Todas las tardes mi consabida cháchara, su incurable ánimo;
hasta que él gira; se acerca, más alto:
"Es tu hija, Mamá! Quieres saludar
a Rita?" Mi sorpresa cada vez
que él pregunta, que cree en preguntar.
"Hola, Rita" Un buen día, pues;
la voz tan dulce como la recuerdo.
Cierro los ojos para disfrutarlo
pero no necesito la oscuridad para verla
más joven que mi hija ahora,
con cintura de avispa, con su raso coralino cosido en casa
y todas las canciones de su época por bailar.
Con razón Orfeo, al escuchar
la voz por la que había tocado la lira
en la única estación de su vida que importaba,
no podía creer que ella fuera nada
sino lo que había sido siempre para él, para él...
Silencio, aire libre. Sé lo que va a venir,
espero a que mi hermano diga "Venga, ahora
a decir adiós, Mamá", y que ella responda, como un loro:
"Adiós, Mamá."
Ese lúcido y espantoso canto.
Vuelvo a dejarme caer en trance
y sigo hablando: el tiempo, el cotilleo, las noticias.
De "Canciones para el apocalipsis"
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