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16.12.18

Vivian Gormick. Ahí cuajó mi amor por la literatura...

Ahí aprendí que Faulkner era los Estados Unidos, que Dickens era política, que Marx era sexo, Jane Austen la idea de cultura, que yo provenía de un gueto y que D. H. Lawrence era un visionario. Ahí cuajó mi amor por la literatura y floreció mi asombro ante la vida intelectual. Descubrí que las ideas transformaban a las personas y que las conversaciones intelectuales podían ser tremendamente eróticas.


De "Apegos feroces"
   

14.6.18

Vivian Gornick. Eso es ridículo

Eso es ridículo. A veces me da la sensación de que nací diciendo "Eso es ridículo". Sale de mí con la misma facilidad que la retahíla de buenos-días-buenas-tardes-que-pases-buen-día-cuídate. Es mi respuesta automática más habitual. La variedad de comentarios ajenos que permite que las palabras "Eso es ridículo" pasen de mi cerebro a mi lengua es asombrosa.
-El adulterio es la causa de que el matrimonio funcione hoy en día -afirma alguien.
-Eso es ridículo -respondo yo.
-Edgar Allan Poe es el escritor más infravalorado de la literatura estadounidense -afirma otro.
-Eso es ridículo.
-El deporte influye en los valores de la gente.
-Eso es ridículo.
-Las películas influyen en las fantasías de la gente.
-Eso es ridículo.
-Si pudiese tomarme un año sabático mi vida cambiaría.
-Eso es ridículo.
-Sabes que la mayoría de las mujeres que sufren maltrato se niegan a dejar a sus maridos?
-Eso es ridículo!


De "Apegos feroces"
    

28.9.17

Vivian Gornick. Apegos feroces

Tengo ocho años. Mi madre y yo salimos de nuestro apartamento, que da al rellano del segundo piso. La señora Drucker está de pie, junto a la puerta abierta del apartamento de al lado, fumando un cigarrillo. Mi madre echa la llave y le pregunta:
   -Qué haces aquí?
La señora Drucker señala hacia dentro con la cabeza.
   -Éste, que quiere echarme un polvo. Le he dicho que ni tocarme sin pasar antes por la ducha.
Yo sé que "éste" es su marido. "Éste" siempre es el marido.
   -Por qué? Tan sucio está? -dice mi madre.
   -Es un cerdo asqueroso -dice la señora Drucker.
   -Drucker, eres una puta -dice mi madre.
La señora Drucker se encoge de hombros.
   -No puedo montar en metro -dice.
En el Bronx, "montar en metro" era un eufemismo para ir a trabajar.


Viví en aquel bloque de pisos entre los seis y los veintiún años. En total había veinte apartamentos, cuatro por planta, y lo único que recuerdo es un edificio lleno de mujeres. Apenas recuerdo a ningún hombre. Estaban por todas partes, claro está -maridos, padres, hermanos-, pero sólo recuerdo a las mujeres. Y las recuerdo a todas tan toscas como la señora Drucker o tan feroces como mi madre. Nunca hablaban como si supiesen quiénes eran, como si comprendieran el trato que habían hecho con la vida, pero a menudo actuaban como si lo supiesen. Astutas, irascibles, iletradas, parecían sacadas de una novela de Dreiser. Había años de aparente calma y, de repente, cundían el pánico y la locura: dos o tres vidas marcadas (quizá arruinadas) y el tumulto se apagaba. De nuevo calma silenciosa, letargo erótico, la normalidad de la abnegación cotidiana. Y yo -la niña que crecía entre todas ellas, formádose a su imagen y semejanza- me empapaba de ellas como de cloroformo impregnado en un paño apretado contra mi cara. He tardado treinta años en entender cuánto entendí de ellas.


Principio de "Apegos feroces"