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15.1.25

Tess Gallagher. Mi madre recuerda que fue hermosa

Para Georgia Morris Bond

La nieve que cae la ha vuelto pensativa 
y joven en la intimidad
de nuestra mesa, con su vela cubierta
y sus gruesos platos blancos. Las caras serias
de las luces respiran sobre las tablas de pino
detrás de ella. Está visitando 
a su hija, que nunca está cerca
ni lo bastante lejos para ir a verla.
   
Se deja el abrigo puesto; en su olvido,
retrocede a la infancia,
y no sabe si me he marchado o aún 
no he sucedido. Se ve a sí misma
entre la gente de la ciudad, miradas campesinas
lentas como las llanuras y el cielo,
mientras pasa o espera
con un hermano en el cálido olor animal
del puesto de subasta: sol,
sombreros de paja, una cola de perro
le roza la pierna desnuda.
   
"Hay cosas que sabes.
No tuve que pedir -me dijo- nada."
   
La hermosa me habla
desde la cara cambiada, orgullosa, y veo
lo poco que le he dicho
sobre eso en lo que se ha convertido. Los años
nunca fueron el problema, ni el cabello blanco
que trencé al lado del mar
un día de verano. La que
debió de ser
se me pierde a través de alguna falla
en mi propio reflejo, y tendremos que seguir
como creemos que somos, caminando en nombre de nadie,
desde el restaurante vacío hasta el color único
de la nieve -ante nosotras, las casas apretadas,
las luces valientes y perplejas de las casas-.


De "Under stars"
En "Amplitud"
   

21.7.24

Tess Gallagher. Empezar a decir no

No es ofrecer tanto como un puño, es
alejarse con firmeza, como
si hubieras zanjado un asunto tonto,
es llevar una tarántula en el ojal
y, sin embargo, sonreír de modo tentador, sin pensar
cómo tu propia sangre se agolpa ante el mordisco
irreversible. No, no
   
iré contigo. No, eso no
está bien. No soy tu plato de postre, tu
comida casera, tu hermoso nar-
ciso. El sí no es
motivo para matar a los cíclopes. El no
no lo salvará. Y el grillo, "Sí, sí".
   
Carnada fresca, carnada fresca!
La búsqueda de la correcta vacilación 
incluye finalmente 
aguas libres. Adiós, 
viejo despreocupado, viejo zapato
para cualquier clima. Eres el candelabro de quién? De quién 
el tipo blando, no digamos, el tipo ansioso que no tiene nada que perder?
   
"Y", la conjunción despreciada,
es en verdad un motor
hasta que es  todo el día, hasta que una luz
es lanzada contra una pared
y obtenemos algún resultado. Y
hay menos dudas, sí o no,
acerca de lo que te hayas sentido obligada a decir
más de una vez, sea lo que sea.


De "Instructions to the double"
En "Amplitud"
    

25.4.24

Tess Gallagher cita a Antonio Machado

Cuando me refiero a "paraje espiritual", me vienen a la memoria unos versos del poeta Antonio Machado que ilustran muy bien lo que quiero decir:
Luna amoratada 
de una tarde vieja,
en un campo frío, 
más luna que tierra!

   
De "Carver y yo"
    

4.10.23

Tess Gallagher cita un poema de Raymond Carver

"Cuando algo nos hiere, volvemos a las orillas de ciertos ríos", dice Czesław Miłosz. Me parece que para Ray, los poemas, como los ríos, fueron lugares de reconocimiento y curación:

Una vez me tumbé en la orilla con los ojos cerrados,
escuchando el sonido que hacía el agua
y el viento en las copas de los árboles. El mismo viento
que sopla afuera en el Estrecho, pero diferente, también.
Durante un rato incluso me permití imaginar que había muerto,
y eso estuvo bien, al menos durante un par
de minutos, hasta que la realidad caló en mí: Muerte.
Mientras estaba allí tumbado con los ojos cerrados,
justo después de haber imaginado qué ocurriría
si de veras nunca me levantara otra vez, pensé en ti.
Entonces abrí los ojos, me levanté
y volví a sentirme feliz otra vez.
Te lo debo a ti, ya ves. Quería decírtelo.

("Para Tess")

Ray lograba que lo extraordinario pareciera normal, al alcance de todos. También sabía algo esencial: la poesía no es simplemente el recipiente para los sentimientos que deseamos expresar. Es un lugar para ensancharse y ser agradecido, para hacer sitio a los acontecimientos y a las personas que llevamos en el corazón. "Quería decírtelo." Y así lo hizo.


En el prólogo a la edición de la poesía completa de Raymond Carver
    

21.9.23

Tess Gallagher. Rechazar el silencio

Tiembla el latido del corazón
tu reino
de hojas
cerca de la ceremonia
del agua, nunca
insistí en ti. Admito que
me retrasé. Era la Emperatriz
del Retraso. Pero ahora no
puede ser aplazado. Sobre la sagrada rama
de mi única voz, insisto.
Insisto por todos nosotros,
que es la función
de la voz, y en especial
del poeta. Si no,
para qué estoy, de qué 
sirvo si no
insisto?
Hay mensajes que enviar.
Reuniones y canciones.
Porque necesitamos
insistir. Si no, para qué 
estamos? De qué 
servimos?



De "New poems"
En "Plenitud"
    

23.6.23

Tess Gallagher. La poesía de Ajmátova...

La poesía de Ajmátova, la fuerza de su poesía, viene de su conocimiento y aceptación del dolor. Si nunca has perdido nada, si eres una persona o formas parte de una cultura que no ha conocido el sufrimiento, que no sabe que esas cosas ocurren, existen, y que luego tenemos que salir hacia arriba, luchar por seguir adelante, estás perdido. Cuando te ocurra algo malo, te convertirás en un ser destructivo o en un país errático, irresponsable. 


De "Carver y yo"
    

1.9.22

Tess Gallagher. Despertar

Tres noches yaciste en casa.
Tres noches con escalofríos en el cuerpo.
Quería demostrar lo muy atrás
que me había quedado? En la espesa oscuridad del cuarto,
me metí en la cama, a tu lado; la cama
en la que nos habíamos dormido, casados
y sin casar.

Te rodeaba un halo de frío,
como si los mensajes del cuerpo se oyesen mejor
con la muerte. Mi propio calor adquiría la blancura plateada
de una voz entera arrojada a la nieve, para oírse:
para oír la nitidez de su reclamo. Permanecimos muertos,
un poco, el uno junto al otro, serenos 
y a flote, en el vasto y extraño manto
del mundo abandonado.



De "El puente que cruza la luna"

21.7.22

Tess Gallagher. El puente que cruza la luna

Si me quedo mucho rato junto al río
en noches de luna,
no creáis que mi atención obedece
a lo meramente estético, aunque
eso salve a la luz del día.
Sólo lo que alguna vez llamamos adoración
tiene los pies lo bastante ligeros como para transportar
a los vivos por esa brecha de fulgor.
Y quién dirá que no he cruzado el puente
por que lo haya utilizado como testigo,
para que el agua siguiera siendo agua
y las incongruencias de la luna cartografiaran 
la unión de la que estaba segura.



De "El puente que cruza la luna"

21.7.21

Tess Gallagher. Sí

Ahora somos como aquel montón mate de arena
del jardín del Pabellón de Plata de Kyoto,
diseñado para revelarse sólo a la luz de la luna.

Quieres que esté de duelo?
Quieres que guarde luto?

O, como la luz de la luna en la arena blanquísima,
que use tu oscuridad para brillar, para relucir?

Brillo.       Estoy de duelo.




De "El puente que cruza la luna"
    

11.7.21

Tess Gallagher cita un poema de Izumi Shikibu


Anhelando amor
escucho la campana del monje.
Nunca te olvidaré,
ni siquiera durante un intervalo
tan breve como el que hay entre las campanadas.

Izumi Shikibu



En "El puente que cruza la luna"
      

21.7.18

Tess Gallagher. Fría y creciente

Paseamos despreocupadamente por las tiendas del muelle,
a la espera de cruzar con
el ferry; aún no sabemos 
que te estás muriendo. Pero sostengo aquel chal, largo y negro,
y admiro cómo se enlaza al cuello, cuánto me favorece, frío
como el canto de un pájaro en la nieve, parcial
y del que nos desvanecemos. No tenías miedo y
te ofreciste a comprármelo. Y no nos dimos
cuenta de demasiado al pagar,
ni cuando me pusieron en las
manos aquella sencilla guadaña de tela.

