15.9.26

Paz López. Pánico y ternura

Entramos a la vida como entra un niño a la escuela: mirando hacia atrás, con los ojos llorosos buscando la mano de quien hace un rato nos había acariciado el pelo, la nariz, las rodillas heridas, los diminutos labios. Si el mundo fuera una piscina, nuestros cuerpos parecerían pesar más que el agua al que fueron arrojados, y tenderían a hundirse. Acaso no somos eso, criaturas lanzadas a las mareas de la vida? Será cierto que cada vez que tomamos la mano de alguien y entrecruzamos firmemente los dedos para agarrarnos a ella se despierta de golpe, sin advertencia, la memoria antigua de aquello que nos aferró por primera vez a la vida? Natalia Ginzburg decía que eso de hundirse les pasa sobre todo a las mujeres, pero ella habla de un pozo oscuro, no de una piscina. «Las mujeres tienen la mala costumbre de caer en un pozo de vez en cuando, de dejarse embargar por una terrible melancolía, ahogarse en ella y bracear para mantenerse a flote».


Principio de "Pánico y ternura"
   

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