Salgo de la piscina, me meto en la ducha, me seco un poco, pero no me tumbo al sol. Me quedo a la sombra porque tengo ganas de seguir leyendo un libro, que ha vuelto a caer en mis manos por casualidad después de mucho tiempo, Peregrina y extranjera de Marguerite Yourcenar. Lo leí por primera vez hace veinticinco años, cuando preparaba un viaje a Estados Unidos, a la isla de Mount Desert, en Maine, para visitar la casa museo de la escritora nacida en Bruselas y cuya vida transcurrió en Francia y en América. He dicho «por casualidad» y haría falta preguntarse qué es la casualidad en este caso. Por qué tuve que abrir Peregrina y extranjera precisamente hoy, una especie de diario lleno de sabiduría? Y leer enseguida gracias a las antiguas marcas que había hecho -una doblez, un subrayado a lápiz, un apunte en el margen- el pasaje que transcribo:
Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que este o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión hacia ellos, mucho por compasión hacia nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y pobremente.
De "Autobiografía de mis perros"
No hay comentarios:
Publicar un comentario