Recuerdo haberlo sacado hace poco
del cajón, y su crujiente negrura, y el
quebrarse de sus extremos a la luz diurna, igual que la muerte
nos quiebra a nosotros, o grita contra sí
hasta que un hormigueo embosca a la habitación, y lo único que podemos hacer
es negarnos a seguir ese arrebato de irretorno.

Pero ya no me quedan fuerzas para eso, como dice la luna creciente
de su pleno perfil pétreo. Esta noche la luna es rubia.
Su luz oblicua se inclina para burlar
a la oscuridad. Por eso está él ahí: para entregarme
el chal blanco, bordado junto a algún extinto hogar.
Cuando me lo extiende por los hombros,
me agacho suavemente
y me dispongo a dormir otra vez en la tierra.



De "El puente que cruza la luna"
     

21.9.17

Tess Gallagher. El bosque que intentaba ella decir

Esta noche me compadezco de todos:
de quienes inspiran piedad y de quienes
son besados.

   Marina Tsvietáieva

Las alas angélicas de los abetos
no sirven para volar. Son los brazos fragantes
de un espíritu majestuoso que ostenta la forma
de un momento no vivido, cuando el mundo,
en todo su infortunio y esplendor, desapareció.
Visitar lo más recóndito del bosque a donde
no llega el sol, supone decirle al corazón,
que es siempre un escombro: "Ama como si
te fueran a corresponder", y, con esa ficción,
obligar al amor a abrirse,
como la red invisible que tiende al pájaro con su vuelo
entre las ramas. Aquí la ternura
ha exprimido a la luz, hasta volverla infusión.
Por qué es el amor tan vengativo y ausente,
sólo porque un beso de diamante
haya caído de su boca, como marchita
intención, contra mi garganta?
Acaso no quería que pensaran en él aparte
del amor? Ángel, esas alas
no sirven para volar: son un desafío
al tráfico endemoniado
de la llanura sin alma. Esto
es el bosque o, al menos, una
breve espesura, siempre arrodillada. Nos adornan
y nos adoran aquí, porque lucimos la herida
de un amor imposible.
Ángel, no me mires como si me hubieran
expulsado y fuese patético. Esto es el Edén
y los dioses están en otra parte. Ángel,
también nosotros seremos expulsados. Caeremos
y seremos esa otra naturaleza.




De "El puente que cruza la luna"
     

21.7.17

Tess Gallagher. Ébano

Necesito el latir de estas olas oscuras en mi sueño.
De qué otro modo recuperar el acre
aliento del clavel, que se renovaba en nosotros
noche tras noche? Yacer junto al amado
significaba disfrutar del jardín en todas las estaciones.
Ahora lo veo. Delicadamente, y sin
que el falso lustre del dolor atraiga
la memoria hasta la fragancia pura.
En el flujo y reflujo de las piedras debajo de la casa,
un espíritu amante tamiza y baña sus pesos,
y las que fueron lágrimas en alguna leyenda oriental
son vigorosamente borradas por la erosión. Y tú,
que fuiste una piedra tan sólo, me enseñaste a ser piedra.
Lo que supone burlarse de la contención en su rica periferia.
Lo gris, lo verde en mi negrura.



De "El puente que cruza la luna"

14.2.17

Tess Gallagher. San Valentín empapado por la lluvia

Como si un niño, reacio a encerrar 
el figurado corazón en bolsillo o
fiambrera de almuerzo, lo hubiera llevado
a casa, en bandeja, bajo el aguacero. Una migración
apasionada; no importa su forma redundante
ni otras treinta igual de crudas. El trayecto
le hizo bien: sangra el lazo blanco, y regueros
de agua emborronan las palabras del mensaje
acostumbrado. Llegó con una embestida,
seriedad del momento; no quería
ser sólo "suficiente", como en los amores precavidos:
el efecto valorado antes que el obsequio.
De antiguo vuelto escoria viniendo a mí, no
le importa si soy luz de luna. Está llegando
el candor, el cortejo.




