Corren a su encuentro con los brazos abiertos, gritan sonrientes: Por fin! Por fin! Ambos con sus pesadas ropas de invierno, gruesos gorros, bufandas, guantes, botas, pero ya sólo para nosotros. Porque para ellos, desnudos.
Veintisiete huesos, treinta y cinco músculos, unas dos mil células nerviosas en cada una de las yemas de nuestros cinco dedos. Es absolutamente suficiente para escribir Mein Kampf o Winnie the Pooh.
Hay catálogos de catálogos. Hay poemas sobre poemas. Hay obras sobre actores representadas por actores. Cartas motivadas por cartas. Palabras que sirven para explicar palabras. Cerebros ocupados en estudiar el cerebro. Hay tristezas contagiosas al igual que la risa. Hay papeles que provienen de legajos de papeles. Miradas vistas. Casos declinados por caso. Grandes ríos con gran participación de otros pequeños. Bosques hasta sus bordes desbordados de bosque. Máquinas destinadas a construir máquinas. Sueños que de repente nos arrancan del sueño. Salud necesaria para recuperar la salud. Escalera tan hacia abajo como hacia arriba. Gafas para buscar gafas. Inspiración y espiración de la respiración. Y ojalá de vez en cuando odio al odio. Porque a fin de cuentas lo que hay es ignorancia de la ignorancia y manos ocupadas en lavarse las manos.
No llega en tropel. No se reúne multitudinariamente. No participa en masa. No celebra a lo grande.
No saca de sí mismo una voz coral. No declara ante todos y cada uno. No afirma en nombre de. No en su presencia este ingerrogatorio: quién a favor, quién en contra, gracias, nadie.
Falta su cabeza donde cabezas y más cabezas, donde paso a paso, hombro con hombro y adelante hasta alcanzar el objetivo con propaganda en los bolsillos y el producto del lúpulo.
Donde sólo al principio todo idílico y angélico, porque pronto un tumulto con otro se mezcla y nunca se sabrá de quien, ay, de quien son estas piedras y flores, estos vivas y palos.
Ni mencionado. Ni espectacular Está empleado en el Servicio de Limpieza. Al despuntar el alba, en el sitio donde tuvo lugar todo, recoge, lleva, arroja al contenedor lo clavado en árboles medio muertos, lo aplastado en la fatigada hierba.
Hay quienes llevan a cabo la vida más hábilmente. Tienen orden en su interior y a su alrededor. Para todo la manera y la respuesta adecuada.
Adivinan inmediatamente quién a quién, quién con quién, con qué objetivo, por dónde.
Ponen el sello en las verdades absolutas, arrojan a la trituradora los hechos innecesarios, y a las personas desconocidas a las carpetas destinadas a ellas de antemano.
Piensan justo lo debido ni un segundo más, porque tras ese segundo acecha la duda.
Y cuando los dan de baja de la existencia, dejan su puesto por la puerta señalada.