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1.9.25

Louise Erdrich. La casa redonda

1988

Unos pequeños árboles habían atacado los cimientos de la casa de mis padres. Tan solo eran unas plántulas con un par de tiesas y vigorosas hojas. Aun así, los tallos de los retoños habían conseguido deslizarse por las delgadas grietas de las tablillas decorativas y marrones que cubrían los bloques de cemento. Habían crecido dentro del muro invisible y no resultaba nada fácil arrancarlos. Mi padre se limpió la frente con la palma de la mano y maldijo su resistencia. Yo utilizaba una vieja y oxidada horquilla para dientes de león con el mango astillado; él blandía un largo y fino atizador de hierro para chimenea, que probablemente resultaba más perjudicial que beneficioso. A medida que mi padre taladraba la tierra a ciegas, allí donde intuía que podían haber penetrado las raíces, seguramente realizaba en el mortero oportunos agujeros para los pimpollos del próximo año.


Principio de "La casa redonda"
    

8.9.24

Louise Erdrich. El fantasma de las palabras

De la Tierra a la Tierra

Cuando estuve en la cárcel, recibí un diccionario. Me lo enviaron con una nota. «Este es el libro que yo llevaría a una isla desierta». Después me llegarían más libros de parte de mi profesora. Pero, como ella bien sabía, este resultó ser de inagotable utilidad. La primera palabra que busqué fue la palabra «sentencia». Me había caído una implacable sentencia firme que acarreaba una pena de sesenta años de los labios de un juez que creía en la vida después de la muerte. Así que la palabra con su ce bostezante, las pequeñas y beligerantes es, la susurrante y sibilante ese y las dos enes, esta palabra repetitiva e insidiosa, hecha de letras astutamente punzantes que rodeaban a una aislada te humana, estaba en mis pensamientos en cada instante de cada día. Sin lugar a dudas, de no haber llegado el diccionario, ese vocablo ligero que pesaba sobre mí me habría aplastado por completo, a mí o a lo que quedaba de mí después del acto tan extraño que había realizado.


Principio de "El fantasma de las palabras"
    

2.4.24

Louise Erdrich. El juego de la sombra

2 de noviembre de 2007

Cuaderno azul

Ahora tengo dos diarios. El primero es una libreta de tapa dura y roja, como aquel en el que llevo escribiendo desde 1994 cuando tuvimos a Florian. Me regalaste el primer cuaderno para que plasmara mi primer año como madre. Fue un bonito gesto de tu parte. Desde entonces, he escrito en una agenda parecida. Guardo los diarios al fondo de un cajón en mi despacho, ocultos tras papel de regalo y lacitos. El último, el que te interesa ahora, está escondido al fondo de un archivador que guarda antiguos extractos bancarios y cheques sobrantes de cuentas ya cerradas, el tipo de papeles que ambos prometíamos destruir cada año pero que acabábamos archivando en carpetas. Después de una intensa búsqueda -sospecho-, has encontrado mi diario rojo. Lo has leído para averiguar si te estoy engañando.
El segundo diario, que podría llamarse mi diario verdadero, es el que estoy escribiendo ahora.


Principio de "El juego de la sombra"
   

23.10.23

Louise Erdrich. Filtro de amor

La víspera del Domingo de Pascua, June Kashpaw caminaba por la atestada calle mayor de Willinston, la ciudad de "boom" del petróleo de Dakota del Norte, matando el tiempo antes de que llegara el autobús del mediodía que la llevaría a su casa. Era una mujer chippewa de largas piernas, que había envejecido mal en todo excepto en la forma de andar. Probablemente fue ese andar, ágil como el de una muchacha de piernas duras y delgadas, lo que atrajo la atención del hombre que la llamó golpeando la ventana del Rigger Bar. El rostro de él le pareció familiar, como tantos otros rostros. Había visto muchos que iban y venían. Él gesticuló con el brazo, invitándola a entrar, y ella lo hizo sin titubear, pensando sencillamente que podría beber una o dos cervezas con él y luego llevar sus maletas al autobús. Por lo menos quería ver si verdaderamente lo conocía. A través del cristal empañado podía ver que no era viejo y que tenía el pecho bien abrigado con nylon rojo oscuro y costoso plumón.


Principio de "Filtro de amor"
    

3.11.22

Louise Erdrich. Nota al principio de El vigilante nocturno

El 1 de agosto de 1953 el Congreso de los Estados Unidos anunció la Resolución Consurrente 108* de la Cámara, una ley para derogar los tratados entre naciones que se habían firmado con las naciones indias de Norteamérica con un tiempo de duración descrito como "mientras crezca la hierba y fluyan los ríos". La declaración pronosticaba la futura desaparición de todas las tribus y el fin inmediato de cinco tribus, incluido el grupo de Turtle Mountain de los indios Chippewas.
Patrick Gourneau, mi abuelo, luchó contra la "terminación", como presidente de la tribu, mientras trabajaba de vigilante nocturno. Apenas dormía, al igual que mi personaje Thomas Wazhashk. Este libro es una novela de ficción. Aún así, he intentado mantenerme fiel a la extraordinaria vida de mi abuelo. Cualquier error es mío. Además de Thomas y de la fábrica de cojinetes de piedras preciosas de Turtle Mountain, el único otro protagonista que se parece a un personaje real, ya sea vivo o muerto, es el senador Arthur V. Watkins, el incansable partidario del expolio de los amerindios y el hombre que interrogó a mi abuelo.
El personaje de Pixie, o -con perdón- Patrice, es totalmente ficticio.


Nota al principio de "El vigilante nocturno"
    

8.6.21

Louise Erdrich parafrasea a Rilke?...

Quisiera llorar, y a veces lo hago, por qué no? Quién me va a oír en los órdenes angélicos?


De "Un futuro hogar para el dios viviente"
    

16.7.20

Louise Erdrich. La reina de la remolacha

Mucho antes de que en Argus se plantaran remolachas y construyeran autopistas ya había un ferrocarril. Por sus vías, que atravesaban la frontera entre Dakota y Minnesota y se extendían hasta Minneapolis, llegaron todas las cosas que hicieron esta ciudad. Las cosas que la echaban a perder también se fueron por ese camino. Una fría mañana de primavera de 1932 el tren, un tren de mercancías, trajo a la vez una adición y una sustracción. Ambas llegaron a Argus con los labios morados y los pies tan entumecidos que, cuando saltaron del vagón, tropezaron y se destrozaron las palmas y las rodillas contra el suelo cubierto de ceniza.
El chico, alto para sus catorce años, estaba encorvado por el brusco crecimiento y era muy pálido. Tenía la boca dulcemente curvada, la piel fina como de niña. Su hermana sólo tenía once años, pero era ya tan baja y corriente que parecía obvio que se iba a quedar siempre así. Su nombre era práctico y cuadrado, como ella misma. Mary. 


Principio de "La reina de la remolacha"
    

7.6.19

Louise Erdrich cita a Hildegarda de Bingen

El Verbo es vida, ser, espíritu, todo lo que reverdece, toda creatividad. 
El Verbo se manifiesta en cada criatura.

Hildegarda de Bingen (1098-1179)



Al principio del libro "Un futuro hogar para el dios viviente"

        

24.4.19

Louise Erdrich. Un futuro hogar para el dios viviente

7 de agosto

Si te digo que mi nombre de mujer Blanca es Cedar Hawk Songmaker*, que soy hija adoptiva de un matrimonio liberal de Minneapolis y que, cuando decidí ir en busca de mis padres ojibwes y descubrí que mi nombre de nacimiento era Mary Potts, oculté esa información, puede que lo comprendas. O puede que no. Lo escribiré de todos modos, porque las cosas han cambiado desde la semana pasada. Al parecer -verás, nadie lo sabe-, nuestro mundo se mueve hacia atrás. O hacia delante. O quizá hacia un lado, de un modo que aún no alcanzamos a ver. Estoy segura de que nadie podrá dar un nombre a lo que está sucediendo, pero no soy capaz de vislumbrar cómo va a poder solucionarse todo lo que nos rodea y nos habita. 


*Cedar Hawk Songmaker significa Cedro Halcón Compositor de Canciones 


Principio de "Un futuro hogar para el dios viviente"
    

7.6.18

Louise Erdrich. Cuarenta años es la piedra angular de la sociedad...

Cuarenta años es la piedra angular de la sociedad, el caballete debajo del balancín de los jóvenes y los ancianos. Cuarenta años es el equilibrio. Lo que mi madre entendía como excusas es que yo no dejo de repetir que tengo cuarenta años para justificar no tener que tomar decisiones de los viejos o los jóvenes. Nunca he estado en el centro de la vida y de la gente, no obstante, y ahora creo, en medio de la efervescencia de luz, música y bullicio de la feria, que el centro no es un lugar tan invisible como me habría gustado.



De "El Gravitón"
En "El descapotable rojo y otras historias"

     

26.6.17

Louise Erdrich. La reina de la remolacha

Detrás de mis ojos brotaron lágrimas calientes y me ardieron los oídos. Tenía ganas de llorar, pero sabía que era inútil, así que me puse a andar, mirando cuidadosamente a mi alrededor, y fue afortunado que lo hiciera, porque había dejado atrás la carnicería y de pronto allí estaba, a corta distancia de la calle, en un camino de tierra.


De "La reina de la remolacha"
En la antología "Viajes indiscretos"
    

7.6.17

Louise Erdrich. Lo que vi fue el tiempo que transcurría...

Lo que vi fue el tiempo que transcurría, los minutos que se acumulaban a mis espaldas antes de que yo pudiera estrujarlos y exprimirles algo de vida. Lo que yo digo es que todo iba tan rápido que me encontré sentado en el medio. El tiempo corría a mi alrededor como el agua en derredor de una enorme y húmeda roca. La única diferencia era que yo no era tan duradero como una roca. Muy pronto me desgastaría hasta desaparecer. Ya estaba ocurriendo.



De "El salto del guerrero"
En "El descapotable rojo y otras historias"

     

16.7.16

Louise Erdrich. Remedio para el amor


        Para Lise

Aún sigue lloviznando
en Wahpeton. Las pickups
chisporrotean bajo la luz de neón
de las antimoscas de la heladería.

Theresa sale con una remerita verde y cadenas
que brillan en su garganta.
Esta libélula, mi hermana,
encaja mejor que yo
en esta noche de aguas crecientes.

El Río Rojo se agranda para tragarse el puente.
Ella se ríe y deja a su macho en el Dodge.
Él desatraca para buscarla
dejando un surco largo en la neblina.

Y más tarde, en la cresta de la inundación,
cuando los pilotes se arrancan de sus anclajes
y se tiran a la corriente,
ella tropieza contra los puñetazos de un hombre.
Se hunde en el pasto mojado
y una bota le planta su mueca
entre las arcadas de la cara.

Ahora va a tientas hacia su casa en la oscuridad.
El blanco violeta de los faroles de la calle
hierve de insectos,
y los árboles se inclinan doloridos y vacíos.
El río pega contra la estructura del dique, insistente.

La encuentro hecha un ovillo en las raíces de un álamo plateado.
La encuentro tendida en la plaza, donde toda la noche
los animales dan vueltas en sus jaulas.
La encuentro en una cuneta quemada, en un campo
que se atraganta con la lluvia,
ráfagas de lluvia barren de arriba abajo
hasta ese río aferrado al puente.

Vemos que ahora la masa de la luna se ha levantado y el agua,
tan profunda como puede fluir,
deja de crecer. Esperamos que la noche nos lleve adonde
cesa la lluvia. Hermana, no hay nada
que no me animaría a hacer.




En "De la nieve, los pájaros"