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21.8.17

Margaret Atwood. Luna nueva

La oscuridad espera aparte desde cualquier ocasión que surja;
como la pena, siempre está disponible.
Ésta es sólo un modelo,
sobre las hojas, brillantes como clavos de acero
e incontables y sin que se las haga caso.

Caminamos juntos
sobre hojas muertas
húmedas en la luna nueva
entre las rocas nocturnas amenazadoras
que serían de un gris rosado
a la luz del día, roídas y suavizadas
por el musgo y los helechos, que serían verdes
en el olor mohoso a levadura fresca
de árboles que enraízan, la tierra devuelve
lo mismo a lo mismo,

y cojo tu mano, que tiene el aspecto que tendría
una mano si de veras existieras.
Deseo mostrarte la oscuridad
que tanto temes.

Confía en mí. Esta oscuridad
es un lugar al que puedes entrar y sentirte
tan seguro como en cualquier otra parte;
puedes poner un pie delante del otro
y creer a los lados de tus ojos.
Memorízalo. Lo sabrás
de nuevo cuando te corresponda.
Cuando la apariencia de las cosas te haya abandonado,
todavía tendrás esta oscuridad.
Algo propio que puedes llevar contigo.

Hemos llegado al borde:
el lago entrega su silencio;
en la noche exterior hay un búho
cantando, como una polilla
en la oreja, desde la costa lejana
que es invisible.
El lago, vasto y sin dimensiones,
repite todo, las estrellas,
las piedras, a sí mismo, incluso la oscuridad
en la que puedes caminar
hasta que se convierta en luz.




De "Luna nueva"
     

9.8.16

Margaret Atwood. Una especie de amor, tras una pintura de Hieronimus Bosch

En primer plano hay un montón de piedras,
cada una pintada por sí misma
y en detalle.

Hay un hombre, sentado,
tras el hombre hay una colina,
con forma de tumba de tierra
o de pudin,
con matorrales de maleza, las hojas iluminadas
por el color sereno de ojos del cielo.
A media distancia, una línea invisible
tras la que las cosas se vuelven
de pronto más azules.

A los pies del hombre hay un león,
con la piel de felpa y embotado,
y en primer plano a la derecha, una criatura
parte pájaro, parte tetera,
parte sombrero y parte lagarto
sale de una cáscara de huevo.

El hombre mismo, en sus ropas
del rosa acallado del final de los dedos
mira fijamente a la mujer
pequeñita que está suspendida
en el aire sobre su cabeza.

Ella tiene alas, pero no se mueven.
Es azul, como el fondo,
denota santidad o lejanía
o quizá una ausencia de cuerpo.

Levanta una mano en un gesto
de bendición que resulta algo acartonado.
La otra mano apunta a la tierra.

No hay sonido en este cuadro,
luz sin sombras.
Las piedras están quietas.
La superficie es clara
y sin textura.




De "Luna nueva"
    

19.6.15

Margaret Atwood. Cosecha

Los aldeanos han salido de casa por ti.
Ya han tenido suficientes ungüentos
para conseguir amor: no quieren amor
este año. La cosecha ha sido corta, un viento malo
vino con las nieblas del otoño, y te buscan.

Ya han quemado tu casa,
roto tu espejo
en el que solían entrever sobre sus hombros
la luna creciente y la cara
de quien deseaban,
hecho añicos la cama carbonizada
en busca de amuletos, destripado a tus gatos.

De noche caminas por los campos, te apartas
de las voces que susurran en el aire
alrededor de ti, entras en arroyos
para apagar tu olor,
o te arrastras por los cultivos para robar leche
y los nabos que comen los cerdos.
De día te escondes,
te cubres de tierra bajo los setos,
tu vestido se va poniendo del color de las cenizas.
Ruegas lluvia que te salve.

A través de los troncos lisos y grises de árboles hay fragmentos 
de abrigos, lana roja
de fajas, silbidos atizan a los perros,
les llevan hacia ti a través de hojas que caen
como nieve, como pestilencia.

De los hombres que estarán alrededor
del palo desnudo clavado en un hoyo,
haces de estacas y juncos secos apilados
cerca, el barro pegado a la suela de sus botas,
aprietan sus dedos para apartarte,
al tiempo que bromean sobre tus
pechos quemados y el calor
ávido que llegará, no hay nadie

que no haya recorrido sus manos por tu piel
a escondidas, tuya o de tu sombra,
nadie que no te haya montado
entre los surcos pidiendo más.

Verás esto: el sol, por última vez.
El paisaje cubierto de árboles que se reúne
a tu alrededor; las praderas arruinadas.
El anillo oscuro de hombres cuyos nombres
sabes, y sus cuerpos
que recuerdas sin nombre, luminosos.
Los niños en los bordes

del círculo, dando vueltas en el suelo,
los brazos arriba y extendidos, las bocas abiertas, juegan
a ser tú. A lo lejos, las señoras
en sus echarpes de flores
y sus faldas duras
y decorosas, corren desde sus casas
con cuencos de cobre agujereados
en las manos, como si ofrecieran comida
en una fiesta, traen los rescoldos.




De "Luna nueva"