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16.5.25

Vivian Gornick. El movimiento de las mujeres en crisis

Ninguna de nosotras está en posesión de «la verdad», ni de la última palabra, ni de la opinión correcta, ni conoce el único camino. Cada feminista es un microcosmos de feminismo, y por muy distinto que sea el feminismo de cada una, sigue encerrando la totalidad de las cosas. Esa es la gloria del movimiento, eso es lo que nos hace parte de nuestra época de una forma tan intensa, esa es la vida que creo que debemos luchar por proteger.


De "El movimiento de las mujeres en crisis"
En "Por qué algunos hombres odian a las mujeres"

24.4.23

Vivian Gornick cita a Willa Cather y a Katherine Anne Porter

Willa Cather apuntó en cierta ocasión que en todas las familias
la simple lucha por tener algo propio, por ser uno mismo, crea un elemento de tensión que mantiene a todos sus miembros casi en el punto de rotura. [...] hasta en las familias más armónicas hay una doble vida: la vida de grupo, que es la que podemos observar en la casa de cualquier vecino, y, por debajo de ella, otra -secreta, apasionada e intensa- que es la vida real que imprime su sombra en los rostros y da carácter a las voces de nuestros amigos. Cada uno de los miembros de esta unidad social está pensando constantemente en escapar, en huir, intentando rasgar la red con que las circunstancias y sus propios afectos lo han ido envolviendo. Vemos que las relaciones humanas son la trágica necesidad de la vida humana, [...], que cada ego pasa la mitad de su tiempo ansiándolas y la otra mitad intentando escapar de ellas.
Años más tarde, Katherine Anne Porter escribió sobre este fragmento:
Es magistral y cristalino y, en mi opinión, harto autobiográfico: me provoca ternura imaginarme a esa muchacha grandota, solitaria y parsimoniosa que acabaría siendo una artista, cuando volvía de estudiar latín y griego con un viejo tendero [en el pueblo], ayudaba con las labores de la casa, se sentaba luego al fuego para hacer callar a una asertiva prole de hermanos y hermanas, practicando su arte sobre ellos, negándose a perderse entre ellos... La hija de alas más largas, que por fin habría de volar libre.


De "Willa Cather"
uno de los ensayos de "El fin de la novela de amor"
    

