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12.6.26

Gabriela Mistral. Volverlo a ver

Y nunca, nunca más, ni en noches llenas
de temblor de astros, ni en las alboradas 
vírgenes, ni en las tardes inmoladas?
  
Al margen de ningún sendero pálido,
que ciñe el campo, al margen de ninguna
fontana trémula, blanca de luna?
  
Bajo las trenzaduras de la selva,
donde llamándolo me ha anochecido, 
ni en la gruta que vuelve mi alarido?
   
Oh, no! Volverlo a ver, no importa dónde, 
en remansos de cielo o en vórtice hervidor,
bajo unas lunas plácidas o en un cárdeno horror!
  
Y ser con él todas las primaveras
y los inviernos, en un angustiado 
nudo, en torno a su cuello ensangrentado!


En "Material de lectura"
   

30.6.24

Gabriela Mistral. Canto que amabas

Yo canto lo que tú amabas, vida mía,
por si te acercas y escuchas, vida mía,
por si te acuerdas del mundo que viviste
al atardecer yo canto, sombra mía.
   
Yo no quiero enmudecer, vida mía, 
cómo sin mi grito fiel me hallarías?
Cuál señal, cuál me declara, vida mía?
Soy la misma que fue tuya, vida mía.
   
Ni lenta ni trascordada, ni perdida.
Acude al anochecer, vida mía;
ven recordando un canto, vida mía,
si la canción reconoces de aprendida
y si mi nombre recuerdas todavía. 
   
Te espero sin plazo y sin tiempo.
No temas noche, neblina ni aguacero.
Ven igual con sendero o sin sendero.
Llámame a donde eres, alma mía,
y marcha recto hacia mí, compañero.


De "Éxtasis"
     

24.7.21

Gabriela Mistral. Balada de la estrella

Estrella, estoy triste.
Tú dime si otra
como mi alma viste.
-Hay otra más triste.
   
-Estoy sola, estrella.
Di a mi alma si existe
otra como ella.
-Sí, dice la estrella.
   
-Contempla mi llanto.
Dime si otra lleva
de lágrimas manto.
-En otra hay más llanto.
   
-Di quién es la triste,
di quién es la sola,
si la conociste.
   
-Soy yo, la que encanto,
soy yo la que tengo
mi luz hecha llanto.
  
   
De "Desolación"
   

10.1.21

Gabriela Mistral. Despedida

Ahora son los dioses
que por un golpe de viento
se allegan o parten;
así son todas las dichas.
Si Dios quiere vuelvo un día
de nuevo la cara,
y no regreso si los rostros
que busco me faltan.
   
Así somos como son
cimbreando las palmas:
apenas las junta el gozo
y ya se separan.
Gracias del pan, de la sal
y de la pitahaya,
del lecho que olía a mentas
y la noche "hablada".
La garganta más no dice
por acuchillada;
no ven la puerta los ojos
cegados de lágrimas.


En la antología "Las renegadas"
    

22.9.20

Gabriela Mistral. La otra

Una en mí maté:
yo no la amaba.
   
Era la flor llameando 
del cactus de montaña;
era aridez y fuego;
nunca se refrescaba. 
   
Piedra y cielo tenía 
a pies y a espaldas
y no bajaba nunca
a buscar "ojos de agua".
   
Donde hacía su siesta,
las hierbas se menoscaban
de aliento de su boca
y brasa de su cara.
   
En rápidas resinas
se endurecía su habla,
por no caer en linda
presa soltada.
   
Doblarse no sabía 
la planta de montaña,
y al costado de ella,
yo me doblaba.
   
La dejé que muriese,
robándole mi entraña.
Se acabó como el águila
que no es alimentada.
   
Sosegó el aletazo,
se dobló, lacia, 
y me cayó a la mano
se pasea acabada.
   
Por ella todavía
me gimen sus hermanas,
y las gredas de fuego
al pasar me desgarran.
   
Cruzando yo les digo:
-Buscad por las quebradas
y haced con las arcillas
otra águila abrasada. 
   
Si no podéis, entonces
ay! olvidadla.
Yo la maté. Vosotras
también matadla!


En la antología "Las renegadas"
    

8.2.20

Gabriela Mistral. Nosotras

De montañas descendimos
o salimos de unas islas,
con olor de pastos bravos 
o profundas y salinas,
y pasamos las ciudades
hijas de una marejada
o del viento o las encinas.
En el Cristo bautizadas
o en Mahoma de la Libia
pero en vano maceradas
por copal y por la mirra.
   
La que en pastos de pastores
se llamaba Rosalía 
y la nuestra del gran río
que mentábamos Delmira
y las otras que vendrán
por las aguas de la vida.
   
El olor de los lagares
en las sienes nos destila
o la carne en los pinares
desvaría en las resinas,
y nacimos y morimos
pánicas e irredimidas.
   
Nacemos en tierra varia,
en el sol o la neblina,
tú en ternuras de Galicia
y en el trópico Altamira 
y como cien lanzaderas
que en el mismo telar pican,
a veces no nos hallamos
aunque seamos las mismas.
   
