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5.2.26

Carolyn Forché. La hornada matutina

Abuela, regresa, me olvidé 
cuánta manteca para esos bollos.
   
Piensas que puedes enterrarte 
como una simple papa y crecer en Ohio?
Estoy harta de engordar como tú. 
   
Piensas que puedes mentir en tu eslovaco?
Contar cuentos obscenos del salchichón de sangre?
Bisbisear por la noche ante la virgen de Detroit?
   
Yo te culpo por criarme en lengua eslava 
me golpeabas en el traspatio, me enseñaste a bailar.
   
Voy a decirte que no recuerdo pan alguno
las ondulantes hogazas de tu carne
apestan en mi sueño
hay estrellas en tu ropa de seda.
   
Pero me alegra que de vieja 
voy a parecer una gitana dusha que acarrea leche.


De "Juntemos las tribus"
    

7.8.24

Carolyn Forché. El barquero

Éramos treinta y un almas, dijo, en lo enfermo y grisáceo del mar
en un frío barco de caucho, subiendo y bajando en nuestra mugre.
Por la mañana nada de eso tenía importancia, no había tierra a la vista,
todos estábamos empapados hasta los huesos, vivos y muertos.
Aún podríamos flotar, dijimos, de guerra en guerra.
Qué quedaba atrás sino ruinas de piedra apiladas 
   sobre ruinas de piedra?
Ciudad llamada "madre de los pobres", rodeada de campos
de algodón y mijo, orfebres y tejedores de capas
con la iglesia más antigua de la Cristiandad y la Espada de Alá.
Si todavía alguien permanece ahí, afirma, estaría
   totalmente solo.
Hay un hotel que lleva su nombre en Roma a doscientos metros
de la Piazza di Spagna, donde puedes desayunar bajo
los retratos de estrellas de cine. Ahí los empleados
   se desviven por complacerte. 
Pero estoy hablando incoherencias de nuevo, como lo he hecho desde esa noche
en que recogimos un niño, no el nuestro, del mar, flotando boca
abajo con un chaleco salvavidas, sus ojos eran tomados por los peces
   o por los pájaros encina de nosotros.
Después de eso Aleppo estalló, y a Raqqa le vino una lluvia
de folletos advirtiéndoles que se fueran todos. Irse, sí, pero adónde?
Sobrevivimos a los americanos y a los rusos, a los americanos
otra vez, muchas noches de muerte desde las nubes,
   sorprendidos por las mañanas
de estar despertando del sueño de la muerte aún sin enterrar y vivos
sin un lugar seguro. Irse, sí, obedeceremos los folletos, pero adónde?
Al mar para ser devorados, a las costas de Europa para ser enjaulados?
Al campamento miseria y al campamento quedarse aquí.
   Te pregunto, entonces, adónde?
Tú me dices que eres poeta. Si es así, nuestro destino es el mismo.
Ahora el barquero soy yo, conduciendo un taxi
   en el fin del mundo.
Veré que llegues a salvo, amiga, te llevaré hasta allá.
El barquero

Éramos treinta y un almas, dijo, en lo enfermo y grisáceo del mar
en un frío barco de caucho, subiendo y bajando en nuestra mugre.
Por la mañana nada de eso tenía importancia, no había tierra a la vista,
todos estábamos empapados hasta los huesos, vivos y muertos.
Aún podríamos flotar, dijimos, de guerra en guerra.
Qué quedaba atrás sino ruinas de piedra apiladas 
   sobre ruinas de piedra?
Ciudad llamada "madre de los pobres", rodeada de campos
de algodón y mijo, orfebres y tejedores de capas
con la iglesia más antigua de la Cristiandad y la Espada de Alá.
Si todavía alguien permanece ahí, afirma, estaría
   totalmente solo.
Hay un hotel que lleva su nombre en Roma a doscientos metros
de la Piazza di Spagna, donde puedes desayunar bajo
los retratos de estrellas de cine. Ahí los empleados
   se desviven por complacerte. 
Pero estoy hablando incoherencias de nuevo, como lo he hecho desde esa noche
en que recogimos un niño, no el nuestro, del mar, flotando boca
abajo con un chaleco salvavidas, sus ojos eran tomados por los peces
   o por los pájaros encina de nosotros.
Después de eso Aleppo estalló, y a Raqqa le vino una lluvia
de folletos advirtiéndoles que se fueran todos. Irse, sí, pero adónde?
Sobrevivimos a los americanos y a los rusos, a los americanos
otra vez, muchas noches de muerte desde las nubes,
   sorprendidos por las mañanas
de estar despertando del sueño de la muerte aún sin enterrar y vivos
sin un lugar seguro. Irse, sí, obedeceremos los folletos, pero adónde?
Al mar para ser devorados, a las costas de Europa para ser enjaulados?
Al campamento miseria y al campamento quedarse aquí.
   Te pregunto, entonces, adónde?
Tú me dices que eres poeta. Si es así, nuestro destino es el mismo.
Ahora el barquero soy yo, conduciendo un taxi
   en el fin del mundo.
Veré que llegues a salvo, amiga, te llevaré hasta allá.


De "En el ocaso del mundo"
         

30.7.23

Carolyn Forché. Charnolypi

Comienza con una palabra tan pequeña como el grito del búho de América.
Un dolor en la jaula de la respiración, como cuando decimos apenas puedo respirar.
Al dormir, vemos nuestro nombre en una piedra, por ejemplo.
O al caminar bajo la lluvia, entre tumbas, nos sentimos observados.
Otros todavía están entrando a nuestras vidas. Entran, salen.
Algunos hablan sigilosamente a nuestro lado en la banca, cerca de donde nadan los koi.
En la noche, un leve sonido de alas roza las paredes.
Ahora no es como suena. U otras dos palabras.
Pero son los mismos pájaros que viven en los aleros de piedra,
que forrajean el aire hacia la noche. Para verlos uno no debe estar buscando.


De "En el ocaso del mundo"
   


28.4.19

Carolyn Forché. Resistencia

En Belgrado, las ventanas del hotel
para turistas se abrieron sobre siete pisos de lilas,
la lluvia lavó los manteles de lino y las copas de licor
de las mesas en las banquetas, las banderas de seda de las naciones
no alineadas como colorida ropa interior
sujetándose al viento. Tito aún vivía.
Me dediqué al Inglés, fue confundido con Checo,
caminé a las fuentes, al mercado de ajo y tiendas, donde vi
a mi Anna muerta una y otra vez,
duros y amarillos frijoles sobre su regazo,
su babushka de verano en blanco algodón,
sus ojos, los duros pozos
de un pasado. Ella cuchicheaba con sus amigas,
rezando el rosario o tratando de venderme
algo. Anna, limpiando sus manos con un cuchillo
de pelar, diciendo, en tu país
no tienes nada. Cada palabra era la cáscara
de un vegetal lanzado hacia la calle
o una montaña rodeada por trenes
con cargamentos de estiércol de oveja, y pena.
Busqué en Belgrado algún rostro
santo, pintado sin manos como cuando
un pintor de íconos se va a dormir y despierta
con una imagen que le llega desde la muerte.
En cada esquina Anna dejó caer
su trabajo sobre su regazo y alzó la vista.
Soy una poeta sin hijos, dije.
Por años no he pintado un huevo ni hecho plegarias
ni terminado mis deberes de pascua.
Dejé Belgrado por Frankfurt el verano 
pasado, Frankfurt por Nueva York,
Nueva York por el Valle de Roanoke
donde las montañas sostienen la respiración
de los muertos y levantan
de cada mañana un fresco vendaje de niebla.
Nueva York, Roanoke, el valle-
hasta este Cabo donde en las dunas
el viento se hace de cuerpo
y un abeto aparece en la ventana 
por la noche, golpeando en el cristal como
una mujer que ha vivido demasiado.
Piskata, frena tu lengua, ella dice.
Estoy intentando decirte algo.




De "El país entre nosotros"
    

20.4.17

Carolyn Forché. Como niñas juntas

Bajo la cuesta nevada
clavados en el invierno entero con luces
de Navidad, esperamos a que tu padre
cortara sus pasteles de jabón, terminara su whiskey,
a que tu madre llevara su café de habitación
en habitación apagando las luces
atrapadas en la nieve bajo nuestros pies.
Sujetándonos por las mangas
de nuestros abrigos nos deslizamos
por la vereda en nuestros vestidos
negros y ajustados, por pantanos de cristal
y el rostro muerto de cada casa oscura,
sobre el hielo dorado
del tabaco que fue escupido, la calma
azul de los lagos, con la ciudad
brillando bajo las ciegas
colinas blancas y una escasa
nieve parpadeando en las estrellas.
Tú tarareabas blanche comme
la neige y hablabas de Montreal
donde una quebeçoise podría cantar,
tomar el rostro de cualquier hombre
hacia la blusa desabotonada de una mujer
y despertar para el vino en la mesa
de noche.
Siempre he creído,
Victoria, que hay
un modo de salir.
Estabas avergonzada de esa casa,
sus redondas latas de harina,
res astillada y frijoles,
vales de ayuda y viajes de invierno
que siempre terminaban en venado
tieso atado al portaequipajes del coche,
el acordeón de tus tíos
bajados del norte, y lo que
llamabas la estupidez
del francés de Michigan.

Tu espejo se adornó
con fotos de militares
que tomaron tus pechos
en sus manos, los botones
de tus blusas con sus dientes,
que te dieron las borlas
de seda de su graduación,
chaquetas bordadas con dragones
del Lejano Oriente. Guardaste
los corchos que dispararon
de las botellas desde sus camas,
sus cartas con cada ciudad
ennegrecida, sobres con cabello
de sus cabezas rapadas.

Voy a tenerlo, dijiste.
Flores envueltas en periódico de carros
en Montreal, un avión elevándose
de Detroit, una cama de satín, una mesa
repleta de botellas de esencias.
Así que parada en una pista de hielo
afuera de un salón católico de baile
tomaste sus collares
en tus delgadas manos congeladas
y mentiste sobre tu edad para volverte adulta.

Entonces yo no tenía pechos,
ni cartas provenientes de campos de entrenamiento
y cuando uno de los hombres que habías
reunido a tu alrededor acercó mi boca
a la suya no hubo nada
además de la música del salón
elevándose a los brazos de los árboles helados.

No sé dónde estás ahora, Victoria.
Dicen que tienes hijos, un tráiler
en la nieve cerca a nuestra ciudad,
y que el marido que encontraste cuando niña
volvió al Lejano Oriente roto
maldiciendo la santa sangre en la mesa
donde todas las noches una pila de virutas blancas
son pagadas desde el borde de su cuchillo.

Si lees este poema, escríbeme.
He estado en París desde que nos separamos.


De "El país entre nosotros"

         

24.10.16

Carolyn Forché. El recuerdo de Elena

Pasamos nuestra mañana
en los puestos de flores contando
las lenguas oscuras de las campanas
que cuelgan de las sogas esperando
el silencio de una hora.
Encontramos mesa, pedimos paella,
sopa fría y vino, una luz
calma tiembla desde el pasado.

En Buenos Aires sólo hace
tres años, por última vez su mano
se deslizó bajo el vestido de ella, ella con perlas
frescas alrededor del cuello y campanas como
éstas, cincelando la noche.

Mientras ella habla, el trote hueco
de un caballo, el sonido
de huesos entrechocándose.
Llega la paella, un fondo de arroz
y camarones, dedos y conchillas,
los labios de aquellos cuyos labios
fueron arrancados, mejillones
del suave azul de una fractura expuesta.

Esto no es paella, esto es lo que
ha quedado de aquellos que permanecieron
en Buenos Aires. Éste es el sonido
del disparo de un rifle en las rocas,
ella con la mano tapándose la boca,
su marido desplomándose sobre ella.

Estas son las flores que compramos
por la mañana, las dalias arrojadas
sobre su tumba y las campanas
esperando con las lenguas cortadas
este silencio singular.




En "De la nieve, los pájaros"
     

24.4.15

Carolyn Forché. La isla


  Para Claribel Alegría

I

En Deya cuando la niebla
se eleva desde las peñas llega
tan cerca de sus manos que podría
partirla en trozos como el pan.
Sostiene su bebida y gesticula
con una mano para describir esto:
qué hubiese hecho con tantos
cestos del pan.

Mi prieta, la llamada Asturias,
mi morenita. Neruda
usó la palabra negrita, y es
cierto: sus ojos, su cabello
son de un negro violento
como ciertas mañanas
de los últimos catorce años.
Lleva un vestido de algodón blanco
al que se le han cosido diminutos
espejos - cuando me busco
en ella, veo el mismo rostro
una y otra vez.

Tengo los párpados gruesos
de trabajadora eslava,
el cabello claro de sangre mezclada.
Aunque José Martí haya dicho
que hemos pasado nuestras vidas en el corazón
de la bestia, nunca la he oído
palpitar. Cuando he visto
a un animal, nunca he llegado a coger
el cuchillo. Como dirían
los norteamericanos, sólo es un oso
escarbando en la basura.

Pero no somos tan diferentes.
Cuando miramos a una persona, estamos viendo
a otra. Cuando escuchamos algo
oímos otra cosa ocurrida
en el pasado. Cuando le hablo a ella
ya sé lo que estaré diciendo
dentro de veinte años.


II

El verano pasado volvió
a El Salvador. Hace
diez años que Cenizas de Izalco
fue quemado en una plaza pública,
diez años sin plantas
de café, sin que sus ojos
cruzaran la finca como pájaros
negros dispersándose.

Era sencillo. Estaba
allí para abrazar a su madre.
Mientras caminaba por el pueblo
su sola visión hizo abrir las ventanas.
Era sencillo. Había ido a
ahondar en la memoria de un poeta,
cuyo cuerpo nunca fue encontrado.
Había cambiado? Era distinto.
En El Salvador nada ha cambiado.


III

Deya? Una hilera de dientes
los huesos del mundo, más verde
que Córcega. En inglés
no hay palabras para describir esto. No puedo
ayudarte. Aquí estoy a salvo. Tengo
todo lo que podría desear.
Por la mañana miro la cumbre
del Teix acuchillando las nubes.
En vez de pan, envío poesía
a mi país; por lo tanto, nada corto.
No doy nada, así que, según creo,
nada tengo.

Deya tiene siete chales de viento
diferentes. El cielo los sostiene
para ella, le ayuda a ponerselos.
Soy xaloc, un viento
del suroeste, tan lejano
como mi país y no hay nada
que me ayude dentro o fuera de él.

Carolina, sabes cuánto tiempo tarda
una voz eh alcanzar a otra?


1976-78




En la antología "Siete poetas norteamericanas actuales"

22.10.07

Carolyn Forché

Carolyn Forché  (Detroit, Míchigan, Estados Unidos, 28 de abril de 1950), es una poetisa, editora, traductora y abogada pro derechos humanos estadounidense.


Obras citadas en este blog: