11.6.26

Pat Barker. El regreso a casa

Ella tenía los ojos amarillos. A veces, sobre todo a la luz de las velas, no parecían siquiera unos ojos humanos. Calcas, el sacerdote, dijo una vez que le recordaban a los de una cabra: que tenían la misma mirada insensible propia del sacrificio. Yo nunca la vi así. A mí me recordaba a un pigargo, un ave muy común en la costa donde crecí; los marineros lo llaman «el águila de los ojos iluminados por el sol». Y sus ojos son bellos, pero no hacen olvidar ni su pico brutal ni sus garras, tan afiladas como para arrancar la carne aún viva del hueso. No, yo nunca la vi como una víctima, pero es que la conocía mejor que la mayoría de la gente. Yo era su esclava personal o, para usar el vulgar término que se emplea entre los propios esclavos, su recogepedos. Y odiaba serlo.


Principio de "El regreso a casa"
    

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