8.3.23

Vivian Gornick cita a Elizabeth Cady Stanton

Apenas sabía quién era Elizabeth Cady Stanton -una sufragista del XIX?, una amiga de Susan B. Anthony?- cuando, en algún momento de aquella década crucial, una feminista puso en mis manos "La soledad del ser", el último mitin público que dio Stanton, y sentí tanto la conmoción como la euforia de darme cuenta de que "ya habíamos estado aquí antes".
Sucedió en enero de 1892; el lugar en cuestión, un palacio de congresos de Washington D. C. hasta arriba de gente. En el estrado, Elizabeth Stanton estaba a punto de dejar la presidencia de la Asociación Nacional para el Sufragio de la Mujer en Estados Unidos. Sería su último discurso público como líder del movimiento. Se quedó mirando los varios millones de caras reunidas ante ella. Muchas llevaba viéndolas desde hacía cuarenta años, y durante gran parte de esos años ella y ellas habían sido una; pero la lucha por el sufragio se había vuelto cada vez más conservadora, mientras ella seguía siendo una radical sin adulterar, y para entonces llevaba ya mucho tiempo sintiendo esa separación entre ella y su amado movimiento; aquello le había provocado una soledad tan terrible, como nunca había conocido, pero el aislamiento había resultado ser revelador: había llegado a comprender emocionalmente lo que antes solo había comprendido con la razón.
Los lazos de la conexión humana eran frágiles, eso siempre lo había sabido, supeditados como estaban al tiempo, las circunstancias y el misterio de las simpatías volubles, pero nunca antes había dudado de que esa conexión fuera la norma: encontrarse sola, sin un apego estable o permanente, era exponerse a la carga temida de la anormalidad. De pronto, sin embargo, le vino la idea de que la soledad era la norma; la conexión, el ideal, la excepción y no la regla de la condición humana. La dedicación prolongada y fructífera a los derechos de la mujer le había procurado discernimiento extraordinarios, pero ninguno más poderoso o sugestivo que este:
"Nada importa lo mucho que las mujeres prefieran apoyarse -empezó diciendo-, ser protegidas y mantenidas, ni lo mucho que los hombres deseen que ni hagan, la travesía de la vida ha de hacerse a solas [...]. Importa poco que el viajero solitario sea hombre o mujer; la naturaleza, que los ha dotado por igual, cuando llegan los peligros, los deja en manos de la ocasión, perecen por igual".
En la que había sido una vida larga, dijo, había llegado a comprender que es en el tema de la soledad no deseada donde más choca la naturaleza con la cultura. Ella consideraba que los seres humanos están atrapados desde que nacen en una psicología de la culpa, inexplicable y desconcertante, que contribuye a nuestra incapacidad para buscar el consuelo de la compañía en nuestras horas de mayor necesidad. Nos da "vergüenza" nuestra propia vulnerabilidad:
  Nuestras decepciones más amargas, nuestras esperanzas y ambiciones más vivas solo nosotros las conocemos [...]. No exigimos la compasión de los demás en la angustia y la agonía de una amistad que se rompe o de un amor que se parte en dos. Cuando la muerte hiende su guadaña en nuestros lazos más íntimos, nos quedamos solos en la sombra de nuestra aflicción. Por igual, en los mayores triunfos de nuestra vida y en sus más oscuras tragedias, caminamos solos. 
Siendo como era un animal político hasta la médula, no pudo evitar asociar estas ideas a la necesidad de la igualdad política de las mujeres: la razón más contundente que ella, Stanton, conocía para darles a las mujeres todos los medios para ampliar su esfera de acción era la primordial naturaleza solitaria de toda la vida. Y es desde esa misma perspectiva desde la que ahora nos habla directamente de las consecuencias de reprimir los derechos de las mujeres como ciudadanas.
   Hablar de guarecer a la mujer de las tormentas más fieras de la vida es la burla más pura, puesto que la azotan desde todos los puntos cardinales, al igual que al hombre, y con resultados más letales, pues a él lo han entrenado para protegerse a sí mismo, para resistir y conquistar. Esos son los hechos consumados de la experiencia humana [...] rico y pobre, inteligente e ignorante, sabio y necio, virtuoso y vicioso, hombre y mujer; es siempre lo mismo, toda alma ha de depender íntegramente de sí misma [...]. En la larga y fatigosa marcha, todos caminan solos.
Se trata esta de una soledad que todos y cada uno hemos llevado siempre dentro, más inaccesible que las montañas heladas, más profunda que el mar de medianoche; la soledad del ser. Nuestro ser interior al que llamamos "nosotros", ningún ojo ni caricia de hombre o ángel lo ha penetrado jamás. Así es la vida individual. Quién me pregunto, puede arrogarse, osar arrogarse, los derechos, los deberes, las responsabilidades de otra alma humana?



De "Cuentas pendientes"
   

14.12.22

Vivian Gornick. El fin de la novela de amor

En mil y una novelas de Amor en el Mundo Occidental, el progreso del sentir entre una mujer con inteligencia y un hombre con determinación se plasma a través de una lucha que concluye cuando la mujer -por fin- se diluye en anhelo romántico y en una más intensa necesidad de unirse. Hay, no obstante, un puñado de notables novelas escritas a finales del siglo XIX y principios del XX -entre ellas Daniel Deronda, La casa de la alegría, Diana of the Crossways o La señora Dalloway- en las que, en el preciso instante en que la mujer debería diluirse, el corazón, de improviso, se le endurece. Justo en ese punto en que es necesario ceder, un desapego interior, frío y lacio, parece apoderarse de la protagonista femenina. Se vuelve impenetrable a los ojos del mundo (una "desnaturalizada", dicen de ella), pero nosotros, los privilegiados lectores, sabemos lo que está pasando: la mujer ha mirado más allá y ha visto lo que le deparará el futuro; lo que ve la repele; no logra "imaginarse" en lo que le espera. Incapaz, pues, de imaginarse, no cree ya poder meterse en el papel; no será capaz de abandonarse a la inercia. El matrimonio será una farsa. En ese momento de clarividencia, el amor sentimental se vuelve, para ella, agua pasada. Lo que no significa que el matrimonio no vaya a celebrarse; la mitad de las veces se casará. Simplemente significa que, en estas novelas, es entonces cuando realmente empieza la historia.


Principio de "El fin de la novela de amor"
    

7.10.22

Vivian Gornick. Sobre Natalia Ginzburg

Una escritora cuya obra me ha hecho amar más la vida es Natalia Ginzburg. Al leerla, como he hecho en repetidas ocasiones desde hace muchos años, experimento la euforia que provoca que te recuerden desde el intelecto que eres un ser sensible.


