19.2.24

Maryse Condé. Historia de la mujer caníbal

El Cabo dormía siempre del mismo modo, acostado cual perro guardián. Tras largas horas de silencio fúnebre, pesado como la pelliza de los antiguos dirigentes soviéticos, un sinfín de motores y máquinas empezaban a petardear y tronar por doquier. A lo lejos, similares a los graznidos de los cormoranes, las sirenas de los primeros ferris desgarraban los jirones de bruma que flotaban a ras de mar. Indicaban así su inminente partida desde la isla de Robben Island, que había pasado de albergar un campo de concentración a ser considerada una atracción de interés turístico internacional. No tardaban en sumarse los frenazos de los autobuses a rebosar, encargados de transportar la miseria desde los bajos fondos al esplendoroso centro de la ciudad. 


De "Historia de la mujer caníbal"
    

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