Hay desplazamientos que ocurren en la piel,
en la manera de sostener el silencio,
en la forma en que una voz aprende a no esconderse.
Este libro nació de un cruce.
Un lugar sin coordenadas,
donde el viento todavía empuja
y la luz ya empieza a quedarse.
El viento enseñó la forma:
cómo mantenerse en pie,
cómo no desbordar,
cómo doblar la emoción como un abrigo
y guardarla para después.
La luz llegó sin pedir permiso.
No explicó: ardió.
Mostró que el cuerpo también piensa,
que el deseo no es una falta,
que existir puede ser una afirmación.
Entre ambas fuerzas se abre esta escritura.
No como una batalla,
sino como una conversación lenta,
una respiración que aprende a no elegir bando.
Aquí la infancia es un clima,
el idioma una casa que a veces se rompe,
los trenes un pulso que no sabe quedarse,
el sur una llamarada que enseña a ocupar espacio,
el espejo una puerta,
el cuerpo un territorio que deja de pedir disculpas.
Nada de lo que se dice ocurrió exactamente así.
Pero todo ocurrió.
La memoria no repite: transforma para poder decir.
Hace de la herida metáfora,
del temblor lenguaje,
del paso una forma de permanencia.
Cada poema es una habitación abierta.
Entre la niña del horizonte blanco,
la joven de líneas rectas,
la mujer que aprende a no apagar su luz.
Se sientan juntas.
Respiran.
Por primera vez, no tienen que justificarse.
Este no es un libro de llegadas.
Es un libro de sostener.
De aprender a habitar la contradicción
sin romperse,
de aceptar que la casa no siempre tiene muros,
de reconocer que el hogar puede ser un cuerpo
que por fin se queda en sí mismo.
Si algo desean estas páginas
no es ser entendidas,
sino acompañar.
Que quien lea encuentre su propio cruce,
su propio viento,
su propia luz
y ese lugar secreto donde ambas fuerzas
dejan de empujarse
y empiezan a conversar.
De "Entre el viento y la luz"
No hay comentarios:
Publicar un comentario