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4.8.22

Mary Ann Clark Bremer. Si la felicidad no se amarga

Qué decía el pequeño filósofo, marqués y no sé qué más, Vauvenargues? "El recuerdo de la felicidad no produce felicidad, pero podemos aspirar a una alegría pequeña cada día si la felicidad no se amarga."


De "Cuando acabe el invierno"
    

14.3.21

Mary Ann Clark Bremer. Querida M.

Querida M., me escribes para contarme (innecesariamente, pues recuerdo la fecha de tu nacimiento) que cumplirás tus cuarenta años dentro de unos meses: no tengas miedo de las heridas que han dejado cicatrices en tu cuerpo. No tengas miedo de las cicatrices de aquellas heridas. Si no curaron, son, al menos, una medalla del tiempo, una condecoración que te ofrecen las demás supervivientes: ellas, nosotras, te la ofrecen, te la ofrecemos por seguir aquí, por seguir en el mundo a pesar de todo lo que hemos vivido.


De "Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos"
    

8.3.20

Mary Ann Clark Bremer. Nuestra herencia es grande

Nuestra herencia es grande. La de todas las mujeres de la Tierra. Nuestra herencia está construida sobre el estiércol del miedo y sobre todas las que hemos sufrido: no tú, no yo, no una mujer o diez o cien o mil en concreto, sino todas aquellas, millones, decenas de millones, que no conocemos ni conoceremos.


De "Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos"
    

15.11.19

Mary Ann Clark Bremer. Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos

"Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos...", dijo el poeta. Dijeron todos los poetas. Lo escribieron con sus plumas afiladas (sangre, saliva, tinta) al dirigirse a aquellas mujeres que se habían convertido en sus musas, intocables para los demás; en ocasiones, eran tan sólo "imágenes", como una Virgen católica, como una diosa pagana, imágenes a las que adorar y a las que dirigir lo que siempre necesita destinatario: las palabras; otras veces, esas mujeres eran sólo un espejismo de belleza intangible y falsamente cubierto de oro. O mejor dicho: imágenes cubiertas de oropel. "Así no son realmente las mujeres", escribí yo misma en una carta de despedida que nunca envié.
Todas las mujeres son bellas, extrañas y resistentes como la flor del edelweiss allá en lo alto. Supervivientes a los cuarenta años, no envejecen, sólo maduran.


Principio de "Cuando asedien tu faz cuarenta inviernos"
     

15.11.16

Mary Ann Clark Bremer. No decía así la Dickinson?...


He dejado la carta a medias y he salido a la terraza de mi dormitorio. Bajo la pérgola hay varios útiles de jardinería. En el canasto repleto de pequeños tarros de cristal con tapas de cierre hermético aún quedan algunas semillas por plantar, las de las flores más tardías y resistentes: soportarán el otoño, hasta la llegada de las primeras nieves. «Cuando cuento las semillas / sembradas allá abajo / para florecer así», he recordado infielmente primero; y a continuación: «Cuando examino a la gente / que tan bajo yace / para llegar tan alto; // cuando creo que el jardín / que no verán los mortales...».* Que no verán los mortales. Estas futuras flores y yo somos mortales. Yo alcanzaré a verlas crecer tal vez, pero no así las semillas de las semillas futuras.
«Te traigo la prueba de que yo siempre amé, y que hasta que amé nunca viví lo bastante.» No decía así la Dickinson? No había replicado yo a Saul con estas palabras de la propia poeta: «Amor es vida y vida, inmortalidad; y si en esto dudas, querido, nada tengo que mostrarte entonces, salvo el calvario».
No sé por qué estas palabras, no sé por qué.


*Son versos de Emily Dickinson en la traducción de Silvina Ocampo.


De "Los antepasados"

23.1.15

Mary Ann Clark Bremer. Una pasión parecida al miedo

Habíamos paseado durante horas por el casco antiguo de Berna, deteniéndonos aquí y allá, ante rincones y puertas y escaparates, admirando aquello que a otros apenas causa admiración, y, al anochecer, sin haber pensado siquiera en cenar o pasar por el hotel en el que ambos nos alojábamos, habíamos intercambiado ya, entre signos de asentimiento, la lista de nuestros músicos favoritos.
El café donde decidimos descansar un poco no era tan oscuro como hubiéramos deseado, aunque buscamos el rincón con la iluminación más tenue. Bebimos coñac y chocolate muy caliente, y el coñac ponía alegría en la conversación cuando quedaba en sordina la tristeza; en algún momento, cuando la confianza creció, él se refirió a su mujer muerta y yo mencioné a mi hombre muerto.


Principio de "Una pasión parecida al miedo"



4.6.14

Mary Ann Clark Bremer. Sobre "La casita" de Jean François de Bastide

Sólo conjeturas tengo. 
"Ella no habría temido aventurarse si se hubiera sentido indiferente; pero la perturbación secreta que experimentaba le hacía temer todo." 
Qué provocaron estas palabras en el interior de la Princesa? Palabras viejas en una nueva edición, o al menos intonsa, o al menos como recién nacida, de aquel relato de De Bastide.

