4.9.23

Irène Némirovsky. El ardor de la sangre

Bebíamos ponche suave, como en mi juventud, sentados ante el fuego, mis primos Érard, sus hijos y yo. Era un atardecer de otoño, muy rojo sobre las tierras de labor empapadas de lluvia. Las llamas del crepúsculo presagiaban fuerte viento para el día siguiente; los cuervos graznaban. En este frío caserón, el aire se cuela por todas partes, con el olor acre y afrutado propio de la estación. Mi prima Hélène y su hija Colette tiritaban bajo los chales de cachemir de mi madre que les había dejado. Como siempre que vienen a verme, me preguntaban cómo puedo vivir en esta ratonera, y Colette, que está a punto de casarse, me cantaba las alabanzas del Molino Nuevo, donde vivirá a partir de ahora y "donde espero verlo a menudo, primo Silvio". Me miraba con pena. Soy viejo y pobre, y estoy soltero; vivo encerrado en una casa de labranza en medio del bosque. Saben que he viajado; que me comí la herencia; hijo pródigo, cuando volví a mi tierra natal, hasta el becerro cebado se había muerto de viejo, tras esperarme en vano tanto tiempo. Mis primos, comparando mentalmente su suerte con la mía, me perdonaban sin duda todo el dinero que me habían prestado y no habían vuelto a ver, y repetían con Colette:
-Aquí vives como un hurón, querido primo. Cuando la niña se instale, te vienes a su casa a pasar el buen tiempo.


Principio de "El ardor de la sangre"
    

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