8.1.20

Vera Brittain. Testamento de juventud

Nacimos en ciudades y aldeas,
y en pueblecitos perdidos en el tiempo;
una era agonizante se burlaba de nuestro despertar ingenuo
con tintineos de nana militar.
Pero no oímos repiques de alarma en ese canto,
ni imaginamos en aquellas horas benévolas y dulces
el amenazante infortunio que nuestros osados pies
conocerían brutalmente.
  
Y así empezamos -entre los ecos que una guerra anterior
proyectó sobre nuestra niñez,
demasiado sombría, olvidada demasiado pronto- a destronar
los sueños de una felicidad que creíamos asegurada;
mientras, inminente y fiero al otro lado de la puerta,
observando el florecimiento de una generación entera,
el destino que tenía en jaque nuestra juventud
aguardaba su hora.
   
Vera Brittain, "Ave, generación de la guerra", 1932



I


Cuando estalló la Gran Guerra, me la tomé no como una tragedia superlativa, sino como una exasperante interrupción de mis proyectos personales.
Para explicar el motivo de tan egoísta consideración del mayor desastre de la historia, es necesario remontarse en el tiempo, remontarse apenas un instante, hasta el decadentismo de los años noventa del siglo XIX, que fue cuando abrí los ojos a un mundo nada prometedor. Ciertamente, tengo el honor de compartir con Robert Graves el recuerdo más temprano, que es el de observar, de muy niña, el ondear de las banderas por las calles de Macclesfield con motivo del Jubileo de Diamante de la reina Victoria.


Principio de "Testamento de juventud"
    

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