Mostrando entradas con la etiqueta *Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta *Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe. Mostrar todas las entradas

6.12.20

Margaret Randall. Manjar de mujer golpeada

La berenjena grande, oval, morada
está serenamente alucinada en su soledad.
No simplemente a solas, o requiriendo más espacio,
sino sola en la plenitud de su circunferencia.
Flotando, amoratada, inflamada de terror.

Pínchala con el tenedor por todas partes
y métela directamente en la parrilla de un horno
al rojo vivo. En 45 minutos se habrá
replegado sobre sí misma, y su piel lustrosa
será una masa de arrugas derrotadas.

Cuando se enfríe lo suficiente para manipularla,
arráncale la pulpa y bátela con un cuarto
de taza de mantequilla de ajonjolí, bastante
ajo machacado, perejil cortado finamente,
sal, pimienta y el jugo de al menos dos limones.

Ahora su brillo azul oscuro ha desaparecido, su plenitud
apenas se recuerda. Pero una exquisitez
-dicen que afrodisíaca-
puede ser servida en un cuenco pequeño
y rodeado de galletas finas o de tostadas Melba.

Antes de servir, rocíalo con aceite de oliva
por encima. Los invitados gozarán
del sabor exótico que compartes con ellos
y el aperitivo -mejorado para su propio bien-
no se quejará jamas.



En "Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe"
    

6.12.16

Margaret Randall. Bajo ataque


         para Marian McDonald

Escuchen. Estas voces están siendo atacadas.

Ismaela, la de la oscura casa de tabaco. Abuela.
Empleada doméstica, una vida de inviernos,
nieta de esclavos. Me miraba fijo:
"Mi mamá solía decirme: un día de éstos
cagarán las gallinas para arriba!
Y yo me quedaba mirando los culos a las gallinas
preguntándome cuándo ocurriría.
Cuando echemos abajo a los grandes
y alcemos a los pequeños!"

"Para mamá, papá y el negro", escribió
en el poema que les dejó como despedida.
Nicaragua, 1977.
Desaparecer, o dejar que te desaparezcan.
Dora María, cuya madre
siempre la reconocía por su mirada.
Temblaba en su primer parto
y tomó sin miedo una ciudad.

Llueve y el río sube. Catalina
corre tras los patos que se desbandan.
"Y mis meses", decía,
bajo los cuatro palos de la casa
que construía una y otra vez.
"Me quitaron los meses en el hospital de Iquitos
y la luna llena trae la locura a mi cabeza".
Su cuerpo se desvanece cuando la toco.
Una voz de mujer que corta tal densidad de lluvia.

Xuan, mis manos frías entre las suyas,
evoca los barracones.
"Los soldados eran nuestros hermanos".
Noche tras noche, aldea por aldea.
Quang Tri, 1974. El fuego de las armas
reemplazado por una conversación íntima.
Esto sí que es obra de mujeres.
También la historia de Xuan está siendo atacada.

Dominga hace descender su memoria
de costurera, a Don Pedro,
a sus propias hijas muertas de hambre.
"Quiero contarte mi vida", me dice,
"quiero dejarla a los jóvenes
para que sepan".

Nos sentábamos en las mecedoras. Reíamos.
Esta mujer rescató la bandera
puertorriqueña en Ponce, en 1937.
Desconocida hasta que un libro
ofreció sus palabras. Su voz.

Les traigo estas mujeres. Escuchen.
Hablan pero sus vidas están siendo atacadas.

También a ellas les ha sido negada la residencia permanente
en "la tierra de los libres, el hogar de los valientes".




En "Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe"

8.1.16

Margaret Randall. Ley de inmigración

Cuando pregunto a los expertos, qué tiempo me queda?
quisiera que no me respondieran con años ni argumentos.

Tengo que saber si me quedan las horas suficientes
para remendar esta relación
para trabajar el libro hasta su nacimiento
para estar junto a su padre en lo que le queda de camino.

Quiero saber cuantas temporadas de chamisas
brotarán amarillas, después gris-verdosas
y otra vez amarillas
                     luz
                         de nuevo
cuántas flores rojas de cactus
florecerán junto a mi puerta.

Me niego a seguir al lenguaje
como un perro con el rabo entre las patas.

Necesito tiempo, que es música,
horas que se levantan con el pan,
años repletos de nexos.

En el presente siempre hay un temblor de pasado.

Dame un puñado de futuro
para rozarme los labios.




En "Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe"

1.12.15

Margaret Randall. Una joven americana en Italia, 1951

Sobre una fotografía de Ruth Orkin

La joven que camina sola
desafía a toda una acera en alguna ciudad de Europa
en los años 50.
El espectador piensa en París o en Roma
seducido por el mantel blanco
de la mesa de café,
por la pequeña Vespa o Lambretta lista para partir en el bordillo,
por un toldo o una planta colgante, por las borrosas letras
de un nombre ilegible en la sombra.

La joven americana en Italia de Orkin
ya es historia
y así no tengo nada que adivinar.
Mi cuerpo bien sabe
que los hombres nunca se avergüenzan
de mirar de soslayo como en esta foto.
Todos los rostros masculinos
vueltos hacia la mujer
que podría haber sido yo en aquel entonces.

Los mismos dedos crispados
sobre la estola con flecos
que lleva en la mano derecha
apretada contra el clásico collar.
El mismo agarrar pálido
del gran bolso de cuero en la izquierda.
Las mismas sandalias de correas, el mismo pelo
recogido hacia atrás, hosca la mirada
que trata de disimular el miedo.

De los quince hombres que hay en la imagen
sólo tres no asaltan con sus ojos
a la mujer.
Miradas de soslayo, sonidos groseros,
vilipendios, insultos, su asumida posesión
es "una cuestión cultural". Los demás se ríen

u observan a la mujer con la cámara
que se atreve a recordar ese momento
para uso nuestro. En esta fotografía
ella es la fuerza invisible, la que cuenta
la historia.




En "Esto sucede cuando el corazón de una mujer se rompe"