Hacía varios días que, de noche, la casa de Eugenio cambiaba de lugar. De día estaba a espaldas de la avenida de los Insurgentes; de noche, no se sabía adónde la llevaban. Antes, la casa había sido sedentaria; ahora se había convertido en andariega y vagabunda. Vías férreas enormes y temibles se instalaban bajo sus ventanas y los trenes pasaban silbando, peligrosos. Relojes inexistentes durante el día daban las horas con insistencia. En cuanto oscurecía, la casa se poblaba de huéspedes inesperados. Pájaros misántropos visitaban los muebles para golpearlos con sus picos destructores. Animales misteriosos gruñían adentro de los cojines verdes de la salita y por el caño del lavadero de la cocina salían ajolotes enormes a hacer gorgoritos. Eugenio escuchaba esos ruidos con asombro.
Principio de "Y Matarazo no llamó..."
En "Novelas breves"
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