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8.1.26

Natalia Ginzburg. Inútiles y necesarias

Porque las novelas están entre esas cosas del mundo que son a la vez inútiles y necesarias, totalmente inútiles porque carecen de una razón de ser visible y de cualquier clase de finalidad, y no obstante necesarias en la vida como el pan y el agua, y entre esas cosas del mundo que a menudo se ven amenazadas de muerte y que sin embargo, son inmortales.


De "Cien años de soledad"
En "Las tareas de la casa y otros ensayos"
   

17.6.25

Natalia Ginzburg. Valentino

Vivía en un pequeño apartamento del centro con mi padre, mi madre y mi hermano. Llevábamos una vida dura y nunca se sabía cómo íbamos a pagar el alquiler. Mi padre era maestro de escuela retirado y mi madre daba clases de piano: había que echarle una mano a mi hermana, que se había casado con un comercial, tenía tres hijos y no conseguía salir adelante, y también pagar los estudios de mi hermano, porque mi padre estaba convencido de que iba a ser un gran hombre. Yo me estaba sacando el diploma de maestra y en las horas libres les repasaba la lección a los hijos de la portera. La portera tenía familia en el campo y nos pagaba con patatas, castañas y miel.


Principio de "Valentino"
    

28.12.24

Natalia Ginzburg. Me casé por alegría

PIETRO  Dónde está mi sombrero?
GIULIANA  Tienes sombrero?
PIETRO  Lo tenía, ya no lo encuentro.
GIULIANA  Yo no recuerdo ningún sombrero.
PIETRO  Puede que sencillamente no lo recuerdes. Hace mucho que no me lo pongo y nosotros sólo hace un mes que nos conocemos.
GIULIANA  No digas «sólo hace un mes que nos conocemos», como si no fuese tu mujer.
PIETRO  Eres mi mujer desde hace una semana y en toda esta semana, en todo el mes pasado, no me he puesto el sombrero. Me lo pongo sólo cuando llueve mucho o cuando voy a un funeral. Hoy llueve y tengo que ir a un funeral. Es un sombrero marrón, blando. Un buen sombrero.


Principio de "Me casé por alegría"
    

14.7.24

Natalia Ginzburg. La ciudad y la casa

De Giuseppe a Ferruccio

Roma, 15 de octubre

Querido Ferruccio:
He sacado el billete esta mañana. Viajaré el 30 de noviembre, dentro de un mes y medio. Hace una semana facturé tres baúles. Van llenos de libros, trajes y camisas. Cuando lleguen, llámame, pues sé que te resulta más fácil llamar por teléfono que escribir. A mí me ocurre lo contrario.
Estoy muy contento de irme de aquí y de volver a verte. En los últimos tiempos se me hacía muy cuesta arriba vivir aquí. Me ahogaba. Pero en cuanto decidí que iría a tu casa, he vuelto a respirar.
Aun así, me da pena marcharme. Creo que echaré de menos a algunas personas y algunos lugares a los que me siento muy unido.


Principio de "La ciudad y la casa"
     

22.1.24

Natalia Ginzburg. El camino que va a la ciudad

El Nini vivía con nosotros desde que era pequeño. Era hijo de un primo de mi padre. Sus padres habían muerto y habría tenido que vivir con el abuelo, pero el abuelo le pegaba con una escoba y él se escapaba y venía con nosotros. Al final el abuelo murió, y le dijeron que podía quedarse en nuestra casa.
Sin contar al Nini éramos cinco hermanos. La mayor era Azalea, que se había casado y vivía en la ciudad. Yo era la segunda, y después venían Giovanni, Gabriele y Vittorio. Se suele decir que una casa en la que hay muchos hijos es una casa alegre, pero a mí no me parecía que hubiera nada de alegre en nuestra casa. Yo tenía intención de casarme pronto y de marcharme como había hecho Azalea. Azalea se había casado a los diecisiete años. Yo tenía dieciséis, pero todavía no me había pedido matrimonio nadie. También Guiovanni y el Nini se querían marchar. Los únicos que todavía estaban contentos eran los pequeños.


