hago balance: la casa de mi infancia
que se hace humo, los amigos, esparcidos como
semillas de dientes de león en la tormenta,
la lengua materna arrancada de mi garganta
amoratada.
Veo al hombre al que solía llamar marido
hundiéndose en los pulmones de una bestia
helada, un amor asesinado por sus propias
manos pálidas; veo sombras venosas de amores
que vienen y van, mi comunidad encarcelada,
el marido de mi prima a la fuga, encanecido,
el director de mi colegio y su mujer colgando
de cuerdas de color añil.
Elijamos el color
de nuestra pérdida, una faja
azulada sobre el negro
de las plañideras. Que
las miradas se alcen ciegas
hacia la luna de cobalto
dejándonos abatidos,
desviados hacia el barro
de nuestras tumbas.
De "Ábaco de la pérdida. Memorias en verso"
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