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8.7.24

Edith Wharton. La piedra de toque

"El profesor Joslin, quien, como nuestros lectores bien saben, acomete la tarea de escribir la biografía de la señora Aubyn, nos pide que expongamos que contraerá una deuda impagable con cualquier amigo de la famosa novelista que pueda proporcionarle información acerca del periodo anterior a su llegada a Inglaterra. La señora Aubyn tenía tan pocos amigos íntimos y, en consecuencia, tan pocos corresponsales que, en el supuesto de que existieran cartas, éstas tendrían un valor muy especial. La dirección del profesor Joslin es: 10, Augusta Gardens, Kensington. Asimismo nos ruega que digamos que devolverá con prontitud cualquier documento que se le confíe".
Glennard soltó el Spectator y se volvió hacia la chimenea.


Principio de "La piedra de toque"
    

16.10.23

Edith Wharton. Francia combatiente

El día 30 de julio de 1914, tras salir de Poitiers con dirección norte, almorzamos bajo los manzanos en un lugar próximo a la carretera, a los pies de una pradera. Ante nuestros ojos, a derecha e izquierda, se extendían nuevos terrenos agrestes que conducían hacia un bosque y hacia la torre del campanario de un pequeño pueblo. Todo a nuestro alrededor desplegaba la tranquilidad del mediodía, y nos mostraba esa sobria disciplina que con tanta facilidad la memoria del viajero está dispuesta a evocar como propia del paisaje francés. A veces, estos campos divididos por simples muros de piedra y esas aldeas grises y compactas pueden parecerle, incluso a alguien acostumbrado al lugar, espacios monótonos e insulsos; en cambio, en otros momentos, una imaginación sensible es capaz de captar en cada pedazo de tierra, e incluso en cada surco, la vigilante e incesante fidelidad que generaciones y generaciones vinculadas a la tierra han mantenido hacia ella. El propio pedazo de paisaje que se mostraba ante nosotros nos hablaba, línea a línea, de ese mismo vínculo. El aire parecía llegarnos cargado de los prolongados murmullos del esfuerzo humano, del ritmo de las labores que han de repetirse una y otra vez, y la serenidad de la escena parecía alejar de nosotros con una sonrisa los rumores de guerra que nos venían persiguiendo desde el inicio de la jornada.


Principio de "Francia combatiente"
    

9.11.22

Edith Wharton. El arrecife

"Obstáculo inesperado. Por favor, no vengas hasta el treinta. Anna."
Durante todo el trayecto, desde Charing Cross a Dover, el tren había martilleado las palabras del telegrama al aído de George Darrow con todos los matices irónicos de sus vulgares palabras, que sonaban como una descarga de mosquetes. Una a una, se introducían en su cabeza con frialdad y lentitud, o se esparcían y trastocaban como dados arrojados por dioses malévolos. Ahora, al salir de su compartimento al muelle y recorrer con la vista el andén barrido por el viento así como, a lo lejos, el mar embravecido, las palabras saltaban sobre él desde las crestas de las olas y lo hostigaban y cegaban con agravios húmedos y furiosos.


Principio de "El arrecife"
    

27.4.22

Edith Wharton. Las costumbres nacionales

-Undine Spragg, cómo te atreves? -protestó su madre, levantando una mano prematuramente ajada y repleta de anillos para salir en defensa de la nota que acababa de entregar un apático botones.
Pero su defensa era tan frágil como su protesta, y siguió sonriendo a su visita mientras la señorita Spragg, con un rápido movimiento de sus jóvenes dedos, se apoderaba de la carta y se apartaba para leerla junto a la ventana.
-Supongo que es para mí -se limitó a decirle a su madre por encima del hombro.


Principio de "Las costumbres nacionales"
    

24.1.22

Edith Wharton. Ella no pensaba de forma conexa...

Ella no pensaba de forma conexa en esas cosas mientras aguardaba a Harney, pero permanecían en su mente como un hosco telón de fondo contra el cual las cortas horas que pasaba con él flameaban como los incendios forestales. Nada más importaba, ni lo bueno ni lo malo, o lo que podría haber parecido que lo era antes de conocerlo a él. Harney la había recogido y llevado al interior de un mundo nuevo del cual, a horas señaladas, el fantasma de ella regresaba para realizar ciertos actos acostumbrados, pero era todo tan tenue e insustancial que a veces se maravillaba de que las personas entre las que se movía pudieran verla...


De "Estío"
    

11.8.21

Edith Wharton. Sin embargo...

Sin embargo, como ya aprendiera en cierta ocasión, uno podía hacer lo que se propusiera (tal vez incluso matar) siempre que no tratase de dar explicaciones, y esta era una lección que no había olvidado.
   
   
De "La solterona"
   

24.1.21

Edith Wharton. La vida...

La vida es la cosa más triste que existe, después de la muerte; sin embargo, siempre hay nuevos países que ver, nuevos libros que leer (y que escribir, espero yo), otras mil maravillas diarias ante las cuales admirarse y alegrarse, y esos momentos mágicos en que el mero descubrimiento de que hay tres polluelos en el nido de la golondrina puede transformar tu desesperación en deleite. El mundo visible es un milagro cotidiano para quienes tienen ojos y oídos; y todavía me caliento agradecida las manos al fuego del antiguo hogar, aunque cada año este fuego se alimente de la leña seca de más y más recuerdos del pasado.


Final de "Una mirada atrás"
    

12.6.20

Edith Wharton. Una mirada atrás

Unas palabras previas

Años atrás me dije a mí misma: "La vejez no existe; sólo existe la pena." Con el paso del tiempo he aprendido que esto, aunque cierto, no es toda la verdad. Otro generador de vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía.
Afortunadamente, la vida inconsecuente no es la única alternativa, pues tan ruinoso como la rutina es el capricho. El hábito es necesario; es el hábito de tener hábitos, de convertir una vereda en camino trillado, lo que una debe combatir incesantemente si quiere continuar viva.


Principio de "Una mirada atrás"
   

12.11.19

Edith Wharton. Los niños

Mientras el gran buque de pasaje flotaba entre un enjambre de remolcadores en la bahía de Argel, Matin Boyne contemplaba desde la cubierta de paseo el pelotón de pasajeros de primera clase que abarrotaban la pasarela, mirando arriba, ofreciendo inconscientemente el rostro a su observación.
"Ni un alma con quien me apetezca hablar... como siempre!"


Principio de "Los niños"
    

11.8.19

Edith Wharton. Lo peor de cumplir con el deber de uno...

Lo peor de cumplir con el deber de uno era que aparentemente le imposibilitaba para hacer cualquier otra cosa.


De "La edad de la inocencia"

11.8.17

Edith Wharton. Almas estancadas

El compartimento iba lleno cuando el tren salió de Bolonia, pero en la primera estación después de Milán, su único compañero de viaje (una persona educada que comía ajo de una bolsa), hizo una inclinación de cabeza y se fue, dejando el asiento lleno de migas.
Lydia se quedó mirándole con pesar hasta que su espalda de paño brillante desapareció entre la nube de taxistas y maleteros que pululaban por la estación; volvió luego la mirada hacia Gannett y advirtió el mismo pesar en su expresión. Ambos lamentaban quedarse solos.


Principio de "Almas estancadas"
uno de los relatos de la antología "Viajes indiscretos"
   

21.11.16

Edith Wharton. Estío


Una muchacha salió de la casa del abogado Royall, al final de la única calle de North Dormer, y se detuvo en el escalón de la puerta.
Era el comienzo de una tarde de junio. El cielo transparente como un manantial bañada con un sol plateado los tejados de las casas, los prados y los bosques de alerces circundantes. Un viento suave se movía entre las redondeadas nubes blancas sobre los contrafuertes de las colinas, llevando sus sombras a través de los campos y de la carretera cubierta de hierba que adquiere el nombre de la calle al pasar por North Dormer. 


Principio de "Estío"

30.9.16

Edith Wharton. La edad de la inocencia

Una noche de enero, a principios de los setenta, Christine Nilsson cantaba Fausto en la Academia de Música de Nueva York. Aunque ya se hablaba de la construcción, a remotas distancias metropolitanas, «por encima de las Calles Cuarenta», de un nuevo Teatro de la Ópera que competiría en costo y esplendor con los de las grandes capitales europeas, el mundo elegante se contentaba todavía con reunirse cada invierno en los destartalados palcos rojos y dorados de la vieja y entrañable Academia. Los conservadores la adoraban porque era pequeña e incómoda, dificultaba el acceso de la «gente nueva» que Nueva York empezaba a temer sin por ello ser ajena a su atracción; los sentimentales se aferraban a ella por sus reminiscencias históricas, y los melómanos por sus excelentes condiciones acústicas, cualidad siempre tan problemática en las salas construidas para la audición de música.


Principio de "La edad de la inocencia"

22.7.15

Edith Wharton. Madame de Treymes

De pie ante la puerta del hotel de la rue de Rivoli y mientras aguardaba pacientemente a que madame de Malrive se pusiese los guantes, John Durham contemplaba el radiante mediodía sobre los jardines de las Tullerías.


Principio de "Madame de Treymes"

19.12.14

Edith Wharton. Los otros dos


Junto a la chimenea del salón, Waythorn esperaba a que bajase su esposa a cenar.
Era la primera noche que pasaban juntos bajo techo propio, y se sentía sorprendido por emocionarse como un muchacho.


De "Los otros dos"
En la antología "Voces proféticas"

8.10.14

Edith Wharton. Santuario

Resulta poco frecuente que la juventud se permita una felicidad perfecta. Da la impresión de que deben realizarse demasiadas operaciones de selección y rechazo como para poder ponerse al alcance del subyugante despertar de la vida.


Principio de "Santuario"

16.9.14

Edith Wharton. La tragedia de una musa

A Danyers le gustaría luego imaginar que había reconocido en seguida a la señora Anerton; aunque, por supuesto, era algo absurdo, pues jamás había visto un retrato de ella -guardaba el más estricto anonimato, y negaba su fotografía incluso a sus más allegados-, y a la señora Memorall, a quien veneraba y cuya amistad cultivaba, sólo había logrado sonsacarle una frase impresionista: "Bueno, ella es como uno de esos viejos grabados en los que las líneas sustituyen al color".


Principio de "La tragedia de una musa"
De "Cuando se abrió la puerta"

12.7.14

Edith Wharton. Autres temps

Cuando la descomunal y amenazadora sombra de Nueva York se perfiló al otro lado de las aguas, la señora Lidcote se retrajo en el rincón de cubierta donde estaba sentada y escuchó con una especie de terror irracional el sonido incesante de las hélices que giraban.


De "Autres temps"
uno de los relatos de la antología "Entre horas"

30.3.14

Edith Wharton. El ajuste de cuentas


«La ley matrimonial de la nueva dispensa será: "no serás infiel... a ti mismo".»
Un discreto murmullo de aprobación llenó el estudio y, a través de la nube de humo de cigarrillos, Mrs. Clement Wesfall observó cómo su marido se vio rodeado por un grupo de señoras que le daban la enhorabuena conforme bajaba de la improvisada tribuna.



De "El ajuste de cuentas"
uno de los relatos de "Fin de siècle:
relatos de mujeres en lengua inglesa"

19.12.13

Edith Wharton. Una mujer no deja nunca de pensar...

Una mujer no deja nunca de pensar en el hombre al que ama. Piensa en él durante muchos años, de distintas formas y de manera inconsciente, lo hace a través de un sinfín de cosas: libros, cuadros, puestas de sol, una flor, una cinta... o un reloj sobre la repisa de la chimenea.
   
De "La solterona"