Principio de "El camino que va a la ciudad y otros relatos"
    

10.10.23

Natalia Ginzburg. Nota de la autora a "Léxico familiar"

Nota de la autora

Todos los lugares, hechos y personas que aparecen en este libro son reales. Nada es ficticio. Siempre que, debido a mi costumbre de novelista, inventaba algo, me sentía obligada a destruirlo.
Hasta los nombres son reales. Al escribir, sentía tan profunda intolerancia por cualquier invención, que no he podido cambiar los nombres verdaderos. Me han parecido inseparables de las personas que los llevan. Puede que a alguien no le guste encontrarse aquí con nombre y apellido. Pero a esto no puedo responder nada.
Sólo he escrito lo que recordaba. Por eso, quien intente leerlo como si fuera una crónica, encontrará grandes lagunas. Y es que este libro, aunque haya sido extraído de la realidad, debe leerse como se lee una novela, es decir, sin pedir más, ni menos tampoco, de lo que una novela puede ofrecer.
También he omitido muchas de las cosas que recordaba, sobre todo las que me atañían directamente.
No deseaba hablar de mí. Ésta no es mi historia, sino (incluso con vacíos y lagunas) la de mi familia. Debo añadir que ya en la infancia y adolescencia me propuse escribir un libro sobre las personas que entonces me rodeaban. En parte, puedo decir que éste es el libro. Pero sólo en parte, porque la memoria es débil, y los libros que se basan en la realidad con frecuencia son sólo pequeños atisbos y fragmentos de cuanto vivimos y oímos.


Nota de la autora al principio de "Léxico familiar"
    

17.4.23

Sigrid Nunez cita a Natalia Ginzburg y a Isak Dinesen

No puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo, advierte Natalia Ginzburg.
Recurramos entonces a Isak Dinesen, que creía que cualquier pena se podía hacer soportable metiéndola en un relato o contando una historia sobre ella.


De "El amigo"
    

9.3.23

Natalia Ginzburg. Todos nuestros ayeres

El retrato de la madre estaba colgado en el comedor: una señora sentada con sombrero de plumas y una cara larga y cansada con gesto de susto. Siempre había tenido mala salud, le daban mareos y palpitaciones, y cuatro hijos habían sido demasiados para ella. Murió poco después de que naciera Anna.


Principio de "Todos nuestros ayeres"
    

25.11.22

Natalia Ginzburg sobre "La historia" de Elsa Morante

Como novelista y como lectora, lo que he sentido leyendo La historia es una profunda gratitud hacia Elsa Morante


Al final del libro "La historia"
    

22.7.22

Natalia Ginzburg. XXXVII

12 de junio de 1971

Querida Mara:

Sé que Viola te ha escrito. Yo ahora vivo aquí, en casa de mi madre, con mi niña. Le hago compañía a mi madre, y pasamos juntas esos días inmóviles que siguen a una desgracia. Son días inmóviles, aunque los llene uno de cosas que hacer, de cartas que escribir y de fotografías que mirar. Y son días de silencio, aunque trate uno de hablar lo más posible, de cuidar a los que han quedado vivos. En parte se van recogiendo recuerdos, a lo mejor entre aquellos que parecen más remotos y más inofensivos, y en parte se pierde uno en detalles mínimos que tienen que ver con el presente y hasta se habla en voz alta y se ríe uno en alto, como si quisiéramos estar seguros de no haber perdido la facultad de fijarnos en el presente ni la facultad de hablar y de reírse. Pero en cuanto nos quedamos calladas unos instantes, sentimos el peso del silencio. De vez en cuando viene Osvaldo, que no nos aporta ninguna variación ni a nuestro silencio ni a nuestra inmovilidad. Por eso nos gustan sus visitas.


De "Querido Miguel"
    

7.10.21

Natalia Ginzburg. Existe una cierta uniformidad monótona...

Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.


