Aquella era la última del delgado montón de cartas que componían el correo matinal de Irene Redfield. Después de las otras, corrientes y dirigidas con claridad, el sobre largo de fino papel italiano con su garabateado casi ilegible resultaba exótico y fuera de lugar. Tenía, además, algo misterioso y hasta cierto punto furtivo; era un objeto sutil y artero, sin un remite que delatara al que la enviaba. Y no es que Irene no adivinara en el acto de quién se trataba. Unos dos años antes había recibido otra carta muy parecida en su aspecto exterior, furtiva y, sin embargo, de una forma peculiar y deliberada, un poco ostentosa por su tinta morada y su papel extranjero de tamaño extraordinario.
Principio de "Claroscuro"
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