Mostrando entradas con la etiqueta *El canto de la décima Musa. Poesías del Renacimiento y el Barroco. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta *El canto de la décima Musa. Poesías del Renacimiento y el Barroco. Mostrar todas las entradas

25.2.23

Vittoria Colonna. De mi sol claro, con la muerte ciego...

De mi sol claro, con la muerte ciego,
aquí miro doquier las dulces huellas;
ciego no; más allá de las estrellas
arde con luz más clara y vivo fuego.
   
Aquí vencido de mi amante ruego,
él me mostró sus cicatrices bellas,
y yo mis labios estampaba en ellas,
y las bañaba de mi llanto el riesgo.
   
Sus brillantes victorias me contaba
y el modo y la ocasión con la serena
faz con que abría la contienda brava.
   
De llanto rompo en dolorosa vena,
pues lo mismo que un tiempo en alegraba
me causa ahora inconsolable pena.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

18.2.22

Sor Juana Inés de la Cruz. A su retrato

Este que ves, engaño colorido,
que, del arte ostentando los primores, 
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
   
este, en quien la lisonja ha pretendido 
excusar de los años los horrores,
y venciendo del tiempo los rigores 
triunfar de la vejez y del olvido,
   
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado:
   
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

14.2.22

Aphra Behn. La amante dispuesta. Canción

Aminta me condujo a una arboleda,
donde todos los árboles nos cubrían;
el propio Sol, pese a haberlo intentado,
no consiguió traicionarnos.
   
El lugar, seguro de ojos humanos,
ningún otro tenor permite,
excepto cuando los vientos que, suavemente, crecen
besan a las reclutas ramas.
   
Allí, nos sentamos sobre el musgo,
y comenzamos a hacernos
mil trucos amorosos para pasar
el calor de todo el día.
   
Muchos besos me daba él,
y yo los mismos le devolvía,
de recibir feliz me hacía 
lo que no me atrevo a pronunciar.
   
Sus ojos de ensueño ayuda no precisaban
para contar su suavizante cuento;
en ella eso fuego ya era,
fácil era eso para dominar.
   
No hacía sino besarme y apretarme contra sí, 
mientras esos mismos pensamientos expresaba,
y sobre la tierra, suavemente, me recostaba. 
Ah! quién adivinará lo que pasó después?


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
   

13.2.22

Violante do Ceo. Si apartada del cuerpo la dulce vida...

Si apartada del cuerpo la dulce vida,
domina en su lugar la dura muerte,
de que nace tardarme tanto la muerte,
si ausente del alma estoy, qué me da vida?
   
No quiero sin Silvano ya tener vida,
pues todo sin Silvano es viva muerte,
ya que se fue Silvano, venga la muerte,
piérdase por Silvano mi vida.
   
Ah! Suspirado ausente, si esta muerte
no te obliga [a] querer venir a darme vida,
cómo no me viene a dar la misma muerte?
   
Mas si en el alma consiste la propia vida,
bien sé que si me tarda tanto la muerte,
que es porque sienta la muerte de tal vida.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

10.2.22

Bernarda Ferreira de Lacerda. A la divina Teresa, reformadora de la vida solitaria

Ya de las piedras pequeñas,
que cuando niña juraste,
es la soledad engaste 
y ellas grandísimas peñas.
   
De tu valor, dando señas
forman (Teresa divina),
alta escala peregrina,
que llega al cielo más alto,
a quien da feliz asalto
el que por ella camina.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

6.2.22

Louise Labé. Ni Ulises ni otro nadie más astuto...

Ni Ulises ni otro nadie más astuto
aventurado hubiera en su semblante
tan divino, agraciado y respetable,
el afán y el quebranto que yo sufro.
   
Porque, Amor, con los bellos ojos tuyos
tal llaga en mi alma ingenua perforaste 
-nido ya de calor para albergarte-
que no podrá tener remedio alguno
  
si no se lo das tú. Que dura suerte:
mordida de escorpión, ayuda clamo
contra el veneno a quien me da la muerte.
  
Solo le pido calme esta agonía;
mas no extinga el deseo a mí tan caro
que si me ha de faltar me moriría.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
   

3.2.22

Luisa Sigea. Sintra (Fragmento)

Guardan un sitio las hesperias playas
do, en ebúrnea carroza conducido,
cuando vence la noche al claro día,
su radiante corona el sol estivo 
desciñe, y los corceles fatigados
baña el ponto en los cristales fríos.
Un valle, do murmuran frescas aguas,
cercan peñascos hasta el cielo erguidos,
el mar dominan y tocar parecen
la etérea cumbre tres enhiestos picos.
Y si no orlaran su cabeza nubes,
dijérase que en ellos sostenido,
como en pilares de diamante inmobles, 
del cielo estriba el eternal zafiro.
Moran allí los Faunos saltadores,
y el antro de las fieras escondido
penetra el cazador, de astucia armado,
que hiere con la madre al cachorrillo. 
Sus verdes hojas desplegando el roble
de la intrincada selva en el recinto,
sombra y morada placentera ofrece
a Silvanos y Sátiros lascivos.
El haya crece allí, crece la encina
y el álamo de Alcides escogido,
y el peral, el cerezo y el castaño
con las flexibles ramas del corylo. 
Y otros dones innúmeros, que al hombre
feliz para sustento ha concebido
la bondad de los dioses inmortales,
míranse a breve espacio reducidos.
Allí la rubia Ceres por su mano
enseña a cultivar el sueño opimo,
semillas lanza, y las alegres mieses 
hace luego brotar del surco hendido.
A la siniestra del florido valle
por do al Arctos el mundo está vecino
alegres bastos a la grey balante 
ofrece Pan en campos extendidos.
(...)


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

30.1.22

Gaspara Stampa. Cuando la dulce primavera vuelve...

Cuando la dulce primavera vuelve 
a todo el mundo, solo a mí me deja;
y a ese país se marcha al alejarse,
que el sol menos calienta con su esfera.
   
Y esas flores que siembra con su mano
Amor, rojas y blancas, en el rostro
de mi señor, del gran hijo de Marte,
a mis ojos darán la última noche,
   
floreciendo a personas que no viven
ni respiran tan solo con su aroma,
cual le sucede a mi penosa vida.
   
Oh, cuán injusto, Amor, o cuán inicuo,
que toleras que estén de los amantes
el corazón y el cuerpo tan lejanos!


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"
    

27.1.22

Vittoria Colonna. Este nudo gentil que a mi alma aprieta...

Este nudo gentil que a mi alma aprieta,
desde que es ya inmortal tan alta causa,
libra a mi corazón de aquellos males
que a los amantes mueven a enfurecerse;
   
pues no pinta la imagen falsa ahora
el Amor en mi mente, ni me asalta
el temor, ni la flecha áurea o de plomo
entre el freno o la espuela, ata o empuja.
   
Con firme fe en aquel estado inmóvil, 
un bello y fiel pensar me lo presenta,
por encima de estrellas, hado o suerte.
   
Ni un día menos desdeñoso ni otro
más altivo, mas siempre estable y santo:
este amor que es el bueno, el firme, el cierto.


En la antología "El canto de la décima Musa.
Poesías del Renacimiento y el Barroco"