De "Cuentas pendientes"
    

3.8.22

Vivian Gornick sobre Colette

Cuando mediada la veintena -y seguía estando muy verde en lo tocante a vivencias eróticas-, muchas de mis compañeras de facultad y yo nos obsesionamos perdidamente con Colette, y durante muchos años la leímos con el embeleso de unas discípulas deslumbradas en presencia de una profesora magistral: la leíamos, eso es, para aprender más sobre quiénes eramos, y cómo, dadas las limitaciones de nuestra condición, se suponía que debíamos vivir. Esa condición, por supuesto, no era otra que la de ser mujeres y, ceteris paribus, era el Amor (según nos habían contado desde la infancia) el terreno en el que habría de librarse nuestra particular batalla con la Vida. No había otra escritora viva, nos parecía, que entendiera nuestra situación tan bien como Colette; de hecho, nadie estaba a su altura.


De "Cuentas pendientes"
         

20.11.21

Vivian Gornick. Cuentas pendientes

Introducción

En mi experiencia, releer un libro que fue importante para mí en épocas pasadas se parece a tenderse en el diván del psicoanalista. De hecho, la narrativa que durante años he atesorado en la memoria se ve puesta en tela de juicio, y de manera alarmante. Por lo visto, mis recuerdos sobre este u otro personaje, esta u otra trama, son, cuando menos, imprecisos: se conocieron aquí en Nueva York, cuando yo estaba convencida de que había sido en Roma; corría la década de 1870, cuando yo pensaba que sucedía a principios del siglo XX; y que la madre le hace qué a la protagonista? Con todo y con eso, cuando leo, el mundo sigue pasando a un segundo plano y no puedo evitar maravillarme, porque si esto lo he recordado mal, incluso eso o aquello otro, cómo es posible que el libro siga atrapándome de esa manera?


Principio de "Cuentas pendientes. Reflexiones de una lectora reincidente"
    

14.6.21

Vivian Gornick. Hay dos categorías de amistades

Hay dos categorías de amistades: aquellas en que las personas se animan entre sí y aquellas en que hay que animar a las personas para quedar. En la primera categoría despejas todo para quedar. En la segunda buscas un hueco en la agenda.


De "Mirarse de frente"
    

23.4.21

Vivian Gornick. Sobre "Mujeres singulares"

A finales del siglo XIX, hombres de genio literario escribieron libros fantásticos sobre mujeres en la época moderna. En menos de veinte años aparecieron Jude el oscuro de Thomas Hardy, Retrato de una dama de Henry James, Diana of the Crossways de George Meredith; pero por muy inteligentes que fueran estas novelas, Mujeres sin pareja de George Gissing fue la que me interpeló de forma más directa. Veía y escuchaba a los personajes como si se tratara de hombres y mujeres que conocía. Incluso más, me reconocía como una de las mujeres "singulares". Cada cincuenta años desde la época de la Revolución francesa, se había descrito a las feministas como mujeres "nuevas", mujeres "libres", mujeres "liberadas"; pero Gissing había encontrado el término adecuado. Éramos mujeres "singulares".


De "La mujer singular y la ciudad"
      

9.3.20

Vivian Gornick. El pensamiento propio

Entendí lo que las feministas visionarias llevaban doscientos años entendiendo: que el poder sobre la vida propia solo llega a través del control estable del pensamiento propio.


De "Mirarse de frente"
    

21.1.20

Vivian Gornick. Mirarse de frente

Lo que significa para mí el feminismo

El Village Voice me encargó que fuera a investigar a "esas de la liberación de la mujer". Era noviembre de 1970. "De qué hablas?", le pregunté al redactor jefe. Al cabo de una semana ya era feminista conversa.
En los primeros tres días conocí a Ti-Grace Atkinson, Kate Millet y Shulamith Firestone; en los tres siguientes, a Phyllis Chester, Ellen Willis y Alix Kates Shulman. Hablaban todas a la vez, y me empape de hasta la última palabra que salió de sus bocas. O más bien debió de ser que las escuché a todas diciendo lo mismo, porque volví de esa semana con un único pensamiento grabado a fuego en la cabeza. Era el siguiente: la idea de que los hombres, por naturaleza, se toman en serio sus cerebros, mientras que las mujeres, por naturaleza, no, es una creencia, no una realidad; esta idea está al servicio de la cultura imperante; y nuestras vidas parten de esa base. Bastante sencillo, la verdad. Y seguramente ya lo habría dicho alguien. Cómo era posible que yo no pareciera haberlo oído hasta entonces? Y por qué ahora sí lo había escuchado?
Tanto en política como en el amor, sigue siendo uno de los grandes misterios de la vida: la disposición, ese momento en que los elementos se al[in]ean en la medida justa para materializarse en un cambio interior.


