8.5.24

Louise Glück. Albada

El mundo era muy grande. Luego
el mundo era pequeño. Ah,
muy pequeño, tan pequeño como
para caber en un cerebro.
   
Carecía de colores, era todo
espacio interior: nada
entraba ni salía. Pero el tiempo 
se filtraba en cualquier caso, esa
era la dimensión trágica.
   
Me tomaba el tiempo muy en serio en esa época, 
si mal no recuerdo.
   
Una habitación con una silla, una ventana.
Una pequeña ventana, llena de las formas que dibujaba la luz.
En su vacío el mundo
   
siempre era algo entero, no
un pedazo de otra cosa, con
el yo en el centro.
   
Y en el centro del yo,
un dolor que no me creía capaz de soportar.
   
Una habitación con una cama, una mesa. Destellos
de luz sobre las superficies desnudas.
   
Tenía dos deseos: deseaba
estar a salvo y deseaba sentir. Como si
   
el mundo hubiera tomado 
una decisión contra el blanco
al desdeñar sus posibilidades
y preferir en cambio la sustancia:
   
paneles
dorados donde daba la luz.
En la ventana, las hojas
rojizas del haya.
   
Y al margen de la quietud, hechos, objetos
borrosos o aglutinados: en algún sitio
   
el tiempo se agitaba, el tiempo
pedía a gritos ser tocado, ser
palpable,
   
la madera pulida
resplandecía con cientos de matices...
   
Y entonces volví a ser
una niña que tenía delante la riqueza
e ignoraba de qué estaba hecha la riqueza.


De "Vita nova"
    

No hay comentarios: