Cuando estoy ahí, los árboles,
sobre todo entre los sauces y los algarrobos de miel,
también las hayas, los robles y los pinos,
sueltan tantos indicios de alegría.
Casi diría que me salvan, y a diario.
Disto tanto de la esperanza de mí misma
en la que tengo bondad, y criterio,
y nunca me apresuro por el mundo
sino que ando despacio y me inclino menudo.
A mi alrededor los árboles se revuelven en sus hojas
y llaman, "Quédate un rato".
La luz fluye de sus ramas.
Y vuelven a llamar, "Es sencillo", dicen,
"y tú también has venido
al mundo a hacer esto, ir a gusto, llenarte
de luz y resplandecer".
De "La sed"
En "Devociones"
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