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6.6.23

Maxine Kumin. Reaprendiendo el idioma de abril

Donde este hombre recorre sus campos,
los sauces hacen pliés con verdes cordones,
vuelan pestañas de los blancos ciruelos,
los escuálidos olmos comienzan a abrir sus armazones.

Cuando él pasa, liviano con la mañana,
los terriers, enterrados hasta el rabo en una cueva de marmotas
estallan para seguirlo,
las ardillas chirrían como cardenales.

Cinco ponis de orejas alertas
se levantan de su serio masticar.
Las condenadas vacas, mostrando
sonrisas inteligentes, se dan la vuelta.

Por millas a la redonda, los campos arados
sueltan una dulce rancidez
tibia como la esperma.

Me tiro en la gorda falda del mediodía
oyendo las quejas de las palomas.
A lo lejos, un tartamudeo de gansos tocan alarmas.

Una vez más, cuerpo. Vieja Pintada,
cómo pudiste engañarme así
en los despreocupados brazos de la primavera?




En "De la nieve, los pájaros"
     

6.6.17

Maxine Kumin. Cambiando a los chicos

La ira lo hace.
Deseando el furioso deseo
convierte al hijo en un cuervo,
a la hija, en puercoespín.

Bastante pronto, no importa cómo,
queremos que sean felices
nuestros pequeños queridos, no
importa cuánto los empujemos
hacia nuestro sol que quizás
brille sobre ellos, lloran para
quedarse en la mercería.
La furia arrasa.
La furia se encapricha.

Ahora el hijo negro-barniz en un árbol,
cuervo regañon, denuncia la raza
de padres, y la hija dorada
toda arqueada con cerdas encrespadas
deja garabatos sobre la corteza del árbol
escribe cómo el Sin Nombre
la acosó en la oscuridad.

Cómo poner fin a ese hechizo cruel?
Bajar al hijo del árbol con un rifle.
Meter gusanos entre sus plumas
que lo devoren hasta la esencia ósea de niño.

En primavera, cuando el puercoespín llega
todo furtivo y contoneante para alimentarse de los sauces
sorprenderla con un mazazo
la niña atrapada saldrá volando
gritando Papá! o Pablo!
o, tal vez, Precioso?

Y viviremos en la gloria
durante un año y un día hasta
que la rabia legítima de padres
esta vez despache al muchacho
en el uniforme de un sapo
que vomita verrugas contagiosas
mientras que la niña se reduce a una araña
obligada a hilar desde sus costuras
la saliva del falso arrepentimiento.

Eventualmente los recuperamos.
Ahora son adultos.
Son muy parecidos a nosotros.
Se despiertan por la mañana sin remedio.
No hay virgen entre ellos.
Somos corteses el uno con el otro.
Nos paramos en la cocina
cortando el pan, secando las cucharas
y sintonizamos el pronóstico meteorológico.



En "De la nieve, los pájaros"
    

15.10.16

Maxine Kumin. Haciendo dulce sin vos

      Para Judy

Anciana hija, pequeña de plumas
bajo los aleros en un pueblo de postal
con torretas y torres,
voy poniendo un sueño en tu cabeza.

Escuchá! Acá es de tarde.
La lluvia cae como balas.
Estoy en la cocina
ese harén de buenos aromas
donde hemos chocado caderas y
resquebrajado las alacenas con nuestras charlas
mientras la cocina bailaba con las ollas
y no estaba claro quién actuaba
de madre. Ahora estoy
pisando zarzamoras
para hacer el dulce de todos los años
en un blanco capullo de vapor.

Tomalo, mi durmiente. Traducilo
a cualquiera de tus tres
idiomas y diecinueve años.
Cambiá la geografía.
Que haya una montaña,
las gordas vacas con sus cencerros repicando
como las campanas de una catedral.
Que haya alguien a tu lado
mientras encontrás las ruinas
de un schloss, todo cubierto
con un glorioso matorral,
sus enredaderas suaves como la lana.
Dejalo traer los baldes
cargados en sus brazos de ángel
y que las bayas, más vastas
que cualquier búsqueda por
las suaves colinas de Nueva Hampshire,
caigan en tu cubeta grandes como ciruelas,
pesadas como los ojos
de cualquier perro honesto
y puedan cargarlas
juntos a casa hasta una rústica
cocina cuadrada y blanca
no tan distinta de ésta.

Ahora que sus dos cabezas
se toquen por sobre la olla,
sobre la sangre de las bayas
que maman azúcar y sol
sobre aquel hervor espeso como el alquitrán
que el amor no puede menguar.
Más claro que
los adornos de las repisas,
llenándose con los frascos de dulces,
más seguro que
la luz que los traspasa
banales como rubíes, lo veo a él
a tu lado, tan pálido como parafina.
A vos, cortando
pan recién horneado para untarlo
con el brillante y majestuoso abrigo.

A esa altura
levanto la solapa de tu sueño
y me escurro más delgada que una astilla de hielo
mientras sus dos bocas se abren
para la dulce mancha púrpura.




En "De la nieve, los pájaros"

2.11.15

Maxine Kumin. Somos

Amor, somos un pequeño estanque.
En nosotros ranas amarillas toman el sol.
Sus ancas cuelgan. Sus muslos se abren
como las piernas de los recién nacidos.
Chinches de agua hacen pensar en incisiones sobre nuestra piel
pero no dejan huellas de sus caricias.
Tocar es así. Y cuánto evoca tocar.

Aquí mismo las bayas más negras engordan
sobre el estanque de nuestro ser.
Es un mes fértil para las malas hierbas.
Sobresalen como las mandíbulas de los reyes de Habsburgo.
Mañana harán gotear su sangre
mientras la planta de algodoncillo rompe su algodón
dejando sólo secas espinas y apretadas semillas.

Mientras tanto aún sabiendo
que el tiempo baja a cerrar la puerta
-impetuoso, justo, cristalizándose en los huesos
con hielo y con algo más-
pululamos, nos entendemos. La plataforma de hielo
todavía es trópico. Y aún sabiendo
que ninguno de nosotros puede alcanzarse a sí mismo

lo intentamos.
Amor, lo intentamos.




En la antología "Siete poetas norteamericanas actuales"

6.6.15

Maxine Kumin. Continuum: un poema de amor

ir a coger uvas con
la escalera y el balde bajo
las primeras lluvias torrenciales
de septiembre     la lluvia
empapando el polvo
en un alegre chapoteo      el cielo
levantado como el vapor
de un tarro de uvas
hirviendo     uvas silvestres
terriblemente altas     enredadas en telarañas
de mosto y esputos de chinches
ir a coger uvas    año
tras año     nosotros dos con
la escalera y el balde manchado
por la lluvia de uvas
nuestro lenguaje privado




En la antología "Siete poetas norteamericanas actuales"

20.3.15

Maxine Kumin. Después del amor

Después, la transigencia.
Los cuerpos reasumen sus límites.

Estas piernas, por ejemplo, mías.
Tus brazos te reciben de nuevo.

Cucharas de nuestros dedos, los labios
admiten su propiedad.

La ropa de cama bosteza, una puerta
se entreabre por causalidad

y por encima de nuestras cabezas, un avión
salmodia al aterrizar.

Nada ha cambiado, salvo
ese momento en que

el lobo, el lobo traficante
que espera al otro lado de uno mismo

se echó ligeramente, y se durmió.




En la antología "Siete poetas norteamericanas actuales"

19.10.07

Maxine Kumin

Maxine Kumin (Filadelfia, Pensilvania, 6 de junio de 1925 - Warner, Nuevo Hampshire, 6 de febrero de 2014) fue una poetisa estadounidense.


Obras citadas en este blog: