorosa de tanta humana ausencia,
sobre el espejo pone su sonrisa en la tuya.
Y ese tío remoto de ademanes adustos y sueños militares
te regala aquel gesto que tanto detestabas.
Descubres también a tu madre en la ternura del cuello
y tu padre te lega la vigorosa arruga de su frente.
Y tú buscas el niño de ayer, y no lo encuentras.
En el espejo, en cambio, se amotinan 
los que fueron un día, tan idéntico a éste. 
Los que pugnan por ser entre tu sangre.


De "Ese animal triste"
   En "Poesía reunida" 

30.5.24

Piedad Bonnett. De los mil usos posibles del poema

Se ha convenido ya -todo el mundo así opina-
en que es enteramente inútil el poema.
Y sin embargo, hay momentos en que aún sin saberlo
el poema se llena de amor y es esa carta
de reconciliación que nunca escribiremos.
O es ese puente de ventana a ventana que pasamos
con el alma encongida, deseando el vacío.
Manopla, salvavidas, aeroplano
que nos permite contemplar olímpicos 
el trasegar sin fin de tantas gentes
tristes de haber nacido y tristes de ir muriendo.
(A veces desde arriba nos miramos
pasar alucinados y sombríos).
El poema es también tirabuzón,
anzuelo que se tira en viejas aguas.
Máquina de hacer pompas de jabón. 
Es vendaje, es compresa, es sanguijuela
que extrae los venenos de la sangre.
Juguete de latón. Consolado de viudas.
Monstruo de mil cabezas, matita que sembramos
en medio del jardín, conjuro mágico, 
bisturí, cuerda floja, cobertizo.
Estos apenas son algunos de los muchos,
los incontables usos del poema,
ese extraño artefacto que circula
en forma clandestina y peligrosa
en nuestros territorios.
Esté alerta.


De "El hilo de los días"
En "Poesía reunida"
   

26.3.24

Piedad Bonnett. En consideración a la alegría

A qué llorar, me digo,
todo estaba previsto
      me muerdo las falanges
los asombros por qué 
      miro la luna
      ajena y sola y sobria en su talante
si desde siempre
desde el nacer, desde el morir, y en cada hora
pacientemente crece el hilo, crece,
y también crece la baba del gusano y la piedra
atravesada aquí,
      bebo y saludo
      y soy cordial con mi vecino ciego
pues no son tiempos éstos dados a patetismos,
ni es elegante
exhibir el dolor.
A qué llorar, me digo: 
sería 
inoportuno con la muchedumbre 
que ríe afuera con su risa de siglos.


De "Nadie en casa"
    

8.1.24

Piedad Bonnett. Vuelta a la poesía

Otra vez vuelvo a ti.
Cansada vengo, definitivamente solitaria.
Mi faltriquera llena de penas traigo, desbordada
de penas infinitas,
de dolor.
De los desiertos vengo con los labios ardidos
y la mirada ciega
de tanto duro viento y ardua arena.
Abrasada de sed,
vengo a beber de tus profundos manantiales,
a rendirme en tus brazos,
hondos brazos de madre, y en tu pecho
de amante, misterioso,
donde late tu corazón como un enigma.
Ahora
que descansando estoy junto al camino,
te veo aparecer en cada cosa:
en la humilde carreta 
en que es más verde el verde de las coles,
y en el azul en que la tarde estalla.
Humilde vuelvo a ti con el alma desnuda
a buscar el reflejo de mi rostro,
mi verdadero rostro
entre tus aguas.



De "De círculo y ceniza"
En "Poesía reunida"
    

8.10.23

Piedad Bonnett. The rest is silence

Tu ausencia 
ha hecho que para mí la música sea triste para siempre 
y que me duela Shubert de costado
y que la lluvia 
su tintineo contra la ventana
parta mi pecho en dos
   
por ella
no resisto que cante la tanagra 
ni que Lou Reed camine por un lugar salvaje
ni que un canto pueril se oiga en el aire
sin que le diga algo
al tonto
atribulado corazón 
   
porque tu ausencia 
es una aguja ciega
que cose a mi garganta las palabras
   
lo demás es silencio
y reinan los fantasmas.


De "Todos los amantes son guerreros"
En "Lo terrible es el borde"
    

4.8.23

Piedad Bonnett cita a Mary Jo Bang

[...] Por favor
vuelve. Por favor, existe. Pero no ocurre
nada...

Mary Jo Bang


En el libro "Lo que no tiene nombre"
    

7.7.23

Piedad Bonnett. Lo que no tiene nombre

Buscamos un sitio vacío donde estacionar y lo encontramos a unos cincuenta metros del viejo edificio de cinco pisos que se levanta, digno pero sin gracia, casi al final de la 84 entre 2ª y 3ª, una de esas típicas calles neoyorkinas del Upper East Side, tradicionales y casi siempre apacibles a pesar de los muchos negocios que funcionan en los pisos bajos. Del baúl del carro bajamos dos maletas grandes, livianas porque están vacías. Antes de llegar al portón, y como impulsados por un mismo pensamiento, nos detenemos y miramos hacia arriba, como calculando los cuatro pisos que debemos empezar a subir.


Principio de "Lo que no tiene nombre"
   

19.5.23

Piedad Bonnett. La fecha

Todos los años, entre el turbión del tiempo,
entre los miles, los millones
de pequeños y de grandes eventos
que caen como objetos perdidos
en el inmenso hueco de los días,

llega la fecha y rasga, con discreta violencia,
la venda. Nos despierta
su desgarro, su pálido sonido.

Y sin embargo,
afuera ladra el perro del vecino,
y los automóviles
no van más lento hoy ni hay ruido de sirenas,
ni gime la manzana
cuando la parte el filo del cuchillo.


De "Los habitados"
    

12.3.23

Piedad Bonnett. Vicente Van Gogh mira la noche

y la brillante indiferencia de los astros
Blanca Varela

un caballo azabache colgado de su muerte

los ojos cristalinos detrás de la ventana
su cabeza cortada coronada de estrellas

y la lengua del miedo
    sus papilas rosadas, su aspereza

Quién mastica y mastica detrás de mis oídos?

Quién cocea
y me hunde en el pantano

de mis oscuridades
      donde alumbra
como un pájaro en llamas la conciencia?


De "Los habitados"
    

19.1.23

Piedad Bonnett. Luz blanca

Esta incredulidad:
un pez que salta y ya no encuentra el agua.

siempre en mitad de algo
-del orden, del espejo, de la canción que oías-

caen, como un filoso anzuelo atrapapenas,

el pasmo
el ay, el nudo, la parálisis,
el corazón en pausa

la rendija que se abre
y arroja esa luz blanca que me ciega.


De "Los habitados"