de que el océano me agarrara por los tobillos?
Qué pasó antes de arrojarme
a su fondo, a mi fondo?
Estábamos en Sunshine Coast, al borde del Pacífico
Eras mi amigo, y eso es más que un marido
el único al que se puede acudir volando y atravesando medio mundo
El océano no es el mar, tiene otra fuerza, se nota;
querías protegerme, y yo me fui a por las olas
El deleite de ser sometida
El deleite de ser inundada
Nos sumergimos, nos encontramos
con la piel rasgada, saturados
No podía hartarme de mirar a ese elemento
y, mientras planeabas cuándo nos iríamos de ese lugar
-Green Island, Port Douglas, Harvey Bay todas las señales de la nostalgia-,
yo pensaba en Virginia Woolf,
en cómo entraba en el río con esas faldas largas y pesadas
con esas faldas de lana, faldas de ondas
Si hubiera sido Sylvia Plath,
qué habría decidido?
Ayer leí de nuevo Ariel, derribada, llevada, cautivada
Mis hijos, al lado, armaban vías de trenes
a un paso de mí, sólo a un paso de tu muerte, leí:
«la habitación estaba cerrada y el espacio bajo la puerta cuidadosamente rellenado
para que el gas no llegara a los niños»
Cuidadosamente... Al diablo con el cuidado,
ellos estaban allí, estaban allí,
gritaban, golpeaban la puerta, la de tres años colgada de la manilla
Sylvia, estaban allí, asustados, hambrientos,
el más pequeño, con el pañal arrancado,
extiende la caca por su cara y por las barras de la cuna,
esa palabra de la traducción, esa palabra de tu poema,
mientras su madre en la cocina, igual que mi padre después,
en la cocina, en el frío, en una habitación sin salida
mi pequeña Sylvia, nos quedaremos solas para siempre
Claro, solas para siempre
Estoy en la cocina, al borde del océano
Y no soy Virginia, y no soy Sylvia
Y no sé qué decisión tomaré
Ni cuando
En "De sombra y terciopelo. Diecisiete poetas checas (1963-1988)"
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