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20.7.26

Auður Ava Ólafsdóttir. La verdad sobre la luz

RECIBO AL BEBÉ CUANDO NACE, LO ALZO Y LO MUESTRO AL MUNDO

Para poder morir, primero hay que nacer.
  
Ya casi es mediodía cuando por fin se rasga la noche polar y el astro de fuego despunta en el horizonte. Una franja de luz rosada, apenas más ancha que un peine de bolsillo, se cuela entre las cortinas del paritorio y se posa sobre la mujer que sufre acostada en la camilla. La futura madre levanta un brazo y, antes de dejarlo caer, abre la palma de la mano para atrapar la claridad del alba. En la piel estirada del vientre lleva tatuado medio kiwi repleto de semillas, parece cortado con un cuchillo afilado, pero ahora la tinta se ha agrietado y las letras de la inscripción que se lee debajo se han separado: T u y a p a r a s i e m p r e. Cuando el bebé nace, la fruta velluda se encoge.
Me pongo la mascarilla y la bata.
Ha llegado el momento.
La más dura de las experiencias humanas.
Nacer.
La cabeza asoma y, un instante después, sostengo el pequeño cuerpo viscoso impregnado de sangre.
Es un niño.
No sabe quién es ni quién lo ha traído al mundo. Por no saber, no sabe ni qué es el mundo.


Principio de "La verdad sobre la luz"
    

27.6.25

Auður Ava Ólafsdóttir. La mujer es una isla

Así es como lo veo cuando vuelvo la vista atrás y lo recuerdo, aunque quizá no sea en el orden correcto. De todos modos, estamos allí juntos en el centro de la foto, yo lo agarro por lo hombros y él me abraza también a mí -dada su condición, bastante más abajo-, un mechón castaño oscuro me cae sobre la frente, tan pálida, él muestra una sonrisa de oreja a oreja y estira la mano cerrada, sujetando algo.


Principio de "La mujer es una isla"
     

9.6.24

Auður Ava Ólafsdóttir. Rosa candida

Como me voy del país y es difícil prever cuándo volveré, mi padre, de setenta y siete años de edad, quiere convertir nuestra última cena en algo memorable y cocinar algo sacado de la carpeta de recetas manuscritas de mamá, algo que ella habría podido cocinar en una ocasión parecida.


Principio de "Rosa candida"
    

29.2.24

Auður Ava Ólafsdóttir. La escritora

1942

LA CÁMARA DE LA QUE ME DIO A LUZ

Un día, estando embarazada de cinco meses de ti, encontré un nido de águilas, un simple hueco de dos metros abierto entre el raigrás al borde de un precipicio, junto al río. En su interior se acurrucaban dos crías bien cebadas, yo caminaba sola y el águila volaba en círculos sobre su nido y sobre mi cabeza, batiendo con fuerza sus alas, una de ellas desplumada, pero sin atacarme. Supuse que era la hembra. Su sombra negra me siguió hasta la puerta de casa, como una nube que oculta el sol. Entonces tuve el presentimiento de que esperaba a un niño y decidí que lo llamaría Örn, "águila". El día en que naciste, tres semanas antes de tiempo, el águila volvió a sobrevolar la granja. El anciano veterinario, que estaba en nuestra finca inseminando una vaca, fue quien te trajo al mundo. Su última labor antes de jubilarse consistió en dar la bienvenida a un recién nacido. Cuando salió de la vaqueriza, se quitó las botas de agua y se lavó las manos con una pastilla nueva de jabón Lux. Entonces te alzó en sus brazos y proclamó:
-Lux mundi.
La luz del mundo.
El veterinario, aunque habituado a dejar que las hembras lamieran a sus propias crías, llenó de agua el barreño de las morcillas para darte un baño. Yo lo observaba mientras se arremangaba la camisa de franela y sumergía los brazos hasta los codos. Tu padre y él se ocupaban de ti, yo los veía de espaldas.
-Es la hija de su padre -anunció tu padre antes de añadir en voz alta y clara-: Bienvenida, pequeña Hekla.
Había escogido tu nombre sin habérmelo consultado.


Principio de "La escritora"