Principio de "Mirarse de frente"
    

2.10.19

Vivian Gornick. Introducción de "El oasis" de Mary McCarthy

Cuando mis amigas y yo teníamos veintitantos años, en la década de los cincuenta, leíamos a dos escritoras -Colette y Mary McCarthy-, por lo mismo que otras leían la Biblia: para entender mejor quiénes éramos y cómo íbamos a vivir, considerando las limitaciones que nos imponía nuestra condición. Sus novelas y relatos, en conjunto, constituían nuestro Libro de la Sabiduría.
Nuestra condición, claro está, aludía a que éramos mujeres jóvenes, y el Matrimonio y la Maternidad constituían el territorio en el que se esperaba que librásemos nuestra batalla con la Vida. Como teníamos ambiciones intelectuales, estudiábamos Lengua Inglesa y nuestra relación con la literatura era tremendamente personal; buscábamos en la narrativa cómo sortear las convenciones
   
   
En la introducción del libro "El oasis" de Mary McCarthy
    

16.12.18

Vivian Gormick. Ahí cuajó mi amor por la literatura...

Ahí aprendí que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D. H. Lawrence era un visionario. Ahí cuajó mi amor por la literatura y floreció mi asombro ante la vida intelectual. Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser tremendamente eróticas.


De "Apegos feroces"
   

6.9.18

Vivian Gornick. Al empezar este libro...

Al empezar este libro me propuse aportar una visión de la literatura de no ficción, pero enseguida reparé en que ésa era una labor que estaba fuera de mi alcance. La presencia en una memoria o en un ensayo de la voz narrativa veraz, del narrador que el escritor sacó de su agitado y tedioso yo para organizar un fragmento de experiencia, era prácticamente lo único acerca de lo que albergaba la sensación de tener algo que decir; y hacia esas obras en las que tal narrador se presenta de forma vigorosa y nítida, yo me sentía invariablemente atraída.
Cuantas más memorias y ensayos he leído, más fácilmente he visto lo larga que es la historia de ese personaje de no ficción, y qué extraordinaria es su capacidad de adaptación al cambio cultural.


De "Escribir narrativa personal"
    

20.6.18

Vivian Gornick. Hay dos tipos de amistades...

Hay dos tipos de amistades: aquellas en las que las personas se animan mutuamente y aquellas en las que las personas deben estar animadas para estar juntas. En la primera categoría, uno hace hueco para verse; en la segunda, uno busca un hueco en la agenda.


De "La mujer singular y la ciudad"
    

14.6.18

Vivian Gornick. Eso es ridículo

Eso es ridículo. A veces me da la sensación de que nací diciendo "Eso es ridículo". Sale de mí con la misma facilidad que la retahíla de buenos-días-buenas-tardes-que-pases-buen-día-cuídate. Es mi respuesta automática más habitual. La variedad de comentarios ajenos que permite que las palabras "Eso es ridículo" pasen de mi cerebro a mi lengua es asombrosa.
-El adulterio es la causa de que el matrimonio funcione hoy en día -afirma alguien.
-Eso es ridículo -respondo yo.
-Edgar Allan Poe es el escritor más infravalorado de la literatura estadounidense -afirma otro.
-Eso es ridículo.
-El deporte influye en los valores de la gente.
-Eso es ridículo.
-Las películas influyen en las fantasías de la gente.
-Eso es ridículo.
-Si pudiese tomarme un año sabático mi vida cambiaría.
-Eso es ridículo.
-Sabes que la mayoría de las mujeres que sufren maltrato se niegan a dejar a sus maridos?
-Eso es ridículo!


De "Apegos feroces"
    

28.9.17

Vivian Gornick. Apegos feroces

Tengo ocho años. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso. La señora Drucker está de pie, junto a la puerta abierta del apartamento de al lado, fumando un cigarrillo. Mi madre echa la llave y le pregunta:
   -Qué haces aquí?
La señora Drucker señala hacia dentro con la cabeza.
   -Éste, que quiere echarme un polvo. Le he dicho que ni tocarme sin pasar antes por la ducha.
Yo sé que "éste" es su marido. "Éste" siempre es el marido.
   -Por qué? Tan sucio está? -dice mi madre.
   -Es un cerdo asqueroso -dice la señora Drucker.
   -Drucker, eres una puta -dice mi madre.
La señora Drucker se encoge de hombros.
   -No puedo montar en metro -dice.
En el Bronx, "montar en metro" era un eufemismo para ir a trabajar.


Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre. Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supiesen. Astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Había años de aparente calma y, de repente, cundían el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas (quizá arruinadas) y el tumulto se apagaba. De nuevo calma silenciosa, letargo erótico, la normalidad de la abnegación cotidiana. Y yo -la niña que crecía entre todas ellas, formádose a su imagen y semejanza- me empapaba de ellas como de cloroformo impregnado en un paño apretado contra mi cara. He tardado treinta años en entender cuánto entendí de ellas.


Principio de "Apegos feroces"