1.4.26

Carmen Megías Vicente. 5. La loca que tengo escondida

Perder hasta el encogimiento
hasta difuminarme con el peso de unas ojeras enormes
acusando una presión sobre la cabeza
que conduce por los paños del aturdimiento.
  
Perder hasta cambiar
de color
de sabor
de maneras
buscando a la loca que tengo escondida
para que nadie la vea.
  
Extender los brazos 
observar su onda expansiva 
y remover un vaso de agua con mejunjes
para llevar la pérdida,
la impotencia 
de no saber devolverme en la dosis exacta
entregarme al hilo infructuoso de la soledad.
  
Caer en la trampa.
Pisar las ramas que la cubrían y
caer
caer
caer
como Alicia
a otro mundo donde vuelvo a reencontrarme 
con la que corre de un lado a otro
y sin saber la hora
piensa que llega tarde a todas partes.


De "Bestiary"
    

31.3.26

Marguerite Yourcenar. Peregrina y extranjera

Mediodía: la hora del crimen en Micenas. 
-Apolo! Oh, Apolo, mi asesino!
Quién está aullando de esa manera? Casandra. Ha caído Troya, arden hogueras en las cumbres de la Argólida y los poetas se encargarán de que esos fuegos duren cerca de treinta siglos. En las pendientes de Micenas florecen amapolas rojas, están como engalanadas por orden de Clitemnestra. Pero su color no es el del crimen: sólo el del verano. En lo alto de la Acrópolis, la cuadriga se detiene chirriando ante la puerta de las Leonas; la puerta se abre con otro chirrido. Agamenón, víctima designada, toro que se cree dios, pone el pie sobre alfombras de púrpura, demasiado fastuosas como sabe la misma reina, demasiado sagradas para un hombre, que atraen la envidia divina y justifican por anticipado el desastre. Arriba, en el cuarto de baño de palacio, los amantes adúlteros afilan sus cuchillos como posaderos decididos a sangrar al extranjero, porque después de diez años de guerra, de gloria y de ausencia, Agamenón ya no es más que un extranjero para el corazón de Clitemnestra.


Principio de "Grecia y Sicilia"
El primer ensayo de "Peregrina y extranjera"
    

30.3.26

Sandra Petrignani cita a Marguerite Yourcenar...

Salgo de la piscina, me meto en la ducha, me seco un poco, pero no me tumbo al sol. Me quedo a la sombra porque tengo ganas de seguir leyendo un libro, que ha vuelto a caer en mis manos por casualidad después de mucho tiempo, Peregrina y extranjera de Marguerite Yourcenar. Lo leí por primera vez hace veinticinco años, cuando preparaba un viaje a Estados Unidos, a la isla de Mount Desert, en Maine, para visitar la casa museo de la escritora nacida en Bruselas y cuya vida transcurrió en Francia y en América. He dicho «por casualidad» y haría falta preguntarse qué es la casualidad en este caso. Por qué tuve que abrir Peregrina y extranjera precisamente hoy, una especie de diario lleno de sabiduría? Y leer enseguida gracias a las antiguas marcas que había hecho -una doblez, un subrayado a lápiz, un apunte en el margen- el pasaje que transcribo:
Aceptar que tal o cual ser, a quien amábamos, haya muerto. Aceptar que este o aquel ser no sea más que un muerto entre millones de muertos. Aceptar que este o aquel, vivos, hayan tenido sus debilidades, sus bajezas, sus errores, que nosotros tratamos en vano de encubrir con piadosas mentiras, un poco por respeto y por compasión hacia ellos, mucho por compasión hacia nosotros mismos, y por la vanagloria de haber amado solamente la perfección, la inteligencia o la belleza. Aceptar su independencia de muertos, no encadenarlos, pobres sombras, a nuestro carro de vivos. Aceptar que hayan muerto antes de tiempo porque no existe el tiempo. Aceptar nuestro olvido, puesto que el olvido forma parte del orden de las cosas. Aceptar nuestro recuerdo, puesto que, en secreto, la memoria se esconde en el fondo del olvido. Aceptar incluso -aunque prometiéndonos que lo haremos mejor la próxima vez y en el próximo encuentro- el haberlos amado torpe y pobremente.


De "Autobiografía de mis perros"
    

29.3.26

Marie Šťastná. En medio del cuerpo...

En medio del cuerpo 
hay un trampolín 
para saltar a las piedras
unas mecedoras
para perturbar el equilibrio
Las agujas de las balanzas
la precisión del movimiento
hasta el balanceo es peligroso
o más bien insensato


En "De sombra y terciopelo. Diecisiete poetas checas (1963-1988)"
    

28.3.26

Olga Medvedkova. La educación soviética

-No más de tres días -dijo su madre-. Es un monstruo, ya lo verás.
«Como si yo quisiera quedarme más tiempo!». Desde por la mañana tenía como una bola en la garganta. Se la tragó. La bola se resistía. Era como tener anginas. Liza volvió a tragar. La bola bajó hasta el estómago y allí se quedó definitivamente. Ahora era como indigestión. 


Principio de "La educación soviética"
    

27.3.26

Blanca Varela. Del abismo que arroja al aire...

del abismo que arroja al aire
esta última flor
trepo como la araña que soy
frágil y reconrosa 
deseando tocar alguna luz
que endurezca mi corazón 


De "Concierto animal"
En "Poesía completa"
     

26.3.26

Han Kang. Tinta y sangre

La blanquecina acera estaba congelada y yo no dejaba de resbalar con mis zapatos gastados. Saqué las manos de los bolsillos para no caerme y el viento cortante me heló los dedos. Apretando los puños enrojecidos, seguí andando. Ya cerca de la parada del autobús, recordé el sueño que había tenido la noche anterior.


Principio de "Tinta y sangre"
    

25.3.26

Sara Barquinero. Terminal

Bancos metálicos de color blanco. Una máquina expendedora, otra de café, un par de personas durmiendo en el suelo. Una cafetería abierta, luz excesiva para la madrugada, brillo eléctrico: aeropuerto. Dos personas sentadas en la cafetería, una reclinada contra la mesa, leyendo; otra apoyada en la silla, mirando a cualquier parte. Ella té, sin tocar; él café y migas de lo que una vez fue un hojaldre. Paneles informativos y señales luminosas: son casi las tres. Sonidos de tránsito y equipaje, olor a desinfectante. Ella habla. Dice:
  Ella: Adónde va?
  Él: Perdón?


Principio de "Terminal"
     

24.3.26

Amélie Nothomb. Psicopompo

El vendedor de telas vio pasar una bandada de grullas blancas. Asombrado por su belleza, pensó que le encantaría descubrir un tejido comparable al esplendor de su plumaje.


Principio de "Psicopompo"
    

23.3.26

Nora Ephron. La fea de la orgía

Hace algunos años, el hombre con el que estoy casada me dijo que siempre había tenido unas ganas locas de ir a una orgía. Por qué narices?, le pregunté. Por qué no?, me contestó. Porque sería como esos bailes de la Asociación de Jóvenes Cristianos a los que iba a mis doce o trece años, le expliqué, solo que en este caso en vez de pasar a mi lado e ignorarme, la gente pasaría por encima de mi cuerpo desnudo y me ignoraría. 


De "La fea de la orgía"
En "Gente a cenar"