De "Invierno en los Abruzos"
En el libro "Las pequeñas virtudes"
        

13.9.21

Natalia Ginzburg. Y eso fue lo que pasó

Yo le dije:
-Dime la verdad.
Y él me contestó:
Qué verdad?
Dibujó a toda prisa en su cuaderno y me lo enseñó: un tren largo muy largo con una gran nube de humo negro y él asomándose por la ventanilla y saludando con un pañuelo.
Le pegué un tiro entre los ojos.
Me había dicho que preparara el termo para el viaje así que fui a la cocina, pepraré el té, le puse leche y azúcar y lo eché en el termo. Metí también el vasito y luego regresé al estudio. Fue entonces cuando me enseñó el dibujo y yo cogí el revólver que estaba en el cajón de su escritorio y le disparé. Le pegué un tiro entre los ojos.
Desde hacía tiempo pensaba que iba a acabar haciéndolo cualquier día.
Luego me puse el impermeable y los guantes y salí de casa. Me tomé un café en el bar y empecé a caminar sin rumbo por toda la ciudad. El día estaba fresco y había una brisa suave que anticipaba lluvia. Me senté en uno de los bancos del parque público, me quité los guantes y me miré las manos. Me quité el anillo y lo guardé en el bolso.


Principio de "Y eso fue lo que pasó"
   

14.7.21

Natalia Ginzburg. Mi oficio es escribir

Mi oficio es escribir, y lo sé bien y desde hace mucho tiempo. Espero que no se me interprete mal: no sé nada sobre el valor de lo que puedo escribir. Sé que escribir es mi oficio. Cuando me pongo a escribir, me siento extraordinariamente cómoda y me muevo en un elemento que me parece conocer extraordinariamente bien, utilizo instrumentos que me son conocidos y familiares y los siento bien firmes en mis manos. 


De "Mi oficio"
En el libro "Las pequeñas virtudes"
    

14.7.20

Natalia Ginzburg. Ha pasado la guerra...

Ha pasado la guerra y la gente ha visto derrumbarse muchas casas, y ahora ya no se siente segura en su casa como se sentía tranquila y segura antes. Hay algo de lo que no nos curamos, y pasarán los años y no nos curaremos nunca.


De "El hijo del hombre"
En el libro "Las pequeñas virtudes"
    

21.3.20

Natalia Ginzburg. Invierno en los Abruzos

La nostalgia crecía en nosotros día a día. A veces era incluso agradable, como una compañía tierna y ligeramente embriagadora. Llegaban cartas de nuestra ciudad con noticias de bodas y muertes de las que quedábamos excluidos. A veces la nostalgia se tornaba aguda y amarga, se convertía en odio


De "Invierno en los Abruzos"
En el libro "Las pequeñas virtudes"
    

7.10.19

Natalia Ginzburg. Las palabras de la noche

Había acompañado a mi madre al médico; volvíamos a casa por el camino que bordea el bosque del general Sartorio y sigue por el alto y musgoso muro de Villa Bottiglia.
Era octubre, comenzaba a hacer frío; en el pueblo, detrás de nosotras, habían encendido los primeros faroles y el globo azul del Hotel Concordia iluminaba la plaza desierta con una luz irreal.


Principio de "Las palabras de la noche"
     

14.7.17

Natalia Ginzburg. Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz...

Las mujeres son una estirpe desgraciada e infeliz con muchos siglos de esclavitud a sus espaldas y lo que tienen que hacer es defenderse con uñas y dientes de su malsana costumbre de caer en el pozo, porque un ser libre no cae casi nunca en el pozo ni piensa siempre en sí mismo, sino que se ocupa de todas las cosas importantes y serias que hay en el mundo y solo se ocupa de sí mismo esforzándose por ser día a día más libre. La primera que debe aprender a actuar así soy yo, porque de lo contrario seguro que nunca podré hacer nada serio y el mundo no progresará mientras esté poblado por una legión de seres que no se sienten libres.


De "A propósito de las mujeres"
    

25.3.17

Natalia Ginzburg. A propósito de las mujeres

El otro día volvió a mis manos un artículo que escribí inmediatamente después de la Liberación y me sentí algo incómoda. Era un texto algo tontorrón: muy rebuscado, con hermosas frases muy estudiadas y bien construidas; ahora ya no quiero escribir así. Y además afirmaba con entusiasmo y convicción obviedades, aunque la verdad es que inmediatamente después de la Liberación, casi todo el mundo se acaloraba mucho diciendo cosas obvias. En cierto sentido incluso era lo apropiado, porque en veinte años de fascismo se habían perdido los valores más elementales y había que comenzar de nuevo desde el principio, empezar a llamar otra vez las cosas por su nombre, y a escribir por escribir, para comprobar si todavía estábamos vivos.


De "A propósito de las mujeres"