De "El puente que cruza la luna"
    

1.11.16

Tess Gallagher. Poema sordo

No leas éste en voz alta. No está hecho
para ser escuchado; ni siquiera en las zonas sónicas
de la mente debería tropezar la palabra "explosión",
y detonar en la habitación silenciosa. Mi amor
necesita palabras ajenas a
la boca y a las cuerdas vocales. Sin vibraciones, por favor.
Necesita concentrar la reciente capacidad inhumana de su alma
en dispersarse por lo más espeso
del bosque. Forma parte del plan que los pájaros
se coman las migas. Está bien. No volverá por
ese camino. Le gusta donde está. Pero, aunque
no le guste, nada puedo saber al respecto. Que
canten los pájaros. Le gustaba escucharlos
a cualquier hora del día. Que este poema alcance
su sordera. Presta atención de otro modo, como
cuando inclino la cabeza y apoyo la frente
en la errónea creencia en el poder del amor
para manifestar, a pesar de la distancia, la alegría que nos hermanaba.
Donde quiera que esté, sabe que sigo teniendo dos pies
y que me he roto uno bailando.
Vendría a mí si pudiera. Es agradable estar seguro
de algo cuando hablamos de los muertos. A veces
me olvido de lo que estoy haciendo, y le llamo. Soy yo! Cómo
pudiste marcharte así? Justo cuando las cosas se estaban
poniendo bien. Le recuerdo, malhumorada, su promesa
de llevarme en un trineo tirado por caballos
con campanillas. Vuelve la vista atrás en su sueño, igual
que miraría un violín a su arco, a punto de convertirse en astillas,
al otro lado de la habitación. No intenta
detener nada. Ni el baile. Ni la sordera
de mis poemas cuando llegan como un saco de piedras
mojadas. Sí, puede volver a la vida el tiempo suficiente
como para que la eternidad lo aprese, hasta que uno de nosotros
pueda velar y escribir el poema sordo,
un poema al que le falte hasta el lenguaje
con el que no está escrito.




De "El puente que cruza la luna"
    

31.8.16

Tess Gallagher cita un poema de Marina Tsvietáieva


Me abraza. Arcoíris por doquier. Qué se parece más a un
arco iris que las lágrimas? Lluvia, una cortina, más densa
que un collar. Ignoro si los terraplenes tienen
fin. Pero he aquí un puente y
-luego?



Marina Tsvietáieva
Poemas escogidos


En "El puente que cruza la luna"

16.6.16

Tess Gallagher. Leyendo la cascada

Aquellas páginas cuyas esquinas
dobladas son ahora pañuelos, atados
a la última luz de cada uno de sus árboles preferidos,
junto a los que se detenía, y que me señalan el camino
con certeza, como si hubiera ordenado a bandadas
de pájaros que hiciesen susurrar a las hojas en lo alto.

Miro a lo alto a menudo, y pienso en
sus nidos tibios y dejo
que un rasgueo de reconocimiento vibre como un koto,
como si su cabeza aún me mirara por encima del hombro,
rodeada por una niebla fría, dispuesta a encontrar la salida
por una escalera de mármol batida
por sus pisadas. Mis cuentas de ámbar se dirigen, flotando, hacia el mar,
en una sencilla vaina de guisante -igual que las que botan los niños-,
como un carguero cuyo destino fuera perderse.

Cuántas veces me mantiene viva media cerilla,
cuando recuerdo su voz atravesar las habitaciones
y acudir yo a su llamada, para escuchar  algunos versos
que él recitaba de forma contradictoria,
como si añadiese una ala de lastre y
descubriera el vuelo.

Tanto del amor se curva ahí,
donde su pluma encerraba entre paréntesis
el pareado, a media página, que mi ajuar,
aún sin estrenar, me atrae poderosamente,
como una frente a la que se invitara demasiado
y se diese a la paradoja.

Me permite vestirme deprisa para el viaje,
como la mejor forma de dejarme lo que se desvanece,
según esté listo o no; él lo está y se desliza
junto a mi cama, en domingo,
hasta que somos como los muertos dando agua
a los muertos, sin reparar en que nuestra tenue sed
es insaciable.




De "El puente que cruza la luna"

1.6.16

Tess Gallagher. Dejo de escribir el poema

Para doblar la ropa. No importa quién vive
o quien muere. Soy todavía una mujer.
Siempre tendré muchas cosas que hacer.
Pongo las mangas de su camisa
juntas. Nada puede detener
nuestra ternura. Volveré luego
al poema. Volveré entonces a ser
una mujer. Pero por ahora
hay una camisa, una camisa gigante
en mis manos, y en algún lugar una niñita
de pie cerca de su madre
mirando como se hace.


En "Lengua de madera
(antología de poesía breve en inglés)"

19.10.06

Tess Gallagher

Tess Gallagher (Port Angeles, Washington, Estados Unidos, 21 de julio de 1943), es una escritora, poeta y ensayista norteamericana.