Somos viejas, somos mozas
y hablamos hablas latinas
o tártaras o espartanas 
con frenesí o con agonía 
y los dioses nos hicieron
dispersas y reunidas.
   
La canción de silbo agudo
calofría la campiña
o parece ritmo seco
de hierros en roca viva,
pero es siempre la mixtura
de Medea o de Canidia
y Eva tiene muerto a Abel
y a Caín en las pupilas.
   
En los cielos sanguinarios
de praderas o avenidas
una veces todas vamos
a país de maravilla
o venimos como Níobes
y con la vieja cara mísera. 
   
Las más fuertes son amargas
y las más dulces transidas,
las más duras son Déboras
y las más tiernas Rosalías 
y así erguidas o cegadas 
todas una sangre misma
se nos rasga el secreto 
de las sin razón venidas.


De la antología "Las renegadas"
    

10.10.18

Gabriela Mistral. Yo no tengo soledad

Es la noche desamparo
de las sierras hasta el mar.
Pero yo, la que te mece,
yo no tengo soledad!

Es el cielo desamparo
si la cuna cae al mar.
Pero yo, la que te estrecha,
yo no tengo soledad!

Es el mundo desamparo
y la carne triste va.
Pero yo, la que te oprime,
yo no tengo soledad!

[De Ternura, 1924]


En la antología "Poesía soy yo.
Poetas en español del siglo XX (1886-1960)"
       

13.1.13

Gabriela Mistral. Todas íbamos a ser reinas

Todas íbamos a ser reinas,
de cuatro reinos sobre el mar:
Rosalía con Efigenia
y Lucila con Soledad.

En el valle de Elqui, ceñido
de cien montañas o de más,
que como ofrendas o tributos
arden en rojo y azafrán,

Lo decíamos embriagadas,
y lo tuvimos por verdad,
que seríamos todas reinas
y llegaríamos al mar.

Con las trenzas de los siete años,
y batas claras de percal,
persiguiendo tordos huidos
en la sombra del higueral,

De los cuatro reinos, decíamos,
indudables como el Korán,
que por grandes y por cabales
alcanzarían hasta el mar.

Cuatro esposos desposarían,
por el tiempo de desposar,
y eran reyes y cantadores
como David, rey de Judá.

Y de ser grandes nuestros reinos,
ellos tendrían, sin faltar,
mares verdes, mares de algas,
y el ave loca del faisán.

Y de tener todos los frutos,
árbol de leche, árbol del pan,
el guayacán no cortaríamos
ni morderíamos metal.

Todas íbamos a ser reinas,
y de verídico reinar;
pero ninguna ha sido reina
ni en Arauco ni en Copán.

Rosalía besó marino
ya desposado en el mar,
y al besador, en las Guaitecas,
se lo comió la tempestad.

Soledad crió siete hermanos
y su sangre dejó en su pan,
y sus ojos quedaron negros
de no haber visto nunca el mar.

En las viñas de Montegrande,
con su puro seno candeal,
mece los hijos de otras reinas
y los suyos no mecerá.

Efigenia cruzó extranjero
en las rutas, y sin hablar,
le siguió, sin saberle nombre,
porque el hombre parece el mar.

Y Lucila, que hablaba a río,
a montaña y cañaveral,
en las lunas de la locura
recibió reino de verdad.

En las nubes contó diez hijos
y en los salares su reinar,
en los ríos ha visto esposos
y su manto en la tempestad.

Pero en el Valle de Elqui, donde
son cien montañas o son más,
cantan las otras que vinieron
y las que vienen cantarán:

«En la tierra seremos reinas,
y de verídico reinar,
y siendo grandes nuestros reinos,
llegaremos todas al mar».

28.1.11

Gabriela Mistral. Desvelada

Como soy reina y fuí mendiga, ahora
vivo en un puro temblor de que me dejes,
y te pregunto, pálida, a cada hora:
"Estás conmigo aún? Ay! No te alejes!"
Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has venido;
pero hasta en el dormir estoy temiendo
y pregunto entre sueños: -"No te has ido?"

Del poemario "Dolor"

22.7.10

Gabriela Mistral. Canción de pescadoras

Niñita de pescadores
que con viento y olas puedes,
duerme pintada de conchas,
garabateada de redes.

Duerme encima de la duna
que te alza y que te crece,
oyendo la mar-nodriza
que a más loca mejor mece.

La red me llena la falda
y no me deja tenerte,
porque si rompo los nudos
será que rompo tu suerte...

Duérmete mejor que lo hacen
las que en la cuna se mecen,
la boca llena de sal
y el sueño lleno de peces.

Dos peces en las rodillas,
uno plateado en la frente,
y en el pecho, bate y bate,
otro pez incandescente...

Del poemario "Ternura"

25.2.07

Gabriela Mistral

Gabriela Mistral, Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, (Vicuña, 7 de abril de 1889 – Nueva York, 10 de enero de 1957), fue una destacada poetisa, diplomática y pedagoga chilena. 



Obras citadas en este blog: