nunca tan desbordante de delicados perfumes y de irisaciones,
nunca tan juguetón y confortador; pero no me afecta,
aunque busco y rezo. Mi dolor es demasiado amargo.
Bebed, ojos míos, la luz dorada que yo misma no veo.
Respirad hondo, pulmones míos, los efluvios del musgo mojado.
Soy una piedra muerta. Olvidadme, vivid para vosotros mismos,
reunid en habitaciones ocultas todo lo que consigáis recoger.
Inaccesible es ese lugar donde la cosecha del día madurará
blanda de fulgores y aromas y susurro. Cuando llegue el momento
su escondite estallará en un denso esplendor. Sobre mí se precipita,
frío y salvaje como una cascada, el recuerdo de un dolor.
De "Los siete pecados capitales"
En "Poesía"
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