De "El librero de París y la Princesa Rusa"

23.4.14

Mary Ann Clark Bremer. El librero de París y la Princesa rusa

París, 196..., calle Nicolás Flamel. Cuántos meses viví allí? Cuántas veces caminé hasta el cercano Sena, cruzando la Rue de Rivoli? En cuántas ocasiones, después de visitar a la señora S., pariente lejana de Saúl, el viaje de ida en un taxi, tomé de vuelta el autobús 96 y me bajé en la Rue de Turenne para caminar un poco, no demasiado, pues me cansaban aquellas largas conversaciones sobre muertos y ausencias, hasta llegar a "casa"?


Principio de "El librero de París y la Princesa rusa"

26.5.13

Mary Ann Clark Bremer. La herencia de las mujeres sensibles...

   El cuaderno no era un confesor, sino el taller donde me abría en canal a mí misma y analizaba mis vísceras y mis pensamientos. Y había, dentro del cuaderno, tickets, fotografías, billetes, sellos, alguna hoja o alguna flor.
   "La herencia de las mujeres sensibles", reía Fanny. "Las mujeres siempre han coleccionado levedades dentro de sus cuadernos".
   Y aquello nos parecía hermoso a las dos, formar parte de una herencia de silencio y escritorio y cubrecama. No desdeñaríamos lo que la comunidad de las mujeres nos había entregado casi sin saberlo. Y claro que el cuaderno podía ser una "bagatela", pero no se trataba sólo del cuaderno, como tampoco se trataba sólo de las palabras de Virginia Woolf.
     
De "Cuando acabe el invierno"

10.5.13

Mary Ann Clark Bremer. Cuando acabe el invierno

   Los libros de aquel fin de año en Nueva York fueron seis, y todos de Virginia Woolf.
   Fue mi mejor amiga durante aquellos días en que nevaba cada poco y mi única prima acababa de ser madre: Margaret o Maggi o Mag se llamaría la niña.
   Le regalé un cuaderno a su madre: para que me escribiera sobre ella, para que me contara, cuando le viniera en gana, cómo iba creciendo, a quien se parecía, qué juegos eran sus favoritos.
   En una tienda de antigüedades encontré dos muñecas rusas de principios de siglo para que adornaran el cuarto de la pequeña. Las limpiaron con cuidado y las envolvieron con un papel de color carmesí.
   La caja era blanca, de un cartón suave, como bruñido.
   Al salir, la nieve me llegaba a los tobillos y alguien silbo muy cerca pidiendo un taxi.
   -Para usted, señora -dijo aquel muchacho de ojos grises antes de desaparecer bajo la nevada en dirección al Hudson.
   Agradecí el gesto, pero despedí al taxista con una propina. Me quedé delante de aquel escaparate. No me importaba el frío. Amaba la nieve desde que era tan pequeña como Margaret o Maggi o Mag, o al menos desde que podía recordar.
   Era la primera vez que me llamaban "señora".
   En el escaparate brillaban las luces de Navidad, unas luces tan antiguas como las dos muñecas rusas de algún exiliado.
   No sé cuanto tiempo estuve allí.
   De repente sentí deseos de volver al hotel y enfrascarne en la lectura de alguno de aquellos libros de Virginia, de ponerme unas pantuflas y sentarme a este lado de la nevada, a cubierto.
   Pensé en Saul, con quien hubiera querido compartir aquella última tarde del año. Pero Saul había muerto luchando en Egipto.

Primer capítulo de "Cuando acabe el invierno"

12.9.12

Mary Ann Clark Bremer. Dickens

-Ha leído usted a Dickens? -le pregunté.
-Para qué, habiendo tantos excelentes autores franceses -replicó él, cuadrándose casi.
-La primera ficha de esta biblioteca de verano, irá a su nombre, ha de dar ejemplo, no le parece? Historia de dos ciudades, de Charles Dickens. No hay comienzo más hermoso que sus primeras páginas, ni final más justo que las ultimas.


De "Una biblioteca de verano"

3.9.12

Mary Ann Clark Bremer. Katherine Mansfield


   "La segunda clienta de la nueva biblioteca fui yo misma. Hacía tiempo que sentía deseos de leer alguna obra de Katherine Mansfield. Cada vez que me había acercado a ella, alguna palabra, alguna frase cualquiera, me había empujado muy lejos: quizá me hablaba demasiado cercanamente. Esto lo supe luego. Sus personajes se parecían, de algún modo, a mí misma. Y quizá no amaba yo aquello de mí en lo que ellos se me asemejaban."


De "Una biblioteca de verano"

28.8.12

Mary Ann Clark Bremer. Una biblioteca de verano


   Aquel verano fue el primer verano después de la guerra, casi dos años después de la muerte de mis padres en el Canal de la Mancha, sólo unos meses más tarde de la muerte del tío Marcel en su cama de La Bienhereuse.
   Yo había sobrevivido al ataque del submarino alemán que asesinó a mis padres y había pasado días de ceguera y miedo en un hospital sin nombre.
   Días de llanto.
   Luego llegué a D., me instalé en La Bienhereuse y me converti en bibliotecaria por unos meses.
Fueron los más felices de aquel tiempo.



De "Una biblioteca de verano"