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27.2.25

Elena Martín Vivaldi. Porque unos labios dicen

(Homenaje a Vicente Aleixandre)

Mi nombre fue un sonido
por unos labios...
Vicente Aleixandre

Porque un nombre es un nombre,
solo existe
cuando madura, fruto, en otra boca,
y se hace aroma, se hace sabor. Y crece.
Completa el mundo.
Nace.
Y ya es un hombre, una mujer. No símbolo.
El círculo cumplido.
Alguien que existe porque lo han nombrado los presentidos labios.
Y tras el nombre, siente,
oye y sueña,
asiste a la creación, comtempla, atiende
la luz al desvelarse.
Escucha al viento,
mira
la luna entre la acacia,
acaricia la lluvia y la recibe,
cree en el dolor y vive de amarillos.
Toca, y sus manos saben de la dura corteza y del ufano
resplandor de la carne.
   
Y vive y mira, ve. Siente en su pulso
el río desbocado de la sangre.
Las cosas tienen rasgos. Se perfila aquel rostro,
líneas que redondean la esperanza.

Porque ya empieza un nombre.
y andan de nuevo todos los relojes,
las horas se extasían de minutos
reales y tangibles,
y se abren los minutos en segundos,
latiendo en cada uno total vida.
Que ahora son verdad todas las sílabas,
una a una brillantes en sorpresa y asombro,
significando, siendo.
   
Porque ahora es ya un sonido
lo que antes fuera sombra en un silencio:
porque unos labios dicen.


En "Los cien mejores poemas de amor en español"
    

16.11.19

Elena Martín Vivaldi. Soledad

Y era un silencio duro como piedra;
un silencio de siglos.
Era un silencio adusto, impenetrable;
un silencio sin venas.
Era un dolor de amor, hecho de largas
noches sin el amado.
Hecho de fieles manos que se tienden
estremecidas, solas.
Era una voz dormida entre sombras,
unas lágrimas secas.
Febril temblor de labios, una loca
esperanza desierta.
   
   
(De El alma desvelada, 1953)


En la antología "Poesía soy yo.
Poetas en español del siglo XX (1886-1960)"
    

26.1.13

Elena Martín Vivaldi. Otro domingo


Leyendo un libro de Virginia Woolf


Y es de nuevo domingo.
Y la tarde envejece,
y tiene un corazón lastimado de nombres,
herido de renuncias,
y un silencio despierto por anónimos pasos,
pulso gris de la casa.
Y estoy sola
y leo
un libro:
alma
que se desnuda,
que dice del recuerdo,
de la vida que pasa,
de los hombres que existen, a pesar de su historia;
de problemas y nimios sucedidos,
de cosas que, sin embargo,
ponen su temblor hacia el labio.
Y estoy sola,
y quisiera
que el teléfono hablara,
que hablaran los extraños,
que cruzaran imágenes,
las próximas y ausentes.
Imagen,
compañía,
voces que se entrelazan.

Y es domingo.
Y como siempre es tarde.
Debo negarle al llanto
su alivio de almohada,
su consuelo prohibido
por leyes de esta hora.
Y debo estar en pie,
desviar la mirada,
arrinconando el fácil peligro a la tristeza,
negándome a su astuta
maquinación,
su trampa.
Pero ya es noche. Escribo
—y estoy sola— y el mundo
gime. Existen calles, tráfico,
enamorados, gentes,
las ciudades.
Hay un hombre,
otro hombre,
más dolor,
risas, luces.
Hay crímenes, angustias.
Y chocan
por el aire palabras sin sentido.

Y estoy sola, es domingo.
Un cigarrillo ... , otro,
un contener las manos
que descubren, apresan la soledad.

Es la vida. Página densa, en blanco,
colmada,
rota,
sucia de barro;
alucinante,
limpia,
manancial, casi río.
Vida.

Ya no hay tarde. Es domingo,
y escucho
otra vez el silencio.


de la Antología general de poetisas españolas
Tomo III: